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Un conflicto que todos quieren terminar, pero todos sostienen

Trump e Irán juegan a ganar tiempo, pero el reloj corre para los dos. Mientras Washington no puede sostener indefinidamente su despliegue militar, Teherán apuesta a que el caos en Ormuz obligará a negociar en sus términos.

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Trump quiere cerrar un acuerdo pero bajo sus condiciones
Las conversaciones entre Líbano e Israel avanzan
El canciler iraní viajó a Pakistán pero no se reunió con EEUU
Steve Witkoff y Jared Kushner se quedaron en EEUU por orden de Trump

Donald Trump y el régimen iraní parecen sentirse cómodos usando la tregua como estrategia. Ambos creen que les sirve para subirse el precio en la negociación, aunque ninguno es capaz de hacer un gesto contundente hacia el otro. Quizá, porque lo último que quieren es mostrar debilidad. El canciller iraní viajó a Islamabad, habló con el jefe del ejército pakistaní y le entregó sus condiciones para firmar un acuerdo, pero luego se subió a un avión y siguió de gira. No le importó que los asesores de Trump estaban a punto de viajar para intentar alcanzar, cara a cara, un entendimiento. Trump canceló el viaje y espera que Irán mejore su oferta y se la transmita por teléfono.

Cada uno juega sus cartas

Trump cree que su decisión de bloquear el estrecho de Ormuz —impidiendo la entrada y salida de barcos desde los puertos iraníes— debilita al régimen por la asfixia que provoca sobre su economía, y que eso forzará, más temprano que tarde, una negociación en sus términos. Solo sería cuestión de tiempo. Los iraníes, por su parte, lograron llevar el conflicto al terreno que más les conviene: la economía global. Consideran que, además de haber sobrevivido como régimen a los ataques de Estados Unidos e Israel, cuentan —más allá de la avasallante presencia militar estadounidense— con una posición dominante sobre el estrecho de Ormuz, que le demostró a Trump y a Occidente que lo militar no alcanza y que la negociación es inevitable. Y es en esa mesa donde están desafiando a Trump.

Trump cree, además, que el régimen está fracturado y que por fin está cerca de encontrar a su "Delcy Rodríguez iraní" —es decir, un interlocutor dispuesto a negociar en serio—. El viaje del canciller a Pakistán pareció confirmarlo, aunque por ahora no hay resultados concretos. De todos modos, habrá que ver si el ala política del régimen logra imponerse sobre una Guardia Revolucionaria que hasta el viernes seguía minando el estrecho de Ormuz y no daba señales de estar dispuesta a ceder. Todavía no está claro quién gana esa lucha interna.

Pero ambas partes saben también que la tregua como estrategia no puede ser ilimitada. Sobre todo Trump. El tiempo juega en su contra: no puede sostener indefinidamente el despliegue militar, uno de lo más grande de la historia de Estados Unidos en Medio Oriente. Eso cuesta mucho dinero, justamente el que prometió no gastar. La presión política interna crece. La nafta cara y la incertidumbre económica lo golpean en casa. Un conflicto armado prolongado puede pasarle factura electoral y hacer crecer las críticas de los demócratas y de su propio grupo de apoyo.

La opción militar sigue latente y sería difícil descartarla del todo. Si Irán no cede o escala su sabotaje en Ormuz, la acción armada se vuelve cada vez más difícil de evitar. Es, sin embargo, la última opción, porque ya quedó claro que, más allá de su potencia de fuego, será muy difícil para Estados Unidos frenar la estrategia iraní de generar caos en el estrecho y en los países vecinos. Trump sabe que la negociación es lo único que puede devolverle a Ormuz la normalidad que tenía antes de que comenzara la guerra. El daño a la economía global que generó la estrategia iraní no había sido bien calculado.

Israel espera 

En ese contexto, Israel observa el escenario regional en espera de una señal sobre qué hará Trump finalmente con Irán. El ministro de Defensa lo dejó claro esta semana: apenas Trump lo indique, Israel está preparado para ir a fondo. Sus objetivos no se cumplieron en su totalidad —necesita seguir golpeando la infraestructura misilística y, sobre todo, la nuclear—. Rafael Grossi, director del OIEA, le dio más argumentos esta semana al señalar que, si bien Irán no tiene armas nucleares, cuenta con material suficiente para fabricar diez. 

Mientras tanto, Israel y Líbano mantienen su propia tregua, y Trump planifica un encuentro en Washington entre Netanyahu y el presidente libanés. El problema es que la autoridad libanesa tiene un control acotado sobre Hezbolá, por lo que todo pende de un hilo. Los ataques israelíes contra Hezbolá se intensifican: el grupo terrorista sigue operando para desestabilizar el acercamiento diplomático entre Líbano e Israel.

El reloj le corre más rápido a Trump

Trump busca cerrar el conflicto con un acuerdo que garantice el retorno de los mercados energéticos a la normalidad, pero deja siempre en claro que no permitirá que Irán obtenga un arma nuclear. Eso tranquiliza parcialmente a Israel, que de todos modos quiere ver qué se firma. Israel cree que si Irán conserva aunque sea la mínima posibilidad de avanzar hacia el arma nuclear o de disparar misiles de largo alcance, lo hará. Por eso, si un eventual acuerdo diplomático no cierra esa puerta con claridad, para Israel nada habrá cambiado en la región.

Irán, por su lado, también parece cómodo con este escenario de tregua prolongada. Lo lee como una señal de debilidad e impotencia de una superpotencia que, en lugar de cumplir sus amenazas militares, prefiere esperar una propuesta diplomática. Aunque sea por teléfono.


 

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