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Ruso Zielinski: el técnico sin marketing que volvió a hacer historia con Belgrano

El entrenador que se hizo en el barro del ascenso, lejos del marketing y cerca de la cultura del esfuerzo, condujo a Belgrano de Córdoba al primer título de Primera División de su historia tras vencer a River Plate. Un perfil del técnico que transformó la humildad, la personalidad y el trabajo en una marca registrada.

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El “Ruso” volvió a quedar grabado para siempre en la historia de Belgrano de Córdoba.

Hay entrenadores que se construyen desde el marketing. Y hay otros, como Ricardo Zielinski, que se moldean en el barro. En las canchas pesadas del ascenso. En los viajes interminables. En los vestuarios calientes. En los partidos por plata donde “la patada más chica iba al pecho”, como él mismo recordó alguna vez.

Este domingo, el “Ruso” volvió a quedar grabado para siempre en la historia de Belgrano de Córdoba. El triunfo 3-2 ante River Plate y la conquista del Apertura 2026 terminaron de convertirlo en algo más que un entrenador exitoso: Zielinski ya es parte del ADN "Pirata".

Porque Belgrano no sólo ganó un campeonato. Ganó con el sello de su entrenador. Ese sello áspero, competitivo, silencioso y profundamente futbolero que el Ruso construyó durante décadas lejos de las luces.

Zielinski nunca negoció su identidad. Cree en los mensajes simples. En el trabajo. En el orden.

Un hombre hecho en el ascenso

La historia de Zielinski no nació en conferencias de prensa llenas de frases de moda. Empezó en Lanús Oeste, trabajando desde los 14 años en una tornería mientras jugaba al fútbol y estudiaba. Después vendrían fábricas, negocios familiares, restaurantes, una cervecería y cientos de kilómetros recorridos en el ascenso argentino.

Fue jugador de San Telmo, Argentino de Quilmes y Chacarita Juniors, entre otros. Su carrera tiene escenas que parecen sacadas de una novela del fútbol argentino: lo cambiaron de club a cambio de un colectivo de la línea 148, jugó campeonatos barriales contra Diego Maradona en Villa Fiorito y viajaba colgado del tren para llegar a entrenar. “Si no tenías personalidad, no podías jugar ahí”, recordó sobre aquellos partidos bravos del conurbano. Esa personalidad terminó siendo su mayor marca registrada.

Como jugador de Chacarita Juniors con Francescoli.

El técnico que nunca necesitó venderse

Zielinski siempre peleó contra una etiqueta: la de técnico defensivo. Nunca se desesperó por caer simpático ni por construir un personaje. Mientras otros entrenadores se convertían en figuras mediáticas, él eligió el perfil bajo.

“No me interesa el marketing”, dijo alguna vez. Y probablemente esa frase explique gran parte de su carrera.

Durante más de 20 años dirigió en el ascenso esperando una oportunidad en Primera. La consiguió recién después de ascender con Chacarita. Mucho tiempo después de lo que, según él mismo reconoce, le hubiera ocurrido “con un buen representante”.

Pero el Ruso nunca negoció su identidad. Cree en los mensajes simples. En el trabajo. En el orden. En potenciar al jugador que tiene y no al que imagina. Y sobre todo, en competir. “Las características del futbolista están por encima de la idea del entrenador”, suele repetir. Esa lógica pragmática, tan discutida como efectiva, fue la que volvió a darle resultados en Belgrano.

En su época de jugador en San Telmo.

El hombre que entendió cómo jugarle a River

La relación entre Zielinski y River quedó marcada para siempre en 2011. Él fue el arquitecto del Belgrano que mandó al Millonario al descenso en aquella Promoción histórica. Y lo hizo convencido de que la presión iba a jugar a favor de los cordobeses. “Yo quería que fuera River”, confesó años después. “Sabía que la obligación la iban a tener ellos”.

No hubo burlas ni chicanas posteriores. Nunca las hubo. Zielinski jamás construyó su figura desde la provocación. Incluso después de una de las páginas más impactantes de la historia del fútbol argentino eligió el respeto. “Nosotros ascendimos a Belgrano. Lo otro vino como consecuencia”, explicó.

El Ruso Zielinski, campeón con el Pirata.

Quince años después, el destino volvió a cruzarlo con River. Y otra vez salió victorioso. Esta vez no para provocar un descenso histórico, sino para darle a Belgrano el primer campeonato de Primera División de su vida.

 

El último romántico del fútbol de barrio

En tiempos donde abundan los discursos prefabricados, Zielinski parece un sobreviviente de otra época. Un entrenador que todavía habla como aquel pibe de Lanús que dejaba la ropa preparada cerca de la salida por si había que escaparse de un campeonato bravo.

Serio. Austero. De ropa negra. Poco amigo de las cámaras. Mal perdedor. Obsesivo después de cada derrota. Capaz de quedarse solo mirando videos mientras el resto comparte un asado.

La pelota, la cabeza levantada, el barro en las piernas, las medias bajas. Toda una imagen de un luchador.

Pero también un tipo de códigos. Un hombre que jamás humilló al rival. Que habla del fútbol con lógica de vestuario y no de laboratorio. Que todavía cree que “el que lucha nunca fracasa”.

Quizás por eso Belgrano y Zielinski encajan tan bien. Porque ambos crecieron peleando desde abajo. Porque desconfían de las apariencias. Porque entienden el fútbol como resistencia.

Porque en un deporte cada vez más lleno de discursos vacíos, el Ruso sigue transmitiendo algo que no se puede fingir: autenticidad.

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