Marquestau nos invitó para ir el domingo a ver a Boca. Jugamos contra Independiente, dijo mi padre. Marquestau era el vecino que vivía, pared de por medio, al fondo de nuestra casa, en el barrio Güemes, en Azul, provincia de Buenos Aires.
Estábamos a 300 kilómetros de los estadios donde jugaban los grandes equipos, por lo que era raro ir a ver un partido, porque, entre otras cosas, salía caro el viaje, así que prevalecía la radio, con Bernardino Veiga, o José María Muñoz, relatos en donde la imaginación suplía a la imagen.
Nuestro vecino tenía un Valiant II. Una máquina blanca, con asientos color rojo. Un lujo, para aquellos años: era 1972, gobernaba la dictadura de Lanusse, y se hablaba insistentemente de elecciones próximas, y que, tal vez, volviera Perón a gobernar.
El domingo llegó, lluvioso. Salimos con el Valiant deslizándose como una lancha sobre la ruta 3: Marquestau al volante, mi padre a su lado, y, en el asiento trasero, un cuñado de nuestro vecino, de profesión lechero, y yo, estudiante del quinto año del Colegio Nacional.
Cuatro horas después estábamos en Avellaneda, buscando en el laberinto urbano la cancha de Racing, pues allí haría de local Independiente, una rareza que en estos tiempos no se permitiría, pero que entonces sonaba natural.
Después de dar unas cuantas vueltas, como buenos pajueranos, el Valiant fue estacionado en inmediaciones del Cilindro de Avellaneda. Caminamos bajo la lluvia, entramos al Estadio, y nos ubicamos en la popular, detrás de uno de los arcos.
El cemento vibraba, la gente gritaba, y mis ojos y oídos no alcanzaban para meter dentro de los recuerdos tantas emociones y sensaciones nuevas, que se fueron agrandando cuando entraron los jugadores, y pude ver en acción a Curioni, a Pepé Santoro, a Rubén Sánchez, a Malbernat, a Patota Potente, al Chivo Pavoni.
Y a Pastoriza. El elegante medio del rojo fue quien hizo el único gol del partido. Un anticipo dentro del área: estiró la pierna antes que su marcador, y venció a Sánchez, y salió a abrazarse con sus compañeros bajo las gotas dominicales y el fervor de la tribuna local, y los fogonazos de las máquinas fotográficas.
Salimos, derrotados, pero igualmente satisfechos por el espectáculo. Metidos dentro de la corriente humana, con Marquestau delante, como un vigía, buscando ansiosamente el Valiant.
Pero el auto no estaba. Hicimos una cuadra, dos, tres, y no aparecía. Me robaron el auto, me robaron el auto, lloriqueaba nuestro vecino, caminando en zigzag entre baldosas flojas y charcos oscuros.
Pero no: a la vuelta de una esquina, allí apareció el blanco Valiant II, brilloso por el agua. Siempre había estado allí, esperando, con mucha paciencia mecánica, tal vez intuyendo la desorientación pajuerana.
Volvimos a los asientos rojos de cuero, a la comodidad confortable, y encaramos el retorno a la ruta 3, rumbo al pago.
Cada vez llovía más fuerte. Era una cortina de agua. Los limpiaparabrisas no daban abasto. Los surcos de la ruta no ayudaban, y el auto, cada tanto, hacía patito entre los grandes charcos y salía impelido como un cohete.
Marquestau se reía, confiado en su pericia conductora. Hasta que una rueda mordió la banquina, y el auto empezó a corcovear como un caballo de doma, y no vimos más que montañas de barro contra los cristales.
La salida hacia la banquina y el regreso a la cinta asfáltica, habrá durado segundos, que parecieron siglos. Tuve tiempo de pensar en la muerte, en lo poco que había vivido, e incluso en qué dirían mis compañeros de clases ese lunes, cuando mi banco quedara vacío.
El auto se enderezó solo. Los limpiaparabrisas hicieron su trabajo, y la ruta apareció, afortunadamente solitaria, ante nuestros aterrados ojos.
¿Se cagaron, muchachos? Dijo el cuñado lechero, con voz aflautada.
El viaje siguió, entre comentarios al estilo de jugaron mejor, la verdad, y justo cuando vamos nosotros, la puta madre. El Valiant volvió a ser una nave espacial, una embarcación galáctica, y nos depositó a la vera de nuestra casa, en el barrio Güemes.
Fue el día en que José Omar Pastoriza convirtió el 1 a 0 ante Boca, por el Torneo Metropolitano, el 23 de abril de 1972, cuando no morimos, entre el barro y la lluvia, por un azar del destino, o, simplemente, porque no lo merecíamos, todavía.