A fines de los 70 del siglo pasado los bancos eran otra cosa. No había atención virtual ni home banking ni nada que supliera la mano de obra empleado-cliente. Los bancarios eran muchos, y, en mi pueblo, todavía tenían el lustre de representar uno de los empleos más calificados y mejor pagados para nuestra vapuleada clase media trabajadora.
Esto sucedió en la sucursal del Banco Español del Río de la Plata, en el pueblo donde nací, entidad que después, en medio de una de las tantas debacles económicas del país, se fue de estos lares.
Corrales, cercano ya a la jubilación, de prosapia gallega, aunque argentino, tenía un Peugeot 404, que estacionaba en la calle 25 de Mayo, cosa que pudiera mirarlo de vez en cuando a través de los grandes ventanales.
Cada tanto, Corrales se acercaba al mostrador, y, haciéndose el distraído, observaba atentamente que su preciosa máquina estuviera bien, esperándolo, pacientemente, para emprender el breve viaje de retorno al hogar, terminado el horario del trabajo.
Esto fue notado por Tarantino, siempre atento a cualquier circunstancia que pudiera aprovecharse para concretar una broma. Hay que tener en cuenta que había un gobierno dictatorial, y muchos motivos para divertirse no había; más bien, todo lo contrario.
Tarantino tenía constatada la ansiedad controladora sobre el automóvil de Corrales. Y, un día, mientras tomábamos unos mates en la cocinita de la entidad, al fondo, al lado de los baños, me hizo su cómplice: había que jugarle una broma pesada al gordo Corrales.
En minutos, el plan estuvo preparado. Tarantino salía habitualmente, porque entonces era ordenanza. En una de sus salidas, pasó por una ferretería y compró pastillas que se usaban para quemar contra las plagas. Tales enseres emanaban un humo espeso cuando se les acercaba un fuego.
Al otro día, Corrales estacionó su auto en el lugar acostumbrado. Al rato, después de cerrada la atención al público, Tarantino salió, colocó un par de pastillas debajo de la carrocería del Peugeot, y les puso fuego.
En cuestión de minutos, una densa humareda empezó a salir desde abajo del auto. Yo cumplí mi papel. Mirando hacia el ventanal, acodado sobre el mostrador en el que atendía jubilados y clientes de cuenta corriente, grité: ¡Corrales, se le prende fuego el auto!
Corrales se acercó al mostrador, primero con una semi sonrisa incrédula, que se transformó en una mueca de espanto cuando vio el humo.
El gordo salió corriendo como impelido por una lanzadera. Detrás, salimos con Tarantino. Se armó un pequeño revuelo en la esquina. Gómez, que se prendió enseguida de la joda, manoteó uno de los extintores. Todos gritaban, se reían, y la gente no entendía nada.
Gómez llevó al extremo el realismo de la escena, a tal punto que -sin querer- se le disparó el extintor, que comenzó a desparramar una densa espuma blanca. Gómez lo quería controlar y no podía, y terminó blanqueando todo el salón principal del Banco.
Mostradores, escritorios, máquinas de escribir, cortinas, todo quedó bajo el polvo blanco del extintor.
Se asomó el gerente, con cara de pocos amigos, que, al cabo, se transformó en una risa contenida.
Corrales, que ya había visto de qué se trataba el incendio de su auto, volvió, la cara roja, a las puteadas, y se encontró, como nosotros, con el Banco convertido en una gran sábana blanca, con Gómez agarrándose la cabeza, y los demás, cagándose de risa.
Nos quedamos todos, más allá de la hora, limpiando el desastre, con Carlitos, el otro ordenanza. Todos, menos Corrales, que fue beneficiado, por ser la víctima principal, con un retiro al hogar, en su Peugeot 404, intacto, y desinfectado.