El gordo Papalardo siempre fue más o menos gordo, o al menos así lo veíamos nosotros, propensos siempre a clasificar a la gente, en esas cuestiones elementales de la superficie, como gordo, flaco, negro, petiso, narigón, pelado.
A la gente se le quedan adheridas tales calificaciones, en algunos casos para siempre, y este fue el caso del gordo Papalardo, que siempre fue el gordo Papalardo, y nunca más nos acordamos siquiera cuál era su nombre de pila, el del bautismo, el elegido por la madre y el padre más allá de las adiposidades.
Tal vez por su permanente fracaso en las actividades físicas, al gordo se le dio desde chico por la cuestión religiosa. Pero era, en ese rubro, un libre pensador, aunque esto suene paradójico. No se rendía ante lo estipulado oficialmente, porque le parecía que era acotar las posibilidades.
Condenado a abrevar en las fuentes del catolicismo, ya que en el barrio no había otra religión disponible, desarrolló una notable combinación de iconografía, y en la quinta del patio largo de su casa reservó un espacio, que le fue concedido por la madre, rendida ante el misticismo imparable del hijo.
Todo para que el tierno párvulo regordete armara una fantasiosa tierra, al estilo del señor de los anillos, pero católica, en donde las cruces dolientes y las historias de nuestro señor Jesucristo se cruzaban con duendes mal entrazados, fantasmas de las películas en blanco y negro, dioses de la mitología greco romana que aportaban sus desnudeces, y hasta fantasías del barrio, como La Llorona, o el Hombre de Blanco, que se aparecía en las esquinas, en las noches oscuras.
Papalardo reveló en esas cuidadosas maquetas construidas con barro, agua, cemento, maderas, y hasta muñecos de miga de pan y cartón mojado, una habilidad entusiasta, que decoraba además con largas explicaciones de su singular mitología, que nosotros recibíamos como se recibe todo cuando uno es joven, con una atención dispersa, aunque no ofensiva, y doy fe, ahora, que algo de todo eso quedó, porque no lo estaría contando si así no fuera.
Papalardo, Catalano, y otros, que concurrían con nosotros al Colegio Nacional Esteban Etcheverría, fueron a parar a La Plata, para estudiar distintas carreras. En el caso de Papalardo y Catalano, fue la de Contador Público Nacional.
Allí estábamos todos, pues, en la pensión de Doña Carmen, calle 49, de a dos o de a tres en las habitaciones humildes pero dignas, haciendo cada uno lo suyo.
Claro que las cosas cambian cuando se pasa de la secundaria a la Universidad, y en aquellos tiempos mucho más.
El gordo Papalardo, por ejemplo, hizo una mutación rápida del catolicismo sui generis que había practicado, a la versión más dura de los Testigos de Jehová.
Levantó el estandarte de la Biblia que vaticinaba el Armagedón, y nos inculcaba –quisiera uno o no- lecciones del por qué inexorablemente llegaría lo que debería llegar, y cómo había que hacer para salvarse.
Sentados con las piernas colgando del angosto balcón-pasillo que comunicaba las habitaciones, en esas largas tardes de verano con calor apabullante, mientras las bombas y los disparos sonaban en lontananza en esa Argentina en guerra no declarada, y los aerosoles no dejaban pared sin pintar, nos veíamos obligados, por solidaridad pueblerina, a escuchar los sermones dialécticos del gordo Papalardo, a quien le gustaba, además, bajar línea con debate, tener resistencia del otro lado, porque estaba muy seguro de que era el dueño de la verdad, según los testamentos de la antigüedad y la certeza científica de la Biblia y de la palabra de Jehová, que tenía nombre y no era simplemente Dios.
Pero, como además había que vivir, y no solamente cultivar el espíritu, cada quien tenía su yugo, elegido o impuesto, porque nuestros padres apenas si podían mandar algún billete de vez en cuando, y las encomiendas de los domingos, que llegaban con regularidad ejemplar.
El gordo Papalardo buscó trabajo aquí y allá, pero sin mayor suerte, hasta que decidió plegarse a otra secta, pero esta de tono más comercial, que era la formada para vender productos de Rena Ware: ollas, sartenes y demás enseres para la cocina de la mujer americana, que se promocionaban y vendían puerta a puerta, demostración mediante, en la que el vendedor o vendedora debía mostrar sencillamente cómo era posible hacer un huevo frito sin aceite, o cocinar tres comidas distintas al mismo tiempo.
El gordo se sometió con estoicismo a la mística de la empresa yanqui. Concurría a reuniones entusiastas, donde todos cantaban salmos pensados para incrementar las ventas, y aprendían sermones que predicaban la ventaja del capitalismo cristiano, y secretos para seducir a señoras de delantales o batones y ruleros en la cabeza, todo basado, claro está, en las bondades de un producto infalible.
Lo peor de todo no eran estas reuniones, que al gordo le gustaban porque podía dar rienda suelta a su histrionismo religioso, sino la cuestión fáctica del tema: para vender la vajilla Rena Ware había que arrastrar, por las calurosas y húmedas calles, una pesada y gigante valija negra, en donde iban todas las ollas y sartenes, que no sólo pesaba como un elefante desmayado, sino que estaba prohibida en los colectivos en función de su volumen excesivo.
Ni caso de poder subir a un colectivo, los taxis eran demasiado caros, así que el gordo Papalardo andaba de acá para allá, arrastrando la valija por innombrables barrios proletarios, como quien carga una tremenda culpa.
Dormía con la valija debajo de la cama, y la arrastraba después escaleras abajo y escaleras arriba, y también la llevaba cuando íbamos a comer al comedor universitario, democrático lugar que permitía ingerir alimentos científicos elaborados para sostener el ímpetu estudiantil por unos pocos pesos al mes.
Entonces, el comedor estaba en 1 y 50. No sabíamos que, en noviembre de ese mismo año, le pondrían una bomba.
En el comedor universitario estábamos todos anotados, porque era eso o comer poco o nada, como otros tantos miles como nosotros, estudiantes pobres de un país rico que siempre estuvo, está y estará lleno de pobres, según la opinión generalizada de mucha gente que no cree en revoluciones mágicas, ni tampoco en trabajosas evoluciones darwinianas pacíficas.
Así fue que un día, creo que era un viernes, coincidimos todos en la pensión para ir juntos al comedor.
El alegre grupo se trasladó en el único medio de locomoción permitido, es decir, a pie, con el gordo Papalardo de furgón de cola, arrastrando la pesada valija de Rena Ware, transpirando como un monje o como un Testigo de Jehová ante una transfusión de sangre.
Después de hacer la kilométrica cola, pasamos cada uno con su bandeja por el mostrador, donde nos sirvieron un hermoso pastel de papas, una ensalada de tomates y una rica y turgente manzana roja como los estandartes de la Juventud Comunista.
Apenas nos sentamos a la mesa, sumergidos en una amable charla sobre circunstancias fútiles de la vida, comenzamos a escuchar un estruendo cada vez más cercano, y enseguida, antes de poder tocar el pastel de papa y la ensalada de tomates con la punta de nuestros tenedores, una columna de los Montoneros entró al comedor.
La primera fila era la que llevaba los bombos y las banderas. Todos llevaban una cinta argentina cruzada a manera de vincha sobre la frente, y cantaban a coro, duro, duro, duro, acá están los montoneros, que mataron a Aramburu.
El comedor tuvo como un estremecimiento, muchos se pararon para gritar la misma consigna, levantando las manos y dibujando una V en el aire, otros el puño izquierdo cerrado, y enseguida comenzó a armarse una asamblea cuando uno de los montos, evidentemente el líder, se subió a una mesa para empezar un encendido discurso sobre las cuestiones nacionales del momento.
Nosotros, prudentemente alejados del corazón de la movida, algunos por tener otras convicciones, otros por directamente no tener ninguna más que la de cumplir con el mandato de hacer la carrera, volver al pueblo, y abrir un consultorio o una oficina, volvimos enseguida la mirada hacia nuestras bandejas, para comenzar a comer.
Fue ahí que lo vimos al gordo Papalardo, rojo como la manzana que ya se había comido, con la bandeja limpia como si la hubiera lamido un gato, pararse con una rapidez desacostumbrada, y después de esbozar un tímido hasta luego, muchachos, salir del comedor, como quien se lo lleva el diablo, arrastrando la pesada y voluminosa valija negra.
Ese día, el gordo Papalardo demostró dos cosas: primero, que no se distinguía por el valor frente a los acontecimientos sociales y políticos de la época; y segundo, que se podía comer el contenido de una bandeja del comedor estudiantil en menos de 90 segundos.