De los casos históricos en que un sindicato provoca un hecho violento del que son víctimas sus propios representados, seguramente el ocurrido en el edificio de Los Ángeles Times, el 1 de octubre de 1910, es el más penosamente emblemático, pues les costó la vida a 21 trabajadores.
El editor del diario era Harrison Gray Otis, un anticomunista pertinaz, muy influyente en la sociedad de aquellos años, y dueño de una afilada pluma con la que hostigaba permanentemente a los movimientos obreros, las huelgas, y cualquier actividad que implicara la organización en defensa de los derechos laborales.
Los hermanos John J. y James B. McNamara, ambos miembros destacados del sindicato de trabajadores del metal (International Association of Bridge and Structural Iron Workers), prepararon lo que supuestamente sería una lección para el editor enemigo: armaron una bomba, con dinamita, dentro de un maletín.
Exactamente a la 1:07, la bomba estalló, en un callejón adyacente al edificio del diario.
La cantidad de explosivos había sido calculada para causar daños materiales, y asustar a los directivos. Pero el estallido perforó las tuberías de gas natural, y eso terminó desatando un incendio, y un derrumbe secundario, casi inmediato.
Hubo 21 muertos. La mayoría no falleció por el impacto directo de la bomba, sino por quedar atrapada por el fuego, o asfixiada por el humo. Las víctimas del atentado fueron trabajadores ordinarios del periódico, que se encontraban cumpliendo el turno de la madrugada para imprimir la edición matutina del diario.
Entre los muertos hubo impresores, linotipistas, maquinistas, editores y repartidores: todas personas que los sindicatos pretendían representar en defensa de sus derechos. La paradoja fue cruel, e inapelable: un mazazo contra los sindicatos en la opinión pública, mucho más efectiva que cualquier editorial que hubiera escrito Harrison Gray Otis.
Después de una intensa investigación liderada por la agencia de detectives de William J. Burns, las autoridades arrestaron a los responsables. James B. McNamara confesó haber colocado físicamente la bomba, y fue condenado a cadena perpetua. Su hermano, John J. McNamara, se declaró culpable de planificar otros atentados contra industrias no sindicalizadas, y recibió una condena de 15 años de prisión.