Poco después de la una de la mañana del 25 de agosto de 2012, una gran nube de gas licuado de petróleo que se había acumulado lentamente, explotó, en la refinería de Amuay, parte del centro de Refinación de Paraguaná, en Venezuela.
La explosión fue tan fuerte que originó llamas de 50 metros de altura, y una onda destructiva que arrasó con todo a su paso. Murieron 55 personas, y hubo 156 heridos.
El presidente Hugo Chávez atribuyó todo a un atentado, un sabotaje contra las elecciones de ese año y la continuidad del oficialismo. Lo mismo siguió diciendo, después, su sucesor, Nicolás Maduro.
Sindicatos petroleros, universidades y agencias internacionales, en cambio, afirmaron que el desastre fue consecuencia de la negligencia institucional, la falta de mantenimiento preventivo, la no sustitución de componentes dañados (como válvulas y sellos), y fallas graves en los sistemas automáticos de alarma y evacuación.
Días antes del siniestro, los sellos de las bombas que manejaban gases, como el propano y el butano, en el bloque B-23, comenzaron a fallar, sin que nadie las reparara.
Esto generó una fuga incontrolada de gas licuado de petróleo (GLP) que, debido a las inusuales condiciones climáticas de la noche que precedió al estallido, con poca brisa en la zona, no se disipó, y creó una gigantesca nube inflamable, a ras de suelo.
El gas, silencioso y letal, se extendió fuera de los límites de la planta petrolera. Alrededor de la 1,07 la nube encontró una fuente de ignición, y detonó.
El estallido destruyó todo a su paso. Afectó la infraestructura de la empresa estatal petrolera venezolana (PDVSA), y las comunidades civiles vecinas. El Destacamento 44 de la Guardia Nacional, ubicado justo frente a la refinería, recibió el impacto directo. Más de 20 de los muertos en la tragedia eran efectivos militares que custodiaban el complejo que estalló.
La onda expansiva derribó, y dañó severamente, unas 200 viviendas y comercios en los sectores aledaños.
Los tanques de almacenamiento de combustible ardieron, los bomberos tardaron más de tres días en sofocar por completo las llamas.
La industria petrolera venezolana acentuó su declive después de esa tragedia, la peor de la historia de ese país en ese rubro. Venezuela siguió su rumbo cada vez más complicado, hasta que intervino Estados Unidos, en el actual gobierno de Donald Trump.
En un operativo especial, las fuerzas norteamericanas capturaron y sacaron del país al presidente Maduro. El país no ha mejorado gran cosa, ni ha recuperado su anterior grandeza petrolera, que aquella tragedia de 2012 marcó, tal vez, para siempre.