A Beethoven me lo presentó, con discos guardados prolijamente en una caja forrada en tela, Rafael. Era un uruguayo alto, torpe hasta la exasperación, sensible, inteligente, y podía ser cruel, pero entonces yo todavía no lo sabía.
Rafael estaba en el comunismo revolucionario, circunstancialmente. Y me presentó a Beethoven, las nueve sinfonías, envuelto en una caja forrada de tela, y con un tocadiscos portátil que funcionaba con pilas y había llegado desde Israel.
Me preguntó: ¿escuchaste las sinfonías? Le contesté que algo, aunque ese algo era nada, era un poco de la quinta, algo de la escuela, de la radio cada tanto, sin identificar claramente.
Lo llevé, a Beethoven, a la pensión, y nos hicimos grandes amigos, inseparables, insoportables, supongo. La pensión se sacudía y yo no podía dejar de escuchar. Una y otra vez. Y otra vez, después.
Beethoven armonizaba perfectamente con la realidad de la época: balazos, estruendos de bombas, alegría mezclada con miedo, pasión, mucha pasión.
Rafael hacía eso, disimular los sentimientos con las palabras. Todo lo racionalizaba, pero, en el fondo, eso le jugaba en contra de la humanidad que todavía tenía.
Hacía cálculos. El sentimiento y el cálculo pueden una fórmula poderosamente cruel, escandalosamente perversa. Rafael estaba convencido de la existencia concreta del socialismo nacional. La conjugación perfecta era posible en Argentina: marxismo + peronismo.
Era la revolución inevitable, sólo había que convencer a los de extrema derecha, y encauzar a los extremadamente zurdos.
Rafael era brillante, era un dialoguista formidable. No sé si pensaba que la revolución se podía hacer con buenas maneras, tomando el té con masas, pero, en fin, lo bueno fue que me presentó a Beethoven.
Sin embargo, fue otro, Andrés, un fotógrafo flaco, más pobre que las ratas, quien me hizo entender de una sola escuchada lo profundo de Beethoven, en una habitación llena de andrajos de una pensión miserable.
Andrés solo escuchaba, con intensidad maníaca, ese segundo movimiento de la tercera sinfonía, esa supuesta descripción de la marcha de soldados por las heladas estepas rusas, cargada con el frío y el estigma de la derrota sufrida por Napoleón Bonaparte.
El movimiento de la Heroica es para mí, desde aquel tiempo, la demostración de que todos moriremos, inundados de belleza inútil, presos de un dolor inigualable.
O tal vez no. Tal vez es solo una pieza musical, una más, que ha sido cargada de subjetividad argentina por un muchacho que creía en la revolución.