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La obstinación de Trump con una guerra que solo trae malas noticias 

Trump prometía desarmar a Irán y terminó armando a toda la región: así rediseñó, sin querer, el mapa nuclear y energético de Medio Oriente.

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Trump habilitó a Arabia Saudita a desarrollar su propio plan nuclear
Netanayhu quiere volver a la guerra para terminar con el plan nuclear iraní
El estrecho de Bab el Mandab fue objetivo de los ataques de Estados Unidos
Los hutíes entraron en juego para asfixiar aun mas el mercado petrolero mundial
Trump buscará por la fuerza liberar el estrecho de Ormuz

La intervención militar de Donald Trump en Medio Oriente no tiene demasiados precedentes, ni por su nivel de improvisación ni por sus resultados, y ya empieza a dejar consecuencias imprevisibles para la economía y la seguridad internacional. Lo que arrancó como una guerra para derrocar un régimen criminal, eliminar la amenaza nuclear que representaba en la región y controlar el negocio del petróleo, terminó convertido en otra cosa: una peligrosa carrera por el desarrollo de armas atómicas, una creciente militarización regional y un caos en el mercado global del petróleo que no existía un segundo antes de que empezara la guerra. Ese caos ya obliga a las monarquías árabes y a Occidente a diseñar alternativas costosas y complejas, que llevará tiempo implementar, para mover el petróleo de Medio Oriente sin depender de Irán ni, ahora también, de los hutíes.

El plan nuclear

Si a los iraníes les faltaba algo para terminar de convencerse de que jamás deben abandonar su programa nuclear, fue la autorización que Trump le acaba de dar a Arabia Saudita para enriquecer uranio. El acuerdo se limita, en el papel, a usos civiles, pero no hay ninguna garantía de que Riad no termine haciendo, más temprano o más tarde, lo mismo que hicieron los iraníes: invocar fines pacíficos mientras enriquecen uranio al 60 por ciento —ya acumularon 400 kilos— hasta quedar a las puertas de una aplicación militar. Trump abrió una puerta innecesaria, o al menos apresurada, sin pedir demasiado a cambio: apenas una promesa posible, pero impensada en el corto plazo, de normalizar relaciones entre Riad e Israel.

Con ese acuerdo, Trump dio quizás el paso más audaz y peligroso de su combate contra el orden internacional liberal: de un plumazo, cambió las reglas que venían guiando la política nuclear internacional. Le dio a Arabia Saudita, un actor regional clave, la posibilidad de producir uranio enriquecido durante 30 años sin exigirle el llamado "estándar de oro", el mecanismo que prohíbe a los países que desarrollan programas atómicos con fines exclusivamente civiles el enriquecimiento y el reprocesamiento domésticos. Hoy 31 países tienen reactores nucleares en funcionamiento para generar electricidad, y para evitar que esos programas deriven en usos militares, la OIEA realiza inspecciones periódicas en sus instalaciones. Arabia Saudita parece quedar exceptuada de esa lógica.

Israel, entre dos frentes

Israel jamás va a aceptar que Irán desarrolle capacidad nuclear de algún tipo por que no confía. Está convencido de que, tarde o temprano, la usará como arma para destruirlo. Los llamados de su liderazgo a la desaparición de Israel, sumados al uranio enriquecido al 60 por ciento, no le dejan margen para ninguna otra opción que no sea asegurase que su programa nuclear quede neutralizado o muy dañado.

El acuerdo con Arabia Saudita es también una pésima noticia para Israel, que se suma a otra: la venta de aviones de guerra F-35 de Estados Unidos a la Turquía de Erdogan. El nuevo Medio Oriente que imagina Netanyahu no contemplaba fortalecer justo a la segunda potencia militar de la OTAN en un momento de pésima relación bilateral y con Ankara mirando con preocupación cómo Israel gana terreno en la región, sobre todo en Siria y en Líbano mientras debilita a Irán y a sus socios Hamas y Hezbolá. Turquía siente que necesita mostrarse fuerte, y Trump se lo facilita.

Mientras Netanyahu quiere terminar la tarea en Irán, convencido de que más ataques permitirán eliminar o al menos retrasar décadas el plan nuclear iraní, Trump suma a Arabia Saudita a la carrera nuclear regional. Que quede claro: a Israel no le sirve que Irán tenga armas nucleares, pero tampoco le sirve que las tenga Arabia Saudita. En cualquier escenario, no puede permitirse perder su principal arma de disuasión: la primacía nuclear sobre el resto de la región.

El petróleo, el otro frente

Medio Oriente cambia para siempre. Así como Europa tuvo que modificar tarde su matriz energética —dependiente de Rusia— recién cuando entendió quién era Putin tras la invasión a Ucrania, las petromonarquías y Occidente ya tienen claro que la extorsión iraní sobre Ormuz, y ahora también sobre Bab el-Mandeb, tiene que tener fecha de vencimiento. Mientras tanto, Irán seguirá explotando esa ventaja estratégica con todas las herramientas del menú de las guerras asimétricas. Por eso los países del Golfo ya buscan financiamiento para construir rutas alternativas: nuevos puertos en el golfo de Omán, rehabilitación y modernización de oleoductos obsoletos, y redes de rutas terrestres a través del desierto, en Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y los Emiratos.

Una derrota asegurada

En definitiva, con su guerra en Irán, Trump generó en el mercado petrolero un problema que no existía y convirtió a Medio Oriente, desde el punto vista nuclear y militar, en una región todavía más insegura, lo que ya es mucho decir. Es probable que intente resolverlo por la fuerza: tomar el control del estrecho de Ormuz. Ya avisó, además, que tiene en la mira el monte Pickaxe, una instalación subterránea secreta en Irán, ubicada cerca del complejo nuclear de Natanz, en la que se sospecha que Teherán oculta centrifugadoras y uranio enriquecido. Sabe que ambas son decisiones arriesgadas y que tiene muchas más chances de fracasar que de lograr su cometido. Trump está atrapado en un callejón sin salida: tanto por la vía de la negociación como por el uso extremo de la fuerza militar, Estados Unidos ya perdió esta guerra. Pero mientras Trump busca la salida menos dolorosa para él, sigue convirtiendo a Medio Oriente en un lugar más inseguro y más impredecible que antes.

 

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