En estos días en los que no se habla de otra cosa -en los medios- más que de la visita del Papa, algún misterioso recodo del cerebro trajo al presente el recuerdo de la herrería del tío Alfredo, la colección de Selecciones del Readers’ Digest, y aquella novela del australiano Morris West, titulada, apropiadamente, Las Sandalias del Pescador.
Tío Alfredo trabajó durante mucho tiempo en una herrería en la que era socio, junto a otro tío, Juan. Quedaba en la calle Lavalle, en un lugar que ahora ocupa un complejo de departamentos. Entre el martillo, el yunque y la fragua, o, mejor dicho, después de tales menesteres, a tío Alfredo le gustaba leer.
Estaba suscripto a las Selecciones del Reader’s Digest, y compraba, además, los libros que cada tanto ofrecía esa revista: generalmente, novelas que se ofrecían en una versión condensada.
Por alguna razón que no recuerdo, resulté ser heredero en vida de una colección de esas revistas, y de unos cuantos libros, con los que formé mi primera biblioteca. Entre esos libros estaba Las Sandalias del Pescador, que leí en un par de siestas de verano. Después, pude asistir a una función de cine en la que pasaron la película basada en ese texto, con Anthony Queen haciendo de Papa.
En Las Sandalias del Pescador, se cuenta la historia -de ficción- de Kiril Lakota, un arzobispo ucraniano que pasa años prisionero en los gulags de la Unión Soviética.
Tras ser liberado, y nombrado cardenal, es elegido de forma inesperada como Papa (con el nombre de Cirilo I) tras la muerte del pontífice anterior, en medio de una grave crisis geopolítica, en plena Guerra Fría: El mundo se encuentra al borde de una guerra nuclear, y hay una hambruna masiva.
El Papa imaginado por Morris West utiliza su autoridad moral, y renuncia a las riquezas materiales de la Iglesia, para intentar evitar el cataclismo.
La novela, que tuvo mucho éxito, al igual que la película, fue publicada en 1963. Tío Alfredo no sabía, y yo tampoco, y tal vez no lo supiera nadie, entonces, pero el mundo le fue dando contexto cada vez más realista.
De hecho, hubo un Papa eslavo, Karol Wojtyła, elegido en 1978 como Juan Pablo II, quien se ocupó de esos menesteres de trabajar por la paz en un mundo propenso a la guerra.
Y hubo un Papa Argentino, Francisco, y ahora, uno estadounidense, León XIV, cuyo nombre de nacimiento es Robert Francis Prevost, el hombre que nos visita en los próximos días y que paseará por algunas ciudades de Argentina en un Papamóvil construido por Toyota.
Las circunstancias del mundo han cambiado, pero no tanto: hay una guerra (fría o caliente, según), hay hambruna, hay males que persisten, mientras todos vamos pasando por la vida, dejando o no alguna huella.
Mi tío Alfredo murió, de un ataque fulminante al corazón, mientras laburaba de sereno en una funeraria, ya jubilado. La herrería quedó sepultada por el avance inmobiliario. El libro de Morris West quedó en la casa paterna, y tal vez se haya perdido.
Quiero creer que en algún lugar del planeta hay una fragua y un herrero, y que el Papa tal vez tome nota de la importancia de los laburantes sudorosos, mientras transite esta Sudamérica atolondrada, que ha cambiado tanto sin cambiar en nada.