Vivíamos felices, o por lo menos era lo que nos parecía, en aquella casa rodeada de árboles, frente al campo de Araya, a solo unos metros de la escuela 22, cuando la calle Urioste era un desparejo muestrario de huellas, pequeñas cordilleras y valles pantanosos, por donde pasaban carros tirados a caballo, destartaladas camionetas y bicicletas oscilantes entre el equilibrio y el porrazo.
Mamá andaba de acá para allá, afanosa en miles de tareas que combinaban el parto de las ovejas, la comida de las gallinas, la limpieza de la casa, hacer la comida y esperar a papá, que trabajaba en la fábrica y volvía a la tarde, con un hambre feroz y la convicción de dormir una siesta apurada para recomponerse del madrugón diario.
Nosotros, tres hermanos, éramos una especie de banda complotada para hacer cosas imposibles. Subir a la punta de los árboles, construir cabañas que no soportarían la aprobación de ningún arquitecto, tirarles piedras a las ovejas, buscar víboras, o escuerzos, y correr, correr todo el día de aquí para allá, incluso cuando estábamos en la escuela, que era un período de apacibles clases con cuadernos de tapa dura prolijamente cuidados, entre medio de los recreos, que eran los momentos que le daban sentido al hecho de estudiar y aprender.
¿Cuánto dura la infancia? El tiempo entonces se mide de otra manera, porque puede durar muchos más años que el resto de la vida que nos toque vivir. A mí me parecía que pasaba mucho tiempo entre cumpleaños y cumpleaños, tanto, que ese período de 12 meses era como una vida en sí misma. Cada año, era muy distinto al anterior. Yo me volvía más alto, y aprendía más cosas, y tenía que cambiar las zapatillas porque ya no me entraban en los pies, y sentía sensaciones distintas, y me preocupaba por cuestiones absolutamente contrarias a las que recordaba como preocupaciones anteriores.
Cuando empezó a llover como en el diluvio yo tendría 11 años. Primero hubo una tormenta eléctrica apocalíptica. Todos los olores de la electricidad en el aire se mezclaron en nuestras excitadas narices, y salimos al corredor para mirar los relámpagos y los rayos en el cielo gris y negro, salpicones de plata, a veces puñaladas entre los nubarrones, con estruendos que parecían hacer temblar las paredes.
Acurrucados en el primer escalón de la galería abierta de la casa, vimos caer las primeras gotas, grandes como escupidas de algún monstruo, separadas, desparramadas, hasta que se fueron juntando y formaron como un chorro de agua, como una cascada, como una catarata gigante, como una ola formidable que destapó todas las goteras y nos obligó a guarecernos debajo de las chapas oxidadas y tembleques del techo de nuestra casa, y a correr de habitación en habitación poniendo aquí y allá baldes, ollas, escupideras y todo recipiente disponible para impedir que se nos inundaran las piezas y tuviéramos después que dormir con los pies mojados en las camas que milagrosamente esquivaban las goteras.
Llovió durante una semana, sin parar. Papá no pudo ir a la fábrica porque se había inundado todo y no se podía pasar ni a pie. Mamá sacaba cuentas de los víveres que quedaban en el aparador. Cualquier excursión, por mínima que sea, por ese mundo sumergido, ese acuario a cielo abierto en el que se había transformado el barrio, era peligrosa, peor que la excursión al Polo Sur de Roal Admunsen, que el ascenso del Everest protagonizado por Sir Edmund Hillary, y mamá nos dio la terminante orden de que no había que salir de casa, así que pasábamos las horas leyendo y mirando las ilustraciones del libro El Mundo de los Reptiles, mirando las películas con el Cine Graf, jugando a las damas, al Ludo, o armando cosas con el Mecano, o peleándonos hasta que mamá, imitando a la señorita Hesayne, que era la directora de la Escuela, nos gritaba chicos, no se peléense.
Por fin, la lluvia se detuvo, salió el sol, y empezó entonces el calor, raro para esa época ya de invierno. Era como estar metidos en un plato de sopa. La humedad brotaba de las paredes, que se habían puesto verdes, mohosas, resbaladizas como la piel de una anguila.
Una de esas tardes extrañamente agobiantes, llegaron las moscas. Fue una invasión desproporcionada, un fenómeno producto de la inundación y los calores. Eran millones, trillones, eran la avanzada de un ejército al que había que combatir so pena de perecer con la horrible sensación de ser penetrado por las narices, la boca y las orejas hasta quedar tendidos como colchones en desuso, rellenados por oscuras moscas infernales.
Las moscas cubrieron totalmente las paredes del corredor, que pasaron de ser color ladrillo, a negras como la noche, y el solo pensar que esas paredes estaban vivas y podían moverse o tragárselo a uno, nos inundó de un espanto como nunca habíamos sentido, un miedo horroroso, hasta que la vimos a nuestra madre, como una guerrera de la antigüedad, salir con la máquina de echar Flit, que era un recipiente con un émbolo como un inflador, moviendo enérgicamente los brazos, echar insecticida sobre las negras paredes, la boca tapada con un pañuelo anudado en la nuca. La máquina de echar Flit era como un lanzallamas letal, y las moscas caían como tales, y la negrura de la pared se fue cayendo como el pesado telón de un teatro, y quedó tapizando ahora el piso del corredor, con mamá caminando por arriba, victoriosa, echando las últimas nubes tóxicas sobre las invasoras.
Las moscas, vencidas, muertas, fueron barridas con la escoba, amontonadas hasta que formaron un cerro negruzco, liviano pero denso, que se transformó en un humo apestoso, aunque triunfante, cuando, al final y como en una ceremonia pagana, mamá le puso kerosene y después fuego a ese monstruo plural y asqueroso, a esa ominosa señal de la naturaleza.
Nosotros habíamos quedado tan impresionados ante el desigual combate que habíamos vivido como observadores, sin participar, acurrucados en un rincón de la cocina, mirando a través de los vidrios de la puerta, que no pudimos hacer otra cosa más que salir a la puerta de alambre que daba a la calle, a esperar a papá, para contarle todo.
Papá llegó al rato, caminando despacio por el medio de la calle Rauch, todavía cruzada por las arrugas infinitas de las huellas barrosas. Venía charlando con el portero de la escuela, que era un español llamado Eustaquio.
Eustaquio le decía a papá que había habido un golpe de Estado, que los militares lo habían volteado a Illia. ¿Qué vamos a hacer ahora? Preguntaba Eustaquio, y escuchábamos nosotros, todavía pensando en las moscas negras, en la invasión artera de los insectos del averno, a papá sonriendo, mientras decía, qué podemos hacer, gallego, qué podemos hacer…seguir trabajando.
Así, para nosotros, años después, mientras crecíamos y nos chocábamos contra la vida, la política, y los aconteceres sociales, el golpe de Juan Carlos Onganía que destituyó al gobierno de don Humberto Illia, en 1966, siempre estuvo asociado con el día en que mamá venció a las moscas, a esa invasión alienígena, armada con una simple máquina de lata, y con eso, nos salvó a todos de una horrenda muerte indescriptible.