Había una vez un muro, una gran pared, que dividió a una ciudad de Alemania, Berlín, en dos, y corporizó una división más global, la del occidente capitalista con el oriente comunista. Se inauguró el 13 de agosto de 1961, en principio como un gran alambrado, construido por las autoridades de la República Federal de Alemania.
Ese país había sido derrotado en la Segunda Guerra, todavía arrastraba el estigma del nazismo, y los ganadores de la contienda decidieron partirlo al medio: mitad para occidente (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, los aliados) y mitad para el oriente, liderado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la URSS.
Así empezó la llamada “guerra fría”, una guerra sin declarar, una guerra que se libraba a espaldas del público, misteriosa, oculta, llena de historias de espías y de amenazas nucleares.
El gran símbolo fue el Muro de Berlín, una antítesis de “la grieta” que simboliza ahora la división, pero comparable, pues dividía, y no era joda: se estima que aproximadamente 200 personas murieron al intentar cruzarlo sin permiso. Fue así, ese mundo bipolar, hasta el 9 de noviembre de 1989.
Ese día, comenzó la demolición, que se celebró como una gran conquista para la libertad. Alemania se reunificó, y la URSS se fue desarmando en decenas de países independientes.
Quedó Rusia como la gran potencia que había sido su corazón, y, todavía hoy, referencia, junto a China, de la competencia más dura que tienen los viejos aliados occidentales: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia… en un mundo que ha cambiado extraordinariamente.
El muro tuvo 155 kilómetros de longitud, con paredes de hormigón armado de hasta 4 metros de altura. Cada tanto, había espacios intermedios, con fosos, alarmas, perros y torres de control. La vigilancia era estricta, armada, y con pocas pulgas. Quienes intentaron atravesarlo, fueron acribillados sin piedad.
Lo que queda de él, ahora, es explotado como atracción turística. Está, por ejemplo, la East Side Gallery, un tramo de 1,3 kilómetros reconvertido en la mayor galería de arte al aire libre del mundo; y Checkpoint Charlie, el paso fronterizo militar más famoso, entre el (viejo) sector estadounidense y el soviético. También se puede visitar el Memorial del Muro de Berlín, ubicado en Bernauer Straße, que conserva un trozo intacto, con su franja original.
Los muros físicos, o las grietas virtuales, desde el fondo de la historia han servido para dividir a los seres humanos, por distintas causas. Ninguna de ellas comprensible desde la razón, pero tremendamente eficaces.
Tal vez algún día se entienda que la humanidad es una, y no vale la pena dividirla, ni siquiera por presuntas buenas razones armadas para la ocasión.