El proyecto minero Calcatreu, ubicado a unos 90 kilómetros al sur de Ingeniero Jacobacci en el paraje Lipetrén Chico, ya está en fase productiva, con casi una tonelada de oro proyectada para este año, más de 200 empleos directos y un impacto económico que empieza a sentirse en la lejana, golpeada, postergada, marginada y muchas veces olvidada Línea Sur. Su avance también marca un giro profundo en la provincia: una zona históricamente olvidada que hoy recibe inversiones, pero al precio de un silencio político y social que contrasta con décadas de rechazo a la minería.
Porque si algo cambia en Río Negro, no es solo la matriz economica: es el clima. Durante años, la minería fue mala palabra. Protestas, debates calientes y una ley anticianuro que en 2005 frenó en seco proyectos como Calcatreu. En sus 22 días de gobierno, Carlos Soria derogó esa norma en 2011 y volvió a habilitar la extracción de oro y plata con cianuro a cielo abierto. Pero no fue suficiente, hubo que esperar para lograr concensos. Para que todas las partes coincidan en que la proyección de la región sur va por el lado de la minería.
Finalmente, Calcatreu finalmente encontró el contexto político y económico para avanzar. Hoy, ese proyecto añejo, que pasó décadas en pausa, ya procesa mineral, proyecta exportaciones millonarias y se prepara para enviar los primeros lingotes. Y lo más llamativo: casi nadie dice nada en contra.
En paralelo, la Línea Sur, esa franja castigada por el viento y el frío, la falta de oportunidades y el olvido estructural, empezó a moverse. En Jacobacci hay más comercios, más demanda de viviendas y más circulación de dinero. No es un boom, pero se siente. Los números son concretos: compras por miles de millones de pesos, proveedores locales activándose y un puñado de empleos que, aunque limitados, representan mucho en una zona donde durante años no hubo nada.
Ahora bien, ese impacto tiene límites claros. La mina emplea alrededor de 200 personas, con picos que llegarán a 300. No es la revolución laboral que algunos prometían. De hecho, hay más de mil currículums esperando una oportunidad que difícilmente llegue. Además, faltan perfiles clave y la empresa tuvo que traer trabajadores de otras provincias mineras. Es decir: la actividad está en marcha, pero no encontró todo lo que necesitaba en casa.
Aun así, el efecto se siente. Incluso en el Estado. Los mejores sueldos del sector minero ya empezaron a provocar migraciones, donde empleados capacitados se van hacia la actividad privada. Un fenómeno silencioso, pero profundo, que redefine el equilibrio en ciudades chicas donde cada puesto cuenta.
Por otro lado, el discurso oficial insiste en el derrame económico. Y sí, hay movimiento. Pero cuando se miran los números finos, aparece la otra cara: el proyecto podría generar exportaciones por unos 1.800 millones de dólares, mientras que a la provincia le quedarían alrededor de 100 millones en toda su vida útil. Mucho oro que se va, relativamente poco que queda.
Mientras tanto, las comunidades también entraron en escena. En la zona de Lipetrén Chico, la comunidad mapuche Peñi Mapu logró insertarse con unos pocos puestos de trabajo y expectativas de crecimiento. La integración llegó. Después de años de desconocimiento y sin participación real en los inicios del proyecto. Hoy hay diálogo, sí, pero también pedidos: más empleo, más formación, más lugar en un proceso que recién empieza.
Y en ese contexto, hay un dato que hace ruido: la oposición, que durante años levantó banderas contra la minería, hoy guarda silencio. La misma que presenta unos 35 pedidos de informes por semanaal Ejecutivo. No hubo grandes cuestionamientos, ni movilizaciones, ni discursos encendidos frente al inicio de la producción y la inminente exportación de los primeros lingotes. Como si el paso del tiempo, o la necesidad, hubiera apagado las voces.
Entonces, lo que ocurre en Calcatreu no es solo minería. Es un cambio de época. Es la postal de una provincia que empieza a correrse hacia un modelo extractivo con más pragmatismo que debate. Es la historia de una región olvidada que, por primera vez en mucho tiempo, ve movimiento, con todas sus luces y sus sombras.
En medio de ese ruido de máquinas, números y discursos, hay algo más simple y más profundo que empieza a asomar: la esperanza. De que muchos puedan quedarse, de que no tengan que irse a buscar futuro lejos, de que encuentren una forma de vida en el lugar donde nacieron, donde se criaron y donde quieren vivir. Y ahí, quizás, esté la verdadera medida de lo que Calcatreu puede llegar a cambiar.