El viento golpea fuerte sobre la huella. El arreo avanza lento entre cerros, polvo y silencio. Pero hay algo que rompe esa escena áspera: desde un celular suenan corridos o alguna canción de Atilio Alarcón, el favorito del criancero Nelson Sepúlveda. Es su manera de seguir.
A los 22 años, Nelson no solo arreando chivas: también va detrás de sus sueños. Con una sonrisa tranquila, de esas que nacen del esfuerzo asumido, cuenta cómo transforma el cansancio en impulso. “Así se hace más fácil pasar el viento y me doy ánimo”, dice.
En tiempos donde muchos jóvenes buscan otros rumbos, él eligió quedarse. Eligió el campo. Y lo hizo por convicción. “Los jóvenes ya no quieren hacer esto porque acá no hay internet ni celular. Pero yo no cambiaría esto por nada. En la ciudad me siento como preso, el campo me da libertad”.
La escena se detiene por unos minutos. Los animales toman agua y el descanso abre un pequeño paréntesis en la jornada. Es ahí cuando Nelson baja la guardia y habla de lo que más pesa: la distancia. “Cuando arreo por muchos días extraño a mi papá y a mi mamá. Los llevo siempre conmigo. Los tengo vivos. De hecho, mi papá viene arreando atrás de este piño. No me olvido de sus enseñanzas y consejos que acompañan cada tramo de la huella”.
En sus palabras hay algo más que nostalgia: hay memoria, respeto y raíces profundas. Porque Nelson no solo aprendió a arrear animales. Aprendió a sostener una forma de vida. A caminar con los valores heredados, con la humildad de quien sabe de dónde viene y con la determinación de quien tiene claro hacia dónde va.
Con la sonrisa intacta —esa que ni el frío ni el cansancio logran borrar— lo dice sin dudar: “Voy a lograr tener mi campo y mis animales… porque hay que poner empeño para conseguir los sueños”. Y entonces sigue. Entre música, viento y esperanza. Arreando chivas, pero también construyendo futuro.
En cada paso, Nelson Sepúlveda demuestra que todavía hay jóvenes que eligen la tierra, la libertad y el sacrificio como camino.
No solo recorre la huella: lleva viva la tradición, la identidad y la cultura del campo.