En los asaltos que hacíamos en la casa de Elin, una compañera del colegio, sonaba Sui Generis. Éramos adolescentes, empezábamos a descubrir el mundo y, sin saberlo, también estábamos descubriendo a Charly García. Aquellas canciones tenían algo distinto. Hablaban de nosotros, de nuestras pequeñas tragedias, de los sueños, de las preguntas que todavía no sabíamos cómo formular.
Era la época de la despedida de Sui Generis, aquel septiembre de 1975 en el que el Luna Park se llenó para decir adiós a una banda que ya era parte de la historia del rock argentino. Nosotros no necesitábamos entender del todo lo que estaba pasando para sentir que algo importante ocurría. Bastaba con escuchar esos discos una y otra vez.
Charly también viajaba con nosotros. En los micros de las excursiones escolares, los casetes pasaban de mano en mano. Y en el viaje de egresados, aquellas canciones sonaban desde el fondo del colectivo, mezcladas con las charlas, las risas y esa sensación irrepetible de estar dejando atrás una etapa de la vida. Hoy, cuando vuelvo a escucharlas, no necesito cerrar los ojos demasiado tiempo para regresar a aquellos días.
Después seguí escuchándolo. Nunca fui a un recital de Charly, una de esas asignaturas pendientes que uno va acumulando sin saber si alguna vez podrá saldarlas. Pero estuve siempre cerca de su música. Cada disco, cada canción nueva, era el descubrimiento de un artista enorme, de un creador que parecía encontrar palabras y sonidos para cosas que los demás apenas intuíamos.
Nunca fui a un recital de Charly, una de esas asignaturas pendientes que uno va acumulando sin saber si alguna vez podrá saldarlas. Pero estuve siempre cerca de su música. Cada disco, cada canción nueva, era el descubrimiento de un artista enorme, de un creador que parecía encontrar palabras y sonidos para cosas que los demás apenas intuíamos.
Y llegaron los años 80, la recuperación de la democracia, las esperanzas y las desilusiones. Charly nunca fue un simple cronista de su tiempo: supo capturar el clima de una época y transformarlo en música. En los 90, mientras el país cambiaba aceleradamente y muchas certezas se desmoronaban, sus canciones volvieron a acompañar nuestras vidas. Porque hay artistas que uno escucha y otros que, de alguna manera, terminan viviendo con uno.
En la historia argentina, pocas canciones alcanzaron el significado de Los dinosaurios. Publicada en 1983, en los últimos tiempos de la dictadura, se convirtió en una obra atravesada por el miedo, las desapariciones y la esperanza de que la pesadilla terminara. Su fuerza está también en su sencillez: no necesitaba explicar demasiado para que todos supiéramos de qué hablaba. Con el paso del tiempo, dejó de pertenecer solamente a una época y se convirtió en memoria colectiva.
Esa es una de las marcas de Charly: sus canciones pueden ser íntimas y, al mismo tiempo, hablar de un país entero. Pueden devolvernos a una habitación adolescente o llevarnos de golpe a uno de esos momentos en los que la Argentina intentaba comprenderse a sí misma.
Este viernes 23 de octubre, cuando cumpla 75 años, seguramente cada generación tendrá su propio Charly. Para algunos será el músico genial que desafió todas las reglas; para otros, el hombre que convirtió su vida en una obra tan imprevisible como extraordinaria. Para mí también será aquel sonido que salía de un tocadiscos y que después viajó en casetes, colectivos y años.
Porque el tiempo pasa, nosotros cambiamos y el país también. Pero hay canciones que permanecen. Charly García, con su talento, sus excesos, su lucidez y su libertad, hace mucho que dejó de ser solamente un músico: es parte de nuestra historia y de la banda sonora de nuestras vidas.