En un cine que hoy ya no existe, porque se incendió hace unos cuantos años, un cine de butacas que se caían, y paredes descascaradas, y proyección deficiente, vi por primera vez la película “Octubre”, de Serguei Mijáilovich Eisenstein.
El cine temblaba por las patadas al piso que daba una concurrencia que suponía que estaban proyectando el filme al revés, porque los títulos aparecían en ruso, y el alfabeto no se correspondía con lo acostumbrado.
A la mitad de la función, ya casi todos se habían ido, decepcionados porque la película, además, era muda, y en blanco y negro, y narraba acontecimientos de masas, no historias personales.
Mi primo, que después estudió Cine, y yo, que anduve por el mundo haciendo muchas cosas y después terminé recalando en la imposibilidad permanente del periodismo, nos quedamos.
Estábamos fascinados de antemano por lo que habíamos leído del cine del gran director; por la historia de aquella película encargada por el comunismo gobernante; y por la película misma, potente, innovadora aún desde la lejanía del tiempo.
De aquella experiencia, recuerdo en particular la escena en la que una multitud enfurecida derriba la estatua del Zar Alejandro III.
Ocurría aquello en 1917. La película fue estrenada 10 años después, apenas, de aquella revolución comandada por Lenin, que derivó después en la Unión Soviética, en el mundo bipolar, en la Guerra Fría, en la caída del muro, en la globalidad capitalista, y en este incomprensible y por eso mismo interesante, presente.
Muchas estatuas fueron entronizadas desde entonces, y muchas –a veces las mismas- derribadas como símbolo de los cambios políticos y sociales.
El símbolo de la estatua derribada (o robada, o mutilada) es ya un cliché en nuestra moderna sociedad del siglo XXI, en el tercer milenio de la humanidad, cuando los diarios ya no existen como tales, y se leen en pequeños aparatitos que también se usan como cerebros alternativos.
Sirven para “navegar” por las noticias del mundo, para escuchar canciones, incluso para mirar películas, como aquella “Octubre” de 1928, en blanco y negro, con las estremecedoras imágenes del genial ruso que supo mantener en alto la creatividad por encima de las miserias circunstanciales de las necesidades políticas del momento.
A veces, las estatuas resisten los intentos de hacerles morder el polvo. No creo que sea por la solidez de su construcción. Tiene que ver, más que nada, con la insustancial convicción de quienes pretenden derribarlas. Con una versión berreta de la revolución. Con una réplica devaluada de heroicas acciones del pasado.
En Argentina ha sucedido varias veces ese intento por cambiar la historia eliminando recordatorios macizos. Pasó, por ejemplo, con Eva Perón, de cuyos bustos, que proliferaron tras su muerte, en pueblos diversos, se hicieron desapariciones o destrucciones con el ánimo de la revancha.
En Neuquén pasó. Y en Cutral Co, ciudad que llevaba el nombre de la lideresa de los descamisados.
No solo ha pasado con figuras populistas, sino también con las liberales. El busto del general Roca, que se mostraba en los pasillos de la municipalidad de Neuquén, fue quitado de allí por una presunta reivindicación hacia los “pueblos originarios”.
Ahora, el ex legislador de la ciudad de Buenos Aires, Roberto García Moritán, impulsa un proyecto de ley, para desaparecer la imagen de Eva Perón del edificio de Desarrollo Humano, ese ícono en medio de la 9 de Julio.
A tono con el fervor actual, García Moritán propone cambiar esa imagen por una de Lionel Messi, según confirmó en su cuenta de la red digital X.
Messi ha ganado en presencia monumental, aquí en la provincia, con un esperpento muy a tono con el gigantismo neuquino de los últimos años, en Cutral Co.
En fin, yo me sigo acordando de “Octubre”, del cine Odeón del pueblo donde nací, y de aquella estatua del zar echada por los suelos por la multitud revolucionaria. Y, pienso, de cómo la humanidad persiste en la idea de acomodar la historia a la fugacidad sin memoria del presente.