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El día en que Juan Moreira no murió, abrazado por el clamor popular

Hubo una vez una historia distinta, en la que Moreira no pudo ser abatido por la partida, y sucedió en uno de esos teatros en carpa que recorrían los pueblos.

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El 30 de abril de 1874 mataron a Juan Moreira. Fue en un prostíbulo de Lobos, en un apacible día de otoño. Allí, una partida, una treintena de uniformados, le tendió una celada. Moreira resistió, a fierro firme, pero, ya herido y cuando quiso trepar un paredón para escapar, el sargento Juan Chirino le clavó una definitiva bayoneta.

Esto es lo que cuentan, y tal historia provocó una obra del primer teatro nacional, en la que se recreaba con tintes apoteóticos esa vida al margen de la ley o como instrumento de la ley, según se la quiera ver.

Pero la historia contada tuvo otro final, al menos una vez. Fue en Azul, provincia de Buenos Aires, hace ya muchos años. La compañía teatral que representaba la obra Juan Moreira recaló en esa ciudad, armó la carpa (principios del siglo pasado, dicen), y puso en escena de piso de tierra recién regada para no levantar el polvo, con sillas de chapa alrededor y una pequeña multitud de asistente, la obra que entonces era furor, que llegaría al radioteatro, y que, ya en la década del 70, sería magníficamente contada por Leonardo Favio en su película, con Rodolfo Bebán como protagonista del gaucho matrero, vago, y mal entretenido.

En el teatrito de carpa levantada y entradas populares, el protagónico le correspondió a un actor aficionado de apellido Aguilera. Nacido en Azul, conocido en Azul, Aguilera saltó a la escena sabiéndose crédito local, en medio de un fervoroso aplauso de sus coterráneos, encantados de que uno de sus vecinos fuera tan famoso que podía encarnar, ni más ni menos que a Juan Moreira.

Todo iba según el libreto, hasta que llegó la escena de la pelea final, cuando Moreira comenzó a revolverse entre milicos que le disparaban y le tiraban sablazos a más no poder. En el fragor de la pelea, la gente gritaba como en un partido de fútbol, y, de repente, se escuchó un sonoro “¡no te entregués, Aguilera!”, que, muy pronto, fue clamor de la multitud enardecida, que, sin dudarlo, había tomado partido en defensa del gaucho perseguido.

El clamor caló hondo en el nombrado. Aguilera ya no supo si era Aguilera o Juan Moreira, pero sí sintió que no podía ir en contra del mandato popular. Así, mientras recibía mandobles y trabucazos a más no poder, gritaba como un demonio, caía y volvía a levantarse, y contra el mentido muro de la escenografía, apoyó fuerte la espalda y dio pelea, olvidado ya del libreto y las instrucciones.

Ese día, Juan Moreira no murió. Terminó abrazado y llevado en andas por los asistentes a la función, que escribieron una nueva historia, en la que los héroes, equivocados o no, eran los que triunfaban.

 

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