La despedida de la selección de Lionel Messi deja el lógico vacío que solamente dimensiona una leyenda. Pero, al mismo tiempo, ha sido tan superador el camino recorrido por este extraterrestre rosarino, que tiene en su haber el eterno valor del ejemplo.
Siempre el ejemplo, desde el mismísimo desafío original de irse a España. Quería ser y fue, pero jamás desdeñó el esfuerzo para apuntalar la inmensidad de su talento.
Y si alguna vez decidió correrse, volvió rápido a la celeste y blanca en busca de revancha. Como lo hacen los grandes de verdad, que parecen saber de antemano qué capitulos aún faltan en esa novela.
Siempre Messi interpretó sensiblemente los momentos. Inclusive, hasta en el personal criterio de pertenencia que, entiendo, lo corrigió en la nimiedad de alguna postura. Y vino lo mejor: enarboló un liderazgo cercano y empático ante el exigente y anárquico paladar fútbolero del hincha de la selección.
Afortunadamente, llegaron los festejos, el Messi campeón, y campeón del mundo, y eso cerró un combo que también nos liberó de alguna futura injusticia en la valoración de su inmensidad.
A esta altura de los agradecimientos, todo será bastante parecido a la redundancia. Y no está mal; jamás sonará empalagoso el aplauso ante un inigualable, o algo por el estilo.
Y, si me permite, no me parece un capítulo inferior, dentro del comportamiento de sus decisiones, definir su despedida. Sin rodeos, sin complicar buscando forzar alguna manera de ser útil dentro de una cancha. Lo dió todo, y por eso sintetizó este final en la selección. Messi siempre fue la bendición de una solución.
Gracias, mil gracias, es lo primero que surge. Siempre, gracias. Y, claro, en el mismo agradecimiento, la enorme relevancia de proyectarse, genialmente, como un faro eterno para ubicar el camino.