Pasó otro 24 de marzo y las calles volvieron a llenarse, las consignas volvieron a escucharse, los nombres volvieron a decirse en voz alta. Y está bien que así sea. Pero cuando baja la intensidad de la fecha, cuando el calendario sigue su curso, aparece la pregunta que incomoda de verdad: ¿qué dejó la dictadura en la Argentina? Porque no dejó sólo un pasado, dejó una estructura de consecuencias que todavía atraviesa el presente. Dejó, primero, lo irreparable, miles de desaparecidos, familias quebradas para siempre, historias interrumpidas, nietos que todavía buscan su identidad. Eso no tiene cierre. Sin embargo, 50 años después del golpe, la Argentina vuelve a discutir algo que parecía saldado: cómo se recuerda el pasado.
El gobierno de Javier Milei eligió este aniversario para instalar una idea: la de la “memoria completa”. Una memoria que incluye a todas las víctimas. Una memoria que busca ampliar el relato. Una memoria que, según el oficialismo, corrige una historia “incompleta”. Pero el problema no es recordar más. El problema es cómo se recuerda. Porque en la Argentina hubo un consenso construido con dolor, con juicios, con pruebas: que lo ocurrido durante la dictadura no fue una guerra entre iguales. Fue terrorismo de Estado. Y ahí está el punto central. El Estado no es un actor más. El Estado tiene una responsabilidad superior porque tiene el poder, porque tiene las armas, porque tiene la obligación de garantizar derechos, no de violarlos.
Cuando el Estado secuestra, tortura y desaparece, no está combatiendo, está quebrando el contrato básico de la democracia. Por eso, cada vez que se intenta poner en el mismo plano a la dictadura y a la violencia de los años 70, la discusión deja de ser histórica y se vuelve política. Porque no es sólo qué pasó, es qué significado le damos hoy.
El video del gobierno no aparece en el vacío. Aparece en un contexto donde se habla de “relato”, de “verdad incompleta”, de “revisar la historia”. Y ahí es donde se encienden las alarmas.
El gobierno de Javier Milei eligió este aniversario para instalar una idea: la de la "memoria completa". Una memoria que incluye a todas las víctimas. Una memoria que busca ampliar el relato. Una memoria que, según el oficialismo, corrige una historia “incompleta”. Pero el problema no es recordar más. El problema es cómo se recuerda.
No porque no se pueda discutir el pasado sino porque hay discusiones que tienen consecuencias en el presente. Si todo es lo mismo, nada es lo mismo. Si todo se relativiza, todo pierde peso. Y cuando el terrorismo de Estado se relativiza, la democracia se debilita. Porque la memoria no es un museo es un límite. Un límite que dice: esto no puede volver a pasar.
También hay algo que la política debería entender. La memoria no se construye desde un video, se construye con consenso social, con verdad judicial, Con evidencia histórica, con el respeto a lo que significó ese período. Y ese consenso, en la Argentina, no fue casual. Costó décadas. Costó juicios. Costó lucha. Costó dolor. Por eso, cada vez que se lo pone en discusión, no es un debate más es una señal porque este no es un tema tibio. No se trata de una discusión académica. No se trata de una mirada alternativa. No se trata de “completar la historia”. Se trata de algo más profundo, de si estamos dispuestos a mantener un límite claro entre democracia y barbarie. Porque el riesgo no es sólo lo que se dice. El riesgo es lo que se habilita. Cuando el pasado se vuelve discutible en sus aspectos más básicos, el presente empieza a resquebrajarse. Y la Argentina ya aprendió de la peor manera lo que pasa cuando se corren esos límites.
Por eso, 50 años después, la pregunta no es qué video se publicó. La pregunta es otra. Si estamos dispuestos a discutir la memoria ¿hasta dónde estamos dispuestos a retroceder? No hay reparación completa posible. No hay punto final emocional. Pero la dictadura también dejó algo más silencioso. Dejó una marca en la forma en que la sociedad se relaciona con el poder. Dejó miedo. Ese reflejo, aunque debilitado, todavía aparece a veces en la autocensura, a veces en la indiferencia, a veces en la decisión de no involucrarse. También dejó desconfianza porque cuando el Estado secuestra, tortura y desaparece, deja de ser garante y se convierte en amenaza y reconstruir esa relación no es inmediato. Se necesitan décadas. Se necesitan instituciones sólidas. Se necesita justicia. Se necesita memoria activa. Pero hay algo todavía más profundo, la dictadura dejó una cultura del silencio. Durante años, el horror convivió con la vida cotidiana. Muchos sabían, muchos sospechaban, muchos eligieron no ver. Y ese silencio no fue neutro fue funcional porque el terror necesita del silencio para sostenerse. Y esa es una de las lecciones más incómodas: el horror no avanza solo. Avanza cuando la sociedad deja de reaccionar.
Cincuenta años después, la pregunta no es qué video se publicó. La pregunta es otra. Si estamos dispuestos a discutir la memoria ¿hasta dónde estamos dispuestos a retroceder? No hay reparación completa posible. No hay punto final emocional. Pero la dictadura también dejó algo más silencioso. Dejó una marca en la forma en que la sociedad se relaciona con el poder. Dejó miedo.
La democracia que vino después también es hija de esa experiencia. Una democracia imperfecta, con crisis, con tensiones, con errores pero una democracia que se construyó con una base clara: hay límites que no se pueden volver a cruzar. Sin embargo, 50 años después, aparece un riesgo nuevo, no el olvido total sino algo más peligroso, la relativización. Cuando se empieza a discutir lo evidente. Cuando se intenta equiparar responsabilidades sin contexto. Cuando se banaliza el terrorismo de Estado. Cuando se instala la idea de que “no fue tan así” ahí es donde la memoria empieza a erosionarse y cuando la memoria se debilita, los límites también se vuelven difusos. Porque la memoria no es un ejercicio nostálgico es un mecanismo de defensa. Sirve para que la sociedad reconozca señales de alerta para que no naturalice el abuso. Para que entienda que el poder sin control siempre termina mal. Pero hay otra herencia de la dictadura que incomoda todavía más la idea de que el orden puede imponerse a cualquier costo. Esa tentación aparece cada tanto cuando hay crisis, cuando hay inseguridad, cuando hay enojo social.
La tentación de pensar que los problemas se resuelven con mano dura, sin reglas, sin límites. Y ahí es donde la historia vuelve a advertir. Porque ya se probó ese camino y el resultado fue horror. Por eso, después del 24 de marzo, el desafío no es sólo recordar es entender. Entender que la democracia no es sólo votar es respetar la ley, es aceptar límites, es convivir con diferencias sin eliminar al otro y también es exigir. Exigir que las instituciones funcionen. Que la Justicia actúe. Que el poder tenga controles reales. Porque cuando la democracia no da respuestas, se debilita. Y cuando se debilita, aparecen los discursos que prometen orden a cualquier precio.
Después del 24 de marzo, el desafío no es sólo recordar es entender. Entender que la democracia no es sólo votar es respetar la ley, es aceptar límites, es convivir con diferencias sin eliminar al otro y también es exigir. Exigir que las instituciones funcionen. Que la Justicia actúe. Que el poder tenga controles reales. Porque cuando la democracia no da respuestas, se debilita.
La dictadura dejó muertos, desaparecidos, miedo y heridas. Pero también dejó una advertencia brutal. El horror no empieza con los secuestros empieza antes. Empieza cuando la sociedad tolera el abuso. Cuando relativiza la violencia, cuando acepta que algunos valen menos que otros. Y ese es el punto más filoso de todos porque el peligro no está sólo en el pasado está en cada momento en que una sociedad decide mirar para otro lado.
Por eso, después del 24 de marzo, la pregunta no es qué pasó, la pregunta es qué estamos dispuestos a tolerar hoy. Porque la historia ya mostró hasta dónde puede llegar el poder sin límites. Y si algo dejó la dictadura —además del dolor— es una verdad incómoda y definitiva: el “Nunca Más” no es una frase del pasado es una decisión del presente y cada vez que se relativiza el horror, ese compromiso empieza a romperse.