Este viernes, el equipo de Lionel Scaloni vuelve a ese templo para despedirse del público antes del Mundial 2026 frente a Mauritania. Pero no será un partido más. Porque cada vez que la Albiceleste pisa ese césped, la historia se activa sola, como si las tribunas tuvieran memoria.
Los primeros capítulos se escribieron en blanco y negro, allá por la década del 20, cuando Argentina empezó a hacer de la cancha de Boca un escenario habitual. Fueron tiempos de dominio, de triunfos ante Paraguay y Brasil, de una Selección que comenzaba a construir su identidad con la pelota al pie y el orgullo en alto.
Después vinieron años de intermitencias, hasta que en 1937 la Bombonera fue testigo de una goleada contundente: 6-1 a Paraguay en Copa América. Era una señal de lo que ese estadio podía ofrecer: noches de fútbol total.
Pero no todo fue fiesta.
Hay una herida que todavía duele. El 31 de agosto de 1969, Argentina empató 2-2 con Perú y quedó afuera del Mundial de México 1970. Fue uno de los golpes más duros de su historia. La Bombonera, ese día, no vibró: se quedó en silencio. Y ese silencio todavía retumba.
A partir de ahí, el vínculo entre la Selección y ese estadio se volvió más complejo. Amor y desconfianza. Magia y tensión. Como toda relación intensa.
En los años 70 volvió a ser protagonista, con goleadas, amistosos internacionales y partidos que sirvieron como preparación para el Mundial 78. La Bombonera fue parte del camino, aunque la gloria máxima llegaría en otro escenario.
Con el paso del tiempo, la Selección alternó sedes. El Monumental se transformó en la casa principal, pero cada regreso a La Boca tenía un condimento especial. Algo distinto. Algo que no se explica.
En tiempos recientes, ese romance se reactivó. En 2017, otra vez Perú enfrente y otra vez el fantasma: empate sin goles y clima espeso. Aunque esta vez la historia tuvo final feliz días después en Ecuador.
Desde entonces, la Bombonera volvió a ser refugio y escenario de momentos importantes. Victorias ante Ecuador, Venezuela y Perú, un empate ante Paraguay y una caída reciente ante Uruguay. En total, el balance es ampliamente favorable, con mayoría de triunfos y muy pocas derrotas en décadas de historia .
Pero los números no alcanzan para explicar lo que pasa ahí adentro.
Porque la Bombonera no se mide en estadísticas. Se mide en sensaciones. En el grito que cae desde las tribunas. En la presión que empuja. En el jugador que levanta el nivel porque siente que no puede fallar.
Ahí, Lionel Messi fue ovacionado como pocas veces en su carrera. Ahí, la Selección encontró calor cuando más lo necesitaba. Y ahí, también, aprendió que el fútbol no siempre perdona.
Ahora, la historia suma un nuevo capítulo. Frente a Mauritania, la Scaloneta jugará su último partido en casa antes de viajar al Mundial. Será una despedida, pero también una reafirmación: la conexión entre el equipo y la gente sigue intacta.