Los taxistas de Buenos Aires están desesperados. En medio de la crisis económica, levantan muy pocos pasajeros. Pierden ante el subterráneo, los tranvías, y los grandes y pesados ómnibus, que tienen tarifas mucho más baratas.
Buenos Aires es una gran metrópoli en la década de 1920. Miles y miles de empleados, trabajadores de distintos rubros, y personas del pueblo que salen a hacer sus trámites o compras, necesitan el transporte público.
Los taxis van de más a menos: el servicio preferencial, individual, supone una gran comodidad, pero resulta caro. Y la economía no da: se está en la gran recesión.
Por ende, la mayoría de la gente se mueve en los sistemas de transporte masivo. Reina el tranvía eléctrico, con circuitos y frecuencias acotadas, pero con servicio hacia la mayoría de los barrios. Hay tren subterráneo, desde Plaza de Mayo a Miserere, la línea A, que se inauguró en 1913. Y están los grandes ómnibus, que no resultan muy confiables: son pesados, y sufren muchos desperfectos, por lo que la gente no les tiene mucha confianza.
Un grupo de taxistas se autoconvoca para debatir la situación. Se reúne en un bar, en la esquina de las avenidas Rivadavia y Lacarra, en el barrio de Floresta.
Entre cafés, algún copetín, maníes y algunas picaditas de queso y fiambres, alguien arroja sobre la mesa una idea: ¿Por qué no hacemos viajes con varios pasajeros, que compartan el costo? Rápidamente, la idea prende, y es aceptada.
Se trata de hacer viajes compartidos, o colectivos, siguiendo un recorrido fijo, y cobrando una tarifa fija por persona. Para el taxista (a posteriori, colectivero) el viaje tendría el mismo costo, aseguraría la ganancia, y, sobre todo, tendría pasajeros garantizados.
Es ahora el 24 de septiembre de 1928. Los primeros "taxis-colectivos", autos comunes, aunque diferenciados por el servicio, comienzan a rodar por las calles de Buenos Aires.
El primer recorrido une Primera Junta (Caballito), pasando por Plaza Flores, hasta Lacarra y Rivadavia (Floresta). Casi enseguida, el servicio se expande hasta Plaza de Mayo.
Los colectivos transportan cinco o seis pasajeros. El pasaje completo es fijado en 20 centavos de peso. Si el transportado se baja a mitad de camino, se le cobra 10. Se le paga directamente al chofer, al final del recorrido.
El invento tiene un éxito rotundo, especialmente entre los trabajadores con menores remuneraciones. Para impedir equivocaciones, y sumar conocimiento al servicio que se empieza a prestar, los autos de las distintas líneas de recorrido, empiezan a pintarse distinto, con colores llamativos.
Tanto es el éxito, que se requiere más espacio en los automóviles. Con ingenio criollo, cada chofer se las rebusca para alargar el chasis del vehículo, y poder así instalar más asientos.
Pasan los años. En 1932, la Municipalidad de Buenos Aires formaliza el servicio, que era, hasta entonces, totalmente privado y desregulado. Habilita varias líneas, y dispone en 10 asientos la capacidad máxima.
Así fue la cosa, así se generó el colectivo, un invento nacional.
Poco a poco, en lugar de autos, se empezaron a poner en el servicio camiones ligeros, modificados, y la capacidad de transporte se fue aumentando.
De Buenos Aires, el sistema se expandió a todas las ciudades importantes del país. Y así, casi naturalmente, se llegó al sistema del transporte en colectivo. Que nació, aunque usted no lo crea, de los taxistas, que (como ahora) estaban desesperados.