A veces, una innovación ambiental no necesita tecnología de punta ni grandes infraestructuras, simplemente puede consistir en cambiar la forma de una teja.
Eso es lo que ocurre con las tejas mochueleras, piezas de barro diseñadas para integrarse a los tejados y crear una cavidad protegida donde pueda reproducirse el mochuelo europeo (Athene noctua) especie muy similar al búho.
La idea es muy interesante, porque plantea una cuestión mucho más amplia: ¿y si los edificios dejaran de diseñar únicamente para personas y empezaran a reservar pequeños espacios para las especies con las que compartimos el territorio?
A primera vista parece una teja tradicional ligeramente modificada, sin embargo, se incorpora una abertura que permite al mochuelo acceder a un espacio interior protegido, donde puede instalar su nido.
Éste proyecto se está extendiendo por varias localidades de España. En Cataluña existe una campaña denominada “Apadrina una Teja para Mochuelo”.
Por lo general, estas aves no construyen un nido elaborado, sino que buscan cavidades protegidas: huecos de árboles, paredes, construcciones agrícolas, tejados, etc.
La sustitución de construcciones tradicionales, el sellado de los tejados, la restauración de viejos edificios y sistemas modernos de construcción han ido eliminando esas cavidades.
La paradoja es interesante, se construyen edificios técnicamente mejores para los humanos, más aislados, herméticos e impermeables, pero no se piensa en que se eliminan lugares que otras especies llevan décadas utilizando.
La misma filosofía se está extendiendo por diferentes países, para buscar soluciones destinadas a gorriones, murciélagos e incluso insectos.
Cuando se habla de impacto ambiental se piensa en emisiones CO2, consumo energético, aislamiento térmico, agua o generación de residuos. Todo eso es fundamental, pero ¿qué ocurre con los animales y plantas que viven alrededor, encima e incluso dentro de nuestras construcciones?
La imagen de una teja con un pequeño agujero puede parecer simpática, pero detrás de ésta idea hay otra mucho mayor. Durante mucho tiempo hemos diseñado el espacio para nosotros y después intentamos proteger la naturaleza que nos rodea.
La arquitectura sensible a la biodiversidad, propone invertir parcialmente esa lógica y antes de terminar un tejado preguntarnos si podría vivir allí, alguien más que nosotros.
No es necesario convertir cada vivienda en una reserva natural, pero a veces es suficiente con una cavidad, una planta autóctona, un pequeño paso entre jardines, un estanque, un frente menos iluminado de noche o una simple teja de barro.
No nos olvidemos que también los humanos formamos parte del sistema animal y que compartimos con otras especies la tierra donde vivimos.