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Personas congeladas para volver a vivir: qué es la criónica y qué dice la ciencia

Cientos de personas ya fueron criopreservadas en el mundo con una apuesta extraordinaria: que la medicina del futuro encuentre la forma de despertarlas.

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Jueves, 27 de agosto de 2026 a las 10:07
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Hay lugares donde el futuro no se imagina: se almacena. En enormes recipientes metálicos, rodeados de nitrógeno líquido y a casi 196 grados bajo cero, cientos de personas esperan desde hace años una medicina que todavía no existe. No están dormidas. No están en coma. Tampoco están vivas según la medicina actual. Fueron declaradas legalmente muertas y, poco después, sometidas a un procedimiento llamado criónica o criopreservación, con la esperanza de que algún día la ciencia pueda reparar el daño, devolverlas a la vida y, en cierto modo, continuar la historia donde quedó interrumpida.

La escena parece salida de una serie futurista, pero ocurre hoy. Las organizaciones dedicadas a la criopreservación mantienen a centenares de pacientes en instalaciones de Estados Unidos y otros países. Alcor, en Arizona, informa actualmente 263 pacientes criopreservados. El Cryonics Institute, en Michigan, también conserva más de 250, aunque sus propias páginas ofrecen cifras diferentes según el criterio utilizado. En conjunto, estas dos instituciones ya superan ampliamente el medio millar de personas. Algunas estimaciones recientes sitúan el total mundial alrededor de las 650.

El detalle fundamental es que nadie está esperando ser despertado mañana. Hasta hoy, ningún ser humano criopreservado ha sido revivido. Todas las sociedades de criobiología a lo largo del planeta sostienen que el conocimiento necesario para recuperar un mamífero completo después de una criopreservación a temperaturas criogénicas todavía no existe. Por eso, para la ciencia convencional, la criónica continúa siendo una apuesta especulativa.

No los congelan como en las películas

La palabra “congelado” resulta cómoda, pero técnicamente no es del todo correcta. El objetivo moderno es evitar la formación de grandes cristales de hielo, capaces de destruir las células. Para eso se utilizan sustancias llamadas crioprotectores, que reemplazan parte del agua de los tejidos y permiten llevarlos hacia un estado similar a un vidrio: la vitrificación.

El procedimiento comienza únicamente después de que una autoridad haya certificado la muerte legal. A partir de ese momento, el tiempo se vuelve enemigo. Se enfría el cuerpo, se mantiene artificialmente la circulación durante la estabilización y se introducen soluciones crioprotectoras a través del sistema vascular. Después llega el enfriamiento progresivo hasta aproximadamente -196 °C.

La conservación puede ser de cuerpo completo o solamente del cerebro, una modalidad conocida como neuropreservación. La lógica detrás de esta última opción es particularmente provocadora: si la información que contiene una persona —sus recuerdos, personalidad y estructura cerebral— pudiera conservarse y algún día reconstruirse, quizá no sea necesario conservar cada órgano.

El paciente queda finalmente dentro de un enorme recipiente metálico lleno de nitrógeno líquido. Y hay otro detalle sorprendente: no hace falta electricidad para mantenerlo congelado. El nitrógeno se repone periódicamente y el sistema está diseñado para conservar las temperaturas extremadamente bajas durante largos períodos incluso ante una interrupción del suministro eléctrico.

Una idea que nació hace casi 60 años

La historia comenzó mucho antes de que existieran los actuales laboratorios. En 1964, el profesor de física Robert Ettinger publicó The Prospect of Immortality, el libro que popularizó la idea de conservar cuerpos humanos después de la muerte con la esperanza de que una medicina futura pudiera repararlos.

Tres años después apareció el primer voluntario. James Bedford, un profesor de psicología retirado, murió el 12 de enero de 1967 y fue preservado bajo condiciones controladas. Desde entonces permanece criopreservado y actualmente está bajo el cuidado de Alcor.

Bedford lleva casi seis décadas esperando. Su caso es también una medida del desafío: durante todo ese tiempo la tecnología logró conservarlo, pero ninguna tecnología logró hacer el viaje inverso.

El verdadero problema está en el regreso

Conservar es solamente la mitad de la historia. El gran interrogante aparece cuando hay que calentar nuevamente un organismo.

Si un tejido vitrificado se calienta demasiado lentamente, pueden formarse cristales de hielo. Si se lo calienta de manera desigual, pueden aparecer tensiones y fracturas. Y si los tejidos sufrieron daños durante la muerte, la falta de oxígeno o la propia exposición a los crioprotectores, habrá que repararlos.

Ahí aparece una de las líneas de investigación más interesantes de la criobiología actual: el nanowarming, una técnica que utiliza nanopartículas magnéticas y campos electromagnéticos para calentar rápidamente los tejidos desde el interior. En 2023, investigadores lograron vitrificar riñones de rata, almacenarlos hasta 100 días y posteriormente recalentarlos mediante nanowarming para trasplantarlos y recuperar su función.

Los avances continuaron. En 2025 se consiguió demostrar experimentalmente la vitrificación de volúmenes de hasta tres litros de soluciones crioprotectoras y el recalentamiento uniforme de volúmenes de hasta dos litros. También se vitrificó un hígado de un cerdo, aunque todavía no se logró demostrar su posterior recuperación funcional.

Son avances importantes, pero hay una distancia enorme entre recuperar un riñón de rata y devolver la vida a una persona cuyo cuerpo lleva décadas en nitrógeno líquido.

¿Cuánto cuesta comprar una esperanza?

La posibilidad, por ahora, no es barata. Alcor cobra actualmente US$ 220.000 por la preservación de cuerpo completo y US$ 80.000 por la neuropreservación. El Cryonics Institute anuncia una tarifa de US$ 28.000 para la preservación corporal, aunque pueden sumarse gastos de traslado y asistencia local. En ambos casos, muchas personas utilizan seguros de vida para financiar el procedimiento.

Lo que están comprando no es una garantía. Es exactamente lo contrario: una posibilidad.

Y quizá allí esté la parte más fascinante de toda esta historia. Los cientos de personas que descansan en esos recipientes no esperan que la ciencia actual pueda salvarlas. Apuestan a que la ciencia del futuro sea capaz de hacer algo que hoy parece imposible.

Mientras tanto, el nitrógeno líquido mantiene el reloj detenido. Y no sabemos si alguna vez volverá a ponerse en marcha.

 

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