Ale Bravo tiene 18 años y, aunque todavía es muy joven, carga con una historia que viene de mucho antes que él. Es hijo y nieto de crianceros y desde pequeño creció en la localidad de Chos Malal entre animales, tareas rurales y una forma de entender la vida en la que el trabajo, la familia y el vínculo con la tierra ocupan un lugar central.
De su padre y de sus abuelos heredó mucho más que el conocimiento necesario para criar animales o trabajar en el campo. También aprendió que las raíces se sostienen todos los días: con esfuerzo, compromiso y responsabilidad.
Durante mucho tiempo soñó con tener su propio caballo. No solamente por la importancia que estos animales tienen en las tareas del campo, sino también por todo lo que implica hacerse cargo de uno: alimentarlo, cuidarlo, conocerlo y, sobre todo, construir un vínculo de confianza. Ese momento finalmente llegó. Y Pamperito se convirtió en mucho más que un caballo.
Es su compañero y, al mismo tiempo, una nueva responsabilidad que cambió su rutina y le abrió una etapa de aprendizaje. “Quiero que Pamperito tenga confianza en mí, no miedo. Que sepa que lo necesito y que lo voy a cuidar para que esté bien y pueda acompañarme”, cuenta Ale en una charla con Mejor Informado.
Cada mañana, alrededor de las 8, emprende el camino hasta la chacra que le prestaron para que Pamperito pueda pasar el invierno. El frío, la lluvia o incluso la nieve no alteran demasiado la rutina. Allí comienza el trabajo de todos los días: alimentarlo, sacarlo del cobertizo y dejarlo al aire libre para que juegue y comparta el espacio con otros caballos.
Ale conoce el campo y conoce a los animales. Pero ahora también está aprendiendo algo distinto: la responsabilidad que significa cuidar de otro ser vivo y prepararlo para el camino que vendrá.
Porque en el norte neuquino los tiempos del campo exigen previsión. Mientras se acerca la época de parición y comienza a pensarse en el regreso a la veranada, Ale también proyecta el futuro junto a Pamperito. “En octubre ya va a estar listo para volver a Arroyo Blanco y ser mi compañero de trabajo”, dice, con una sonrisa que anticipa el entusiasmo por lo que viene.
El cuidado también tiene su cuota de ingenio y de familia. Para protegerlo de las bajas temperaturas del invierno, Ale confeccionó junto a su papá, Juan Bravo, una capa casera para Pamperito. Juan acompaña el proceso con una mirada atenta y las palabras necesarias. Sin quitarle protagonismo a su hijo, está presente para orientar, compartir lo aprendido durante años y celebrar cada pequeño avance. Y quizás allí esté una de las partes más profundas de esta historia.
Porque mientras Ale aprende a cuidar a Pamperito, también continúa aprendiendo de su padre. En esos gestos cotidianos se transmite una manera de vivir, de trabajar y de relacionarse con el campo que pasó de generación en generación.
Pamperito es, para Ale, compañero, aliado y responsabilidad. Pero también representa algo más: el comienzo de un camino propio dentro de una historia familiar que viene de lejos. A sus 18 años, Ale empieza a escribir esa historia con sus propias manos. Con las enseñanzas de sus abuelos y de su padre, pero también con nuevos aprendizajes, nuevas responsabilidades y un compañero inseparable de cuatro patas.
Porque en el campo, un caballo nunca es solamente una herramienta de trabajo. Para Ale, Pamperito ya es parte de su historia.