Hubo un día, cuando recién comenzaba el siglo 20, que no ha podido superar el calificativo de “vergonzoso” para la historia argentina. Lo que ocurrió es totalmente insólito, pues dos ministros del gobierno de ese momento, presidido por Julio Argentino Roca, se llevaron un diente cada uno, de la osamenta recién exhumada del general Manuel Belgrano.
El lamentable hecho contrastó con la seriedad y rigurosidad con la que se había preparado el operativo para trasladar los restos de Belgrano, desde su sepultura original, en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, hasta un nuevo mausoleo construido a pocos metros.
La ceremonia se pensó importante, a la medida de la importancia del prócer creador de la bandera. Por eso, para presenciar el acto, y labrar el acta oficial, se designó una comisión oficial, que incluía a los ministros de la Nación, médicos y descendientes del general, entre otros.
Así, se llegó al momento crucial. Se levantó la losa de mármol, se retiró la tierra, y al fin quedaron al descubierto los pocos restos conservados de Belgrano: algunos huesos largos, parte del cráneo, y varios dientes.
Mientras los peritos forenses acomodaban con sumo cuidado la las piezas óseas, y ante la mirada sorprendida de los otros presentes, los dos ministros del gabinete del presidente, Joaquín V. González (Interior) y Pablo Riccheri (Guerra), manotearon rápidamente, y guardaron un diente cada uno en sus bolsillos.
Pero, había periodistas entre los presentes.
Al día siguiente, el diario La Prensa publicó una crónica lapidaria, a tono con el tema funebrero. Denunció el insólito e irrespetuoso hurto ministerial, y calificó el acto como “una falta absoluta de respeto y un despojo al patrimonio nacional”.
Obviamente, se desató un escándalo político, acompañado por una rápida indignación popular, a medida que la noticia iba llegando a los ciudadanos.
Los ministros argumentaron que se habían llevado los dientes únicamente para "mostrárselos a sus amigos" y para analizar la estructura dental en privado, respuesta que, en lugar de calmar los ánimos, los encendió todavía más.
Finalmente, ambos funcionarios devolvieron los dientes robados. Fueron entregados formalmente al prior del convento de Santo Domingo, para ser restituidos junto al resto de la osamenta.
Así, lo que quedó del cuerpo de Belgrano, incluidos los dos dientes de la historia, fue depositado en el mausoleo inaugurado pocos días después, el 24 de septiembre de 1902.