¡Cierren la puerta, que vienen los fachos! El grito fue de Ricardo, un entrerriano que tomaba tereré mientras imprimía, en un mimeógrafo a manivela, los apuntes de las clases teóricas.
Ricardo, que recién llegaba, entró en la cooperativa del centro de Estudiantes de la Facultad de Humanidades de La Plata, a la carrera, con los pelos y la barba ondeando como la bandera de un pirata.
El local estaba en el pasillo de entrada de la Facultad. Era 1973, y Humanidades funcionaba en una especie de túnel al lado de la sede central de la Universidad, y Facultad de Derecho, en 7 y 47.
Los que estábamos dentro, trabajando, corrimos a cerrar la puerta, que era grande y metálica, y a ponerle una traba. Los fachos eran el denominador común para la Concentración Nacionalista Universitaria, la CNU.
La CNU no se andaba con chiquitas. Eran de armas tomar. Y no dudaban en asestar golpizas a los zurdos vendepatria.
Los golpes contra la puerta empezaron enseguida. Abran, cagones, zurdos de mierda, se escuchó. Nosotros éramos los zurdos: La cooperativa del Centro de Estudiantes era administrada por el Frente de Agrupaciones de Izquierda, el FAUDI.
Un conglomerado en el que había comunistas y socialistas de diversa índole: desde estalinistas-maoístas hasta trotskistas que afirmaban que los extraterrestres debían ser, necesariamente, socialistas.
Los peronistas de izquierda no estaban, entonces: Recién al año siguiente, la JP decidió participar de las elecciones universitarias.
La puerta resistió, y después de un rato que pareció interminable, volvió la calma. Abrimos, nos asomamos al largo pasillo subterráneo, tapizado de carteles, pancartas y pintadas. Todo normal, en el contexto de aquella normalidad, con la violencia a cada paso.
Los de la CNU se habían ido. Pero volvieron, esa misma noche: la cooperativa del Centro de Estudiantes fue arrasada y quemada. Se perdieron todos los textos y libros que allí había, y el mimeógrafo, herramienta indispensable, fue destruido.
La violencia fue en aumento, imparable. En 1975, ya no fue posible sostener las clases en la Facultad. La Plata quedó salpicada de sangre.
Pasó medio siglo.
La violencia, ahora, es distinta. No ha desaparecido. Digamos que se ha trasladado a otros ámbitos. En la Universidad, hay mucha declamación, pero no el mismo peligro. Las víctimas se riegan en otras partes.
Veo lo que ha sucedido en el palacio Pizzurno, el miércoles.
Un grupo, estimado en más de cien militantes universitarios, ingresó al edificio, para exigir la aplicación efectiva de la Ley de Financiamiento Universitario, y un aumento en las Becas Progresar.
Los manifestantes sortearon la seguridad entre aplausos, empujones y momentos de tensión con la Policía Federal. Tras lograr entrar a las instalaciones, hicieron una "sentada" (pacífica, se remarcó) en el interior.
El episodio fue duramente criticado desde el gobierno. También desde otros ámbitos. Y fue destacado, vanagloriado, desde la izquierda.
La izquierda y la derecha ya no se enfrentan, casi nunca, cuerpo a cuerpo: Es todo más mediático, más “de redes”.
La batalla se libra en Instagram, en X, en Tik Tok, en Facebook.
Pero la guerra parece ser más o menos la misma.