HISTORIA VIVA

La Doctora Botti: una médica rural del norte neuquino

"Cuando vas conociendo que atrás de un hombre que está todo el tiempo a la intemperie, hay una mujer en la casa, que organizó toda la vida familiar, entendés que la mujer de campo es una mujer llena de recursos".
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 12:47

Ubicada en plena meseta patagónica, al pie del volcán Tromen, se encuentra la pequeña localidad de Buta Ranquil. Allí trabaja Eugenia Botti, una médica rural que por vocación llegó hasta los confines del norte de nuestra provincia.

Eugenia es neuquina, nacida y criada. Es la mayor de 3 hermanas mujeres y su padre es un reconocido médico neurólogo de Neuquén. Ella estudió medicina en la Universidad Católica de Córdoba y luego hizo la residencia como médica generalista en Reconquista (Santa Fe). La crisis económica del 2001, le hizo replantear su horizonte: analizó irse del país pero, como muchos otros argentinos, pegó el volantazo y se fue al interior del interior neuquino.

Una vez radicada en El Cholar, fue directora del hospital local. Luego, se mudó a Buta Ranquil (hace 12 años) donde vive actualmente junto a Nati y su hija, donde también cría vacas, ovejas, chanchos y gallinas en su chacra. En “Buta”, también llegó a ocupar la dirección del Hospital Gabino Sagredo, un nosocomio de complejidad III en el que acumula cientos de noches de guardia, consultorio y cabalgatas para ir a ver a pacientes al campo.

Hoy, ya no está en la dirección del hospital, pero sigue siendo parte del equipo de salud local recorriendo grandes distancias para atender a personas que viven en parajes rurales.

“La Doctora Botti” como la llaman en el pueblo, está agotada, como todo el equipo que sostiene el sistema de salud. Pero sigue siendo una de las tantas manos que curan cuerpo y alma del interior neuquino más profundo, ese que no sana con una aspirina, ese que también sana con una palabra amiga, mientras se calienta la pava para el mate que oficiará de anfitrión en cada paraje.

¿Cómo explicás vos qué es la medicina rural?

El laburo de médica en Buta implica la atención de consultorio, guardias activas y pasivas, y también hacemos trabajo rural en un área extensa, una de las más extensas de la provincia. Tenemos visitas de 5 a 50 kilómetros, y a veces también en parajes a 100 kilómetros de Buta, por ripio. El equipo que sale es un chofer, un agente sanitario, un odontólogo y un médico. Somos los cuatro que habitualmente nos movemos. Ese laburo, el contacto con la gente del campo, me gusta, me siento cómoda con ese tipo de atención, de charla, de contacto. Para mí tener que ir a 100 kilómetros, no es un despelote. No, yo lo disfruto mucho. La gente espera la visita, por eso nos duele cuando tenemos que suspender o posponer cuando, por una cuestión de agenda, el médico no puede ir. 

¿Cuáles son las principales problemáticas de salud que tiene la gente del campo profundo?

Suele ser gente muy saludable, con una reserva de salud muy distinta. Ahora, también es cierto que tienen afecciones articulares como artrosis o artritis. Por ejemplo, cuando alguien hace un alambrado de muchos metros, que estuvo poceando todo el día… son trabajos duros en los que el cuerpo se desgasta. También hay gente hipertensa, personas que son diabéticas, otras que tienen el ácido úrico alto. Pero, como patologías, gran parte de nuestras fichas tienen un gran componente social.

El médico rural, sigue siendo fundamental para ofrecer asistencia sanitaria a poblaciones aisladas.  Es el que atiende a poblaciones de menos de 15.000 habitantes. El de Buta Ranquil es un hospital que asiste a una población estable de 6000 personas y a otras 2.000 que absorbe, de su radio de influencia.

 

Además de atender las dolencias físicas, ustedes también son personas de escucha con las que también se entablan amistades ¿no? Y para eso, no podés llegar a un entorno rural a las apuradas con el ritmo de una ciudad ¿no?

Bueno, ahí nos ayuda mucho el conocimiento del terreno y los agentes sanitarios, que son los que nos facilitan el acceso hasta que nosotros mismos lo vamos adquiriendo. Es cierto que la lógica de la visita rural duplica el tiempo. En una charla vos no entras a una casa y decís “hola, llegamos. ¿Qué le anda pasando?”. No. Llegamos y es: “¿Hizo frío? ¿Y pasó la parición?”. Uno tiene que entrar en un clima, en una sintonía. Cuando, como laburantes de salud no hacemos eso, la gente no se siente cómoda. Y, la verdad, terminas valorando lo sobreadaptado de mucha gente que vive con el agua lejos, con calefacción inadecuada, sin baños, etc. La gente de lo rural tiene una vida muy dura y difícil en algunos aspectos que hacen al bienestar y la comodidad.   

 

¿Cuál es tu mirada sobre la salud?

Tenemos todos los elementos para ser personas sanas porque biológicamente somos una máquina perfecta. Ahora, esto de cómo vivimos, y no hablo solo de tener una casa calentita, agua potable o baño, o de desórdenes en la ingesta, los riñones, el sodio, la vida sedentaria; hablo también de cuestiones vinculares, de la forma de relacionarnos, de los recursos que tenemos para poder hacer visibles las situaciones que nos preocupan también repercuten en la salud. Hay gente que está arrastrando sufrimiento de forma crónica y a veces, lo que encontramos es angustia. No estoy reduciendo todo a este tipo de dolencias, pero tenemos todo para ser sanos y hay gente que sólo necesita ser escuchada.

Se piensa en el campo como un medio rudo y difícil. Siendo mujer, ¿sentís que debiste derribar algún prejuicio de género para poder desarrollarte en el ambiente de la ruralidad?

No, para nada. Cuando vas conociendo que atrás de un hombre que está todo el tiempo a la intemperie, hay una mujer en la casa, que organizó toda la vida familiar, entendés que la mujer de campo es una mujer llena de recursos. Y en esto del respeto y de entenderlas como mujeres de grandes recursos, es que yo no me considero superior a ellas y son ellas las que me enseñan un montón de cosas. A veces un hombre no se quiere atender entonces le explico a la mujer que sería bueno poder charlar con él y le pregunto cómo cree que podemos hacer, y capaz que la señora dice: “viejo, venía acá que te tiene que ver la doctora” y ya con eso te abrió la puerta.  

 

¿Qué es lo que más te gusta de trabajar en una población pequeña, alejada de las grandes ciudades?  

Lo que me gusta es la Medicina General, mi especialidad, es que está pensada para que los equipos podamos desarrollar estrategias de atención primaria de la salud pudiendo generar acciones para promoción y prevención, y atender las situaciones más frecuentes de los distintos grupos etarios y a la persona en sus distintos momentos de la vida. Nuestro rol es la prevención primaria, detectar lo prevalente y eso también es una especialidad. Y como médicos de los pueblos, nos conocemos entre todos, entonces sabemos quién está por nacer y en qué familia, como también quién está por partir.

Como sucede con los médicos de acción y vocación, la medicina es su vida. Por su dedicación, en 2012 fue reconocida por la Legislatura provincial con el premio Jóvenes Sobresalientes 2011 como “Profesional de la Salud del año”.

¿Cómo viven la pandemia en ese rincón del mundo?

Más allá del miedo, la pandemia nos obligó a ser conscientes de cambios de conductas y algunos hábitos. En el campo está recontra instaurado el mate y yo no sé si la alternativa es suspender el mate. Creo que, a partir de ahora, cada uno tiene que tener su mate. Entonces, no es lo mismo que esté prohibido a que digas: “tengo el agua calentita, ¿trajiste tu mate?”. Y ahora en los días lindos, la gente está acostumbrada a juntarse. Tendremos que hacerlo con distanciamiento y a conciencia.

¿Por qué elegiste ser médica?

Por vocación, por querer ayudar. Mi laburo de médica me gusta, me gusta ayudar, acompañar y en esta combinación con los ámbitos rurales, me siento cómoda. Claro que en este devenir, y en la cantidad de años que laburo de esto, más allá del compromiso también hay cosas difíciles, pero no cambio la elección por nada. 

 

 

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