Edgard Andrew había nacido en la tranquilidad de las sierras cordobesas, ese día no debía estar allí. Su viaje estaba previsto para otra fecha, en otro barco, pero una huelga de carboneros y una serie de decisiones inesperadas, lo colocaron en el epicentro del naufragio más icónico del siglo XX.
Nació en 1895 en la estancia El Durazno, cerca de Río Cuarto. Hijo de inmigrantes ingleses, había sido enviado a Inglaterra a estudiar, aunque su deseo y su corazón seguían ligados a la vida rural.
El motivo de su viaje a América, era para asistir a la boda de su hermano Silvano Alfredo, un ingeniero naval que se casaba en Nueva Jersey.
En un principio, Edgard debía viajar en el Oceanic que zarparía el 17 de abril. La huelga de carboneros obligó a la empresa a reacomodar a sus pasajeros en el Titanic, sin costo adicional. Así el muchacho se embarcó en el buque “que ni Dios podía hundir”.
Poco antes de subir, envió una carta a su amiga de Buenos Aires, Josefina “Josey” Cowan, con quien debía encontrarse en Inglaterra. El cambio de planes alteró la cita de los jóvenes y con un disgusto poco disimulado, Edgard escribió: “Figúrese Josey, que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me siento nada orgulloso. Desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del mar.”
Esas palabras, cargadas de frustración, ya que el joven sólo quería encontrarse con su amiga, se convirtieron en una profecía fatal pocos días después.
Cuando el gigante de hierro chocó contra el iceberg, Edgard descansaba en su litera de segunda clase. Una sobreviviente, Winie Trout, contó tiempo después, que vio al joven argentino en la cubierta con su chaleco salvavidas y que al verla a ella tan desesperada y sin protección, decidió cedérselo, antes de tirarse al mar. Su cuerpo nunca fue encontrado.
Durante 88 años, la historia quedó guardada en el ámbito de la familia, orgullosa del acto de altruismo del joven Andrew.
Sin embargo, en el año 2000, una expedición liderada por Davis Concannon, rescató del lecho del mar, a unos 4.000 metros de profundidad, la valija de cuero de Edgard.
Al abrirla, el tiempo se detuvo: 51 objetos personales permanecían intactos. Había cartas postales de Río Cuarto, un tintero, zapatos, hasta toallas con sus iniciales bordadas.
Ese hallazgo permitió que el mundo conociera la historia del único argentino entre las víctimas, contrastando con la suerte de otra argentina de Bahía Blanca, la enfermera Violet Jessop, que no sólo sobrevivió al Titanic, años después también lo hizo en el naufragio del Britannic.
Hoy la historia de Edgard Andrew, se mantiene viva en el Museo del Carruaje en Villa General Belgrano y en la memoria colectiva de Córdoba.
Éste relato nos recuerda, que detrás de la cifras de las tragedias, hay personas, nombres propios, sueños truncos y a veces, una jugada del destino que desafía toda lógica.