Los soldados llevan a la mujer embarazada. Ella camina dificultosamente, con los ojos vendados, a los tropezones. A unos metros, otro grupo de uniformados conduce por el mismo camino a un hombre joven. Tiene la camisa afuera del pantalón, abierta como un tajo sobre el pecho.
El silencio es aterrador. La mujer y el hombre son conducidos a un patio abierto, en el que hay dispuestas dos sillas, a pocos metros entre sí. Allí sientan a la mujer: su vientre sobresale. Ella solloza, sin sonido. El hombre corre la misma suerte, y, en medio del silencio extraño y sepulcral, se oye su respiración agitada.
Los soldados se forman en posición de fusilamiento ante el hombre, un cura español, Ladislao Gutiérrez, que tiene 24 años y sabe que va a morir. Y ante la mujer, Camila O’Gorman, 23 años, ocho meses de embarazo, quien ha sido obligada a beber un trago de agua bendita suministrado por un sacerdote, hace solo un rato, antes de emprender su última caminata a ciegas por el patio de la prisión del cuartel general de Santos Lugares.
Es 1848, es 18 de agosto, y el gobierno de Juan Manuel de Rosas ha ordenado la ejecución de la pareja. Por cometer pecado. No importa que Camila sea parte de una de las familias patricias de Buenos Aires. Tampoco importa que Ladislao sea sacerdote católico. Han cometido sacrilegio. Se han amado.
En el calabozo donde pasó sus últimas horas, Ladislao ha sido informado por el comandante del cuartel, Antonio Reyes, que su querida Camila también sería ejecutada. Escribió, entonces, una nota. “Camila mía, acabo de enterarme de que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios”. El papel, arrugado, quedó sobre un pequeño banco de madera.
La primera orden para proceder al fusilamiento fue desoída por el pelotón. El vientre inflado de Camila, su juventud, había obrado con un poder superior al del jefe sobre la consciencia de los soldados. Hubo una severa reprimenda. Una amenaza. Finalmente, los fusiles dispararon. El silencio del patio fue invadido por truenos. Una brisa sopló y levantó el polvo como si una nube descendiera para llevarse los cuerpos del martirio.
El cura Ladislao Gutiérrez recibió cuatro disparos, y murió enseguida. Camila ‘O Gorman sintió tres balas perforar su cuerpo, y siguió respirando. El jefe del pelotón se acercó y disparó un último balazo al corazón de la mujer. Dentro del cuerpo martirizado, atado a la silla y exánime, otro corazón dejó de latir, mojado por el agua bendita que la madre había sido obligada a beber en su celda.
El médico del cuartel certificó las muertes. En el mismo patio, se cavó una fosa. Los dos cadáveres fueron arrojados allí dentro, metidos en un mismo cajón de madera barata. Juntos en la muerte, casados, unidos ya sin remedio.
La noticia del fusilamiento provocó reacciones fuertes en la sociedad porteña, y también en otros países. La prensa oficialista defendió la ejecución, calificándola de “un castigo justo” para preservar el orden sagrado, las leyes de la Iglesia y la moral pública.
Años después, ya en el exilio, Juan Manuel de Rosas afirmó en sus cartas que la decisión fue enteramente suya. Aseguró que nadie lo había aconsejado, y que lo hizo porque consideraba que su obligación era gobernar con mano firme para evitar la desmoralización general.