Para muchos pasará sin advertir ni tener importancia, pero el 11 de mayo se celebra en Argentina el Día del Himno, y para quienes cargan alguna cantidad de años que ya justifica más recuerdos que proyecciones, el día puede llegar a provocar nostalgias de otros tiempos, en los que las expresiones patrias eran más enfáticas, no siempre vinculadas a la democracia, que entonces era frágil y esquiva.
Estaban, por ejemplo, los abanderados. Sigue en vigencia, con modificaciones, esa costumbre escolar, tamizada por innumerables adecuaciones que persiguieron, presuntamente, el objetivo de combatir discriminaciones y otras yerbas.
Quien esto escribe tuvo una trayectoria larga como portador de la bandera, sin sentir nunca, en carne y espíritu propio, discriminación alguna, ni hacia esta persona, ni hacia los demás, de esa cultura que buscaba, más allá de las imperfecciones, concretar la idea de la importancia de los símbolos y la identidad de los argentinos.
Empezó esta historia, vinculada al primer himno al que asistí como figura destacada, en cuarto grado de la primaria. Iba a una escuela más rural que urbana, la número 22, Constancio C. Vigil, en Azul, provincia de Buenos Aires. Pocos alumnos, y la singularidad que cuarto, quinto y sexto compartían la misma aula y la misma maestra, Hilda Tieri de Ochoteco.
El salón era de madera, con techo de chapa, sin calefactores ni acondicionadores de aire, lo que lo hacía llegar a temperaturas de baño sauna cuando se acercaba el verano y el fin de las clases, y de polo sur cuando dominaba el invierno, a mitad de ciclo. Nunca nadie dijo nada: nos abrigábamos en invierno y desabrigábamos en verano, y cada recreo salíamos como gallinas del gallinero, corriendo a jugar a la pelota, a la “agarrada” o a la “mancha venenosa”.
La cuestión fue que la escuela quería como abanderado un alumno de altas calificaciones, además de la obvia “buena conducta”, y, circunstancialmente, fui elegido para tal honor cuando tenía 10 años, cursaba cuarto grado y medía no más de 1, 55 metro.
Mi debut en tal alto honor fue en el Regimiento de Azul, en una ceremonia patria, con formación en la plaza de armas. Fui allí con mis escoltas y la maestra, con la bandera que era gigante, con un asta (el palo que porta la enseña) que se atornillaba al medio. No solo hacía frío, sino que había viento. La bandera flameaba, indomable, y yo hacía enormes esfuerzos para sostenerla. Cuando llegó el momento del himno, había que levantarla y meter el mástil en el tali, un soporte de cuero que llevaban los abanderados, sostenido por una tira que nos cruzaba el pecho.
Después de luchar un rato, y ayudado por mis escoltas, lo logré, solo para comprobar que el asta no estaba bien atornillada, y que la parte superior se inclinaba peligrosamente, con el peligro de que la sagrada bandera fuera a parar al piso de baldosas de la plaza de armas: un bochorno. El himno parecía no terminar nunca, la bandera se inclinaba cada vez más, y yo transpiraba como testigo falso, pese al frío circundante.
Pude sostener la enseña patria hasta el final. Con el “o juremos con gloria morir”, yo renací, saqué el asta del tali, y, en medio de la desconcentración, me las arreglé para pegarle una atornillada al mástil endemoniado, y retornar, indemne yo y la bandera, a la Escuela 22 Constancio C. Vigil.
Fui abanderado ese año, y en quinto, y en sexto grado. Y, después, en la secundaria, ya en el Colegio Nacional Esteban Etcheverría, volví a portar la bandera cuando cursé el quinto año del bachillerato. De ahí la foto que ilustra esta nota, en pleno desfile, a mis 17 años.
Hoy, que se conmemora el Día del Himno, conmemoro yo junto a mis ocasionales lectores, este recuerdo, que no es de otro país, sino de otro tiempo, junto a un rezo laico para que conservemos la identidad, eso que nos hace comunes e integrados, iguales y hermanos, más allá de las diferencias, las creencias, y el estatus social de cada quien.