Creyeron, durante mucho tiempo, que sus vidas se habían cruzado en la redacción de un diario, un verano del año 1984. Miguel tecleaba ferozmente su máquina de escribir, con un cigarrillo Imparciales, negro, largo con filtro, colgando de la comisura de sus labios; el otro, Rubén, se acomodaba en el escritorio asignado, justo al lado.
Miguel hacía el cierre. Era quien se quedaba hasta tarde. Hombre, por tanto, de la noche. Tenía la calma de los que hablaban poco, salvo que hubiera una cerveza, o un vaso de vino, de por medio.
Allí se explayaba largamente, sobre cuestiones diversas. Filósofo de entrecasa, autodidacta empedernido, apenas había terminado la escuela primaria, pero hubiera podido, fácilmente, dar cátedra en una Universidad.
Dos años después, tuvo un conflicto, nunca del todo aclarado, que lo puso en la mira de los fusiles patronales. Lo echaron. Sus compañeros rumiaron la noticia.
No pueden hacer esto. Es injusto, dijo el otro Miguel, que oficiaba de secretario de Redacción, amparado por sus grandes bigotes. No lo aceptemos, dijo Rubén. A ver qué pasa cuando les mostramos los dientes.
Hubo una huelga. La mayoría paró. El diario no salió durante dos días. A Miguel, el de la mirada larga y el cigarrillo negro, lo reincorporaron después de que el paro repercutió en el Concejo Deliberante, en la CGT, y en el público pueblerino en general.
El triunfo fue, como suele suceder, premio y castigo. Cambiaron los horarios. Miguel pasó a trabajar de tarde, sin autonomía. Rubén, a primera hora de la mañana, cubriendo policiales y encargado, aviesamente, de noticias provenientes de las autoridades militares.
Miguel se quedó, Rubén se fue.
Pasaron otros dos años. Rubén ya había recalado en Neuquén. Era parte de un equipo que había sacado un nuevo diario. Pronto fue su jefe de Redacción, y, enseguida, Editor.
Un día, llegó una carta a la Redacción, a su nombre. Era de Miguel. Pensé en irme para allá. Acá no pasa nada. ¿Hay lugar? Preguntaba.
Un mes después, Miguel estaba en Neuquén. Los dos empezaron a trabajar juntos otra vez, como antes. El diario era distinto, moderno, bien equipado, pero enclenque en las finanzas. Dependía de la pauta publicitaria del gobierno, y, por ende, de sus vaivenes políticos.
La amistad superaba todos los problemas. Miguel anduvo un tiempo solo, sin la familia, hasta que pudo ahorrar lo suficiente como para alquilar una casa. Tenían largas charlas. Y un día, increíblemente, hablaron por primera vez de ellos mismos. De quiénes habían sido, de la niñez, ese fulgor que perdura toda la vida.
Ahí descubrieron, después de tantos años, que habían vivido en el mismo barrio. Uno, de un lado de la vía, el otro, pasando los rieles. Miguel había estado en la banda de los tirapiedras de atrás de la vía. Rubén, entre los combatientes más pegados a la parroquia del Carmen.
Entonces, nos hemos cagado a piedrazos mutuamente, sentenció Miguel.
Muchas cervezas después, casi en lágrimas, los dos asumieron haber peleado cuerpo a cuerpo sin saber quién era el otro, en aquel barrio tapizado por ciénagas frecuentes, entre curas con sotana y maestras con bigotes, y pelotas de trapo, y arcos y flechas que se hacían con ramas de mimbre, y barriletes construidos con cañas y papel de diario pegado con engrudo.
Eso pasó. La charla fue en Neuquén. Miguel Toledo siguió después trabajando en La Mañana del Sur, y en Ámbito Financiero, donde fue el periodista que más supo de gas y petróleo, cuando agonizaba ya el convencional y se avizoraba lo que sería Vaca Muerta.
Murió en noviembre de 2012, de un cáncer de pulmón, en Mendoza.
Rubén, quien esto escribe, sigue dando la pelea, como aquel chico que, entre el barro y la parroquia, tuvo un amigo, de un adversario que vivía del otro lado de la vía.