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El manzano en la tumba del sargento Aigo

Un momento mágico, vivido en el cementerio familiar donde yace el sargento asesinado en Pilo Lil.

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Por estos pagos, cuando se habla de realismo mágico, es que se está hablando de lo que sucede, pues lo misterioso y lo maravilloso conviven todo el tiempo, especialmente cuando uno se arrima a la cordillera, y se mete en los rincones infinitos de esa larga columna emergida a fuerza de volcanes hace millones de años.

Esto me ocurrió el día que llegamos a la casa familiar de los padres del sargento José Aigo, el policía mapuche asesinado el 7 de marzo de 2012, en el paraje Pilo Lil.

La vivienda está enclavada en los altos de la precordillera de los Andes, en proximidades de Junín de los Andes, y se llega a ella por una huella apenas marcada entre los duros arbustos de la meseta.

Estábamos grabando un documental sobre el crimen de Aigo, y nuestra guía era Marcela, la hermana del policía asesinado.

Después de matear con los padres, comer pan casero con dulces también caseros, caminamos, acompañados por Marcela y por la madre, hasta el cementerio de la familia, ubicado a unos pocos centenares de metros de la casa, en un bajo, amparado por un monte.

En ese lugar está enterrado José Aigo.

La paz, el silencio, el suave viento de la cordillera, acarician las tumbas y las cruces dispuestas sobre un terreno en leve declive.

Nos acercamos a la tumba del sargento, entre muy pocas palabras, casi en silencio.

Quedé mirando la cruz con el nombre de la víctima del crimen, que para entonces estaba impune, y que, ahora, varios años después, sigue en la misma condición, con dos asesinos jamás capturados.

Marcela, la hermana, observó que yo miraba fijamente un arbolito de manzanas, que crecía directamente de la tierra bajo la que yace el sargento.

A Cochele (así lo nombraban a José) le gustaban mucho las manzanas. Este arbolito creció solo, aquí, directamente en su tumba, dijo Marcela.

 Extendió una mano, arrancó una manzanita del pequeño árbol, y la mordió suavemente.

Yo quedé impresionado, pues no pude pensar otra cosa más que Marcela estaba besando a su hermano, que había encontrado la manera de perdurar, vivo, a pocos metros de la casa en la que había sido feliz, de niño, con sus padres y sus hermanos.

Volvimos, caminando, cuesta arriba.

Después de un rato, nos despedimos, y volvimos al hotel de Junín de los Andes.

Con el corazón apretado por una rara angustia amable, empezamos a escribir el guion para el documental del crimen del sargento Aigo.

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