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El elogio de la fragilidad: cómo La Scaloneta reescribió la masculinidad y la pedagogía del fútbol

El impacto cultural del ciclo de la Selección Argentina: cómo el acompañamiento psicoanalítico, la validación del llanto y la contención afectiva desarmaron el mandato del "macho invulnerable", reconfigurando la masculinidad en el deporte de alto rendimiento y sentando las bases de una nueva pedagogía con perspectiva de género.

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Domingo, 11 de octubre de 2026 a las 19:34
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La "Scaloneta" transformó la vulnerabilidad en fortaleza emocional

Columnista invitada Rosa Susana Elizabeth Pereyra, Especialista en Educación y Gestión Organizacional. Directora de ICEP Consultoría & Formación. Doctoranda en Educación por la Universidad Nacional del Comahue (UNCo).

Durante décadas, el fútbol profesional argentino funcionó como una aduana severa para las emociones masculinas. Para habitar la cancha, el varón debía vestir una armadura de invulnerabilidad: la guapeza se medía en dientes apretados, la frustración se canalizaba en bronca y el llanto quedaba relegado a la clandestinidad del vestuario. Sin embargo, la transformación más profunda que nos deja el ciclo de la Selección Argentina conducido por Lionel Scaloni y capitaneado por Lionel Messi no se mide únicamente en estrellas bordadas, sino en una silenciosa revolución cultural, subjetiva y pedagógica: la legitimación de la fragilidad como motor de resiliencia.

Las escenas vividas recientemente durante la despedida de Lionel Andrés Messi frente a las cámaras volvieron a sellar esta marca de época. Ver las lágrimas contenidas que brotaban del rostro de Lionel Scaloni mientras cantaba el himno nacional con el pecho hinchado de gratitud, o presenciar el llanto desconsolado de Enzo Fernández abrazando la nostalgia de un ciclo que marcó sus vidas, no representó un acto de debilidad, sino una lección magistral de inteligencia emocional.

Al igual que cuando Pablo Aimar se ahogó en lágrimas en el banco de suplentes en Qatar, o cuando el propio Messi se quebró en la final de la Copa América, la "Scaloneta" desarmó el viejo mito del héroe inalterable para reemplazarlo por un liderazgo afectivo, donde el dolor, la presión desmedida y la incertidumbre no se reprimen ni se enmascaran detrás de la agresión, sino que se comparten y se tramitan colectivamente a la vista de todo un país.

Esta apertura a la sensibilidad no fue un hecho fortuito ni una mera espontaneidad: encontró un anclaje fundamental en el trabajo de contención y la terapia de orientación psicoanalítica e interdisciplinaria que acompañó al plantel. En un deporte que históricamente estigmatizó la salud mental como un síntoma de "falta de carácter", la inclusión de espacios de escucha y elaboración de las presiones subjetivas permitió a los futbolistas tramitar el peso aplastante del mandato de éxito. Desde el psicoanálisis, la palabra y la elaboración del malestar operan como un dique frente a la actuación violenta o la somatización. Reconocer el temor al fracaso, la angustia de la exposición masiva y el duelo por las pérdidas físicas o deportivas permitió a los jugadores quitarse la máscara de la infalibilidad y construir un rendimiento deportivo asentado en el deseo y no en la condena del deber ser.

Desde la perspectiva de género, este movimiento constituye una deconstrucción radical de la masculinidad hegemónica en el fútbol. La cultura patriarcal ha exigido históricamente a los varones la negación de los afectos, la demostración constante de fuerza bruta y la dominación del rival como únicas pruebas de virilidad. La Scaloneta contrapuso a este mandato una nueva construcción de las masculinidades: varones que se abrazan con ternura, que se cuidan en la adversidad, que validan la vulnerabilidad de sus pares y que no temen mostrar la herida abierta sin perder un ápice de competitividad, temple y rigor profesional. La fragilidad, lejos de mellar el desempeño, se convirtió en la argamasa humana y científica que redujo los niveles de ansiedad somática, previno el agotamiento emocional (burnout) y fortaleció la cohesión indestructible del grupo.

El impacto pedagógico de este cambio de paradigma en las infancias y en las instituciones formativas es incalculable. Los miles de niños y jóvenes que pueblan los potreros, las escuelitas de barrio y las ligas regionales ya no tienen como único espejo al guapo solitario que oculta sus miedos bajo conductas agresivas, sino a un capitán, a un plantel y a un cuerpo técnico que normativizan la empatía, la escucha terapéutica, el llanto sincero y el respeto por el compañero.

El fútbol, concebido históricamente como un dispositivo de adiestramiento de la dureza masculina, empieza a reconfigurarse como un territorio educativo integral donde la perspectiva de género y la dimensión afectiva son reconocidas como derechos fundamentales del desarrollo humano.

Honrar este legado exige que las dirigencias deportivas, los clubes de base y el Estado asuman compromisos institucionales concretos. La salud mental, el acompañamiento psicoanalítico y la formación con perspectiva de género no pueden seguir tratándose como lujos reservados al profesionalismo de elite o como recursos de emergencia ante las crisis. Se vuelve imperativo incorporar gabinetes interdisciplinarios en las divisiones inferiores, capacitar a los cuerpos técnicos en pedagogía del cuidado y desterrar de forma definitiva las dinámicas de violencia y sobreexigencia que históricamente han asfixiado la subjetividad de las jóvenes promesas.

La Scaloneta nos demostró que no hay mayor fortaleza que la de aquellos que no temen mostrarse vulnerables y pedir la palabra para sanar. Allí, en la terapia compartida, en la valentía de llorar juntos frente a millones de espectadores y en la decisión de cuidarse dentro y fuera de la cancha, se reescribió para siempre la cultura de nuestro fútbol y la forma en que educamos a las futuras generaciones.

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