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Cuando los argentinos nos peleamos por la cuarentena en pandemia

El tiempo en que la violencia estuvo a flor de piel, junto con el miedo. Lo que decía el presidente. ¿Argentina, un país de paso?

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Hubo protestas y movilizaciones en ciudades del país, en medio de la pandemia de principios de esta década, la pandemia que fingimos olvidar rápidamente.

No fueron masivas, en el sentido que tiene lo masivo aquí. Los argentinos despreciamos cualquier movilización que no arrime un millón, dos millones de personas. Fue como un aturdimiento. Las personas agarraron banderas y salieron a la calle en medio de la peste.

Nadie sabía bien por qué: algunos estaban contra el gobierno, otras contra lo que estaba haciendo el gobierno, otras simplemente salieron porque estaban cansadas de estar encerradas y siguiendo recomendaciones de autoridades que hablaban desde la pantalla chata de un televisor.

El hecho, desparejo, un poco violento, un poco naif, provocó una nueva oleada de discusión filosófica, un poco berreta, un poco loca, en las redes digitales.

Quedó, como otras veces, el presunto peronismo de un lado, y una atiborrada confusa del otro. Pero no con grandes disertaciones, ni explicaciones ideológicas, sino más bien con una recurrencia simple al lenguaje como un arma de fuego, que se amartilla, y se gatilla después, apuntando, en lo posible, al enemigo.

Si cada insulto al semejante hubiera sido una bala, hubiera quedado tapizado de muertos, de más muertos que los que hubo por la peste, el país entero.

Fue curioso, porque los mismos que vociferaban contra los irresponsables que salían a la calle en medio de la vigencia del virus, poniendo en peligro a la humanidad entera, argumentaban que no se entendía que había que respetar al diferente, saber disentir, y debatir las ideas.

Es difícil debatir con quien te llama, como se leyó en esos días, “pelotudo irresponsable de mierda”, o directamente “oligofrénica”, como tildaron a una piba que se permitió discrepar, desde un noticiero de TV, con el presidente.

El presidente (Alberto Fernández) por su lado, dijo que había que “terminar” con “los odiadores seriales”. Usó ese verbo, imperativo, que no deja lugar a muchas dudas, “terminar”.

Yo pensé entonces en que, apenas unas décadas atrás, en Argentina se usó la palabra “aniquilar” en referencia a “la subversión”, y que eso había abierto después la puerta a una real aniquilación, con miles de muertos y desaparecidos contra natura.

La herida sigue abierta, y la sangre se sigue derramando. Ahora es, generalmente, sangre virtual, pero es sangre al fin, la sangre que precede a la real, a la física.

Los argumentos ideológicos usados en la pandemia no fueron tales, sino una casi primitiva recurrencia a lo emocional.

El peronismo escupió que cuando murió Evita los gorilas escribieron en los muros “viva el cáncer”. Los no peronistas les recordaron que Perón dijo, desde el balcón de su autoridad popular, que “por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de los de ellos”, y que, después, había arrojado lo de “para los amigos, todo, a los enemigos, ni justicia”.

Llevamos más de medio siglo con estos argumentos. Así está planteado el país, con peste o sin peste. Es el país de “nosotros” y “ellos”.

Habrá que elegir de qué lado estar, pues será imposible posar de prescindente, y, mucho menos, de objetivo. Vendrán de un lado o del otro, según sea la cosa que digas o hagas, para ponerte el uniforme correspondiente.

¡Hay que pelear contra el enemigo! Hay que construir el país sobre la sangre, los huesos, las entrañas desparramadas de los enemigos de la patria.

Si no estás, o decís estar, en un bando o en el otro, te declararán desertor, además de cobarde. Deberías irte del país, si no te gusta, te aconsejan amablemente. Es algo que se hace en Argentina, sin necesidad de que haya un régimen oprobioso y dictatorial. La gente suele irse.

Los que tienen plata, se van más fácil. Los que no, la pelean, y muchos terminan yéndose igual, en una especie de devolución histórica, el reverso de lo que fue la gran ola migrante que pobló Argentina a principios del siglo pasado.

Nuestros grandes creadores se fueron, o vivieron fugándose por temporadas. Jorge Luis Borges murió en Ginebra. Julio Cortázar murió en París. Sarmiento murió en Paraguay. Gardel murió en Medellín, Colombia.

El general don José de San Martín murió en Boulogne Sur Mer, Francia, y Juan Manuel de Rosas, en Southampton, Inglaterra. Mariano Moreno murió a mitad de camino, en un barco, en medio de la mar, posiblemente asesinado. Atahualpa Yupanqui también murió en Francia, en Nimes.

Astor Piazzolla murió en Buenos Aires, pero siempre creí que lo hizo así porque no pudo elegir, porque el cerebro se le había volado antes, mucho antes de estirar la pata.

Así, muchos argentinos pasaron por Argentina fugazmente, en términos históricos, pues sus abuelos vinieron de Italia, o España, o Francia, o Polonia, o Rusia, o Ucrania, y llegaron, trabajaron, tuvieron hijos, estos hijos tuvieron otros hijos, que más tarde o más temprano se han fugado del país al que habían llegado dos, o tres, generaciones antes, los fundadores de sus propias familias.

Argentina es, todavía, un lugar de paso. Una transición. Un purgatorio.

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