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De los festejos por los 250 años de Estados Unidos a los funerales de Jamenei

Trump aprovecha la celebración para mostrar músculo político e Irán transforma el funeral de su líder supremo en una demostración de fuerza.

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El regimen espera movilizar a 20 millones de personas durante los funerales
Trump aprovechó sus discursos para hacer campaña política con miras a alas elecciones de noviembre
Fueron masivos en todo Estados Unidos los festejos por el 250 aniversario
Con los funerales de Jamenei, el régimen iraní quiere mostrar musculatura política

El contraste es total: mientras el país con la democracia más grande e ininterrumpida del mundo celebra sus 250 años, una de las dictaduras más crueles que quedan en el planeta realiza el funeral de su líder supremo. Ambos acontecimientos, muy masivos por cierto, son usados por sus principales protagonistas, Donald Trump y el régimen iraní, como una demostración de fuerza política. Son los actores centrales de una guerra que acaba de terminar y que ahora los tiene a ambos en la mesa de negociaciones. De maneras distintas, los eventos son aprovechados por ambos gobiernos para mostrar músculo político y enviar mensajes, hacia adentro y hacia afuera.

El particular presidente de la democracia de los 250 años

El contraste entre Trump y lo que millones de estadounidenses festejan también existe: el presidente que encabeza el recuerdo de aquellos 56 delegados de las 13 colonias que el 4 de julio de 1776 adoptaron la Declaración de Independencia con la que rompían los vínculos con la corona británica, y que habla maravillas de los padres fundadores de la democracia estadounidense, es el mismo que más intentó —y sigue intentando— convertirse en aquello que esa misma decisión, tomada hace 250 años, había dejado en claro que Estados Unidos nunca aceptaría: algo así como un rey. Su intento más brutal y evidente fue haber liderado, como mínimo desde lo discursivo, el asalto al Capitolio cuando se negó a reconocer su derrota electoral en enero de 2021. Sus feroz política anti inmigratoria y sus declaraciones violentas contra sus rivales políticos, sumadas a una política exterior agresiva hacia los aliados históricos de Estados Unidos, lo ubican en ese lugar. Desde la principal democracia del mundo, Trump lidera la embestida global más importante contra los componentes liberales que surgieron del corazón de las mismas democracias occidentales y que se consolidaron a partir del final de la Guerra Fría.

Frente a esto, las instituciones norteamericanas reaccionaron para sostener su sistema democrático. Durante dos siglos y medio, Estados Unidos atravesó y se involucró en guerras que lo convirtieron en el principal actor internacional: el mundo, tal  como lo conocemos hoy, con una expansión democrática inédita, sería impensable sin Estados Unidos. También sufrió fracasos militares y políticos con severas consecuencias, tanto externas  como internas: luchas que terminaron en tragedias y que fueron fragmentando y polarizando países y sociedades a niveles desconocidos. La Corte Suprema, a la que por las características ideológicas de sus miembros todos señalaban como aliada de Trump, le viene dando golpes que en los hechos reducen sus discursos a meras proclamas vacías, ruido para los medios y las redes sociales. 

La Corte frenando el decreto que le quitaba el derecho a la ciudadanía a los niños nacidos en Estados Unidos, el freno judicial a su extorsiva política arancelaria y el Congreso poniendo límites a la guerra con Irán son muestras de ello —algunas simbólicas, otras no tanto—. Pero una cosa es el freno institucional y otra el daño ya causado: aunque la Justicia lo contenga en los hechos en algunos temas sensibles, los mensajes de Trump no son inocuos, y es posible que estén horadando en el plano simbólico valores democráticos que después serán muy difíciles de reconstruir.

Trump también aprovechó esta celebración para hacer lo que más le gusta: hablar. Lo hizo en sendos discursos, por ejemplo el que pronunció en la apertura de la biblioteca presidencial de Theodore Roosevelt, o en el Monte Rushmore, donde están esculpidos en la roca los rostros de Abraham Lincoln, Thomas Jefferson, George Washington y el propio Roosevelt. En todos se tomó su tiempo para hacer lo que hace siempre, tanto en los discursos como en las redes: despotricar y criminalizar a lo que denomina la izquierda "woke" y a los inmigrantes, y jactarse de ser el responsable de que Estados Unidos atraviese un período de fortaleza militar, económica y tecnológica gracias a él.

Pero también habló de su política exterior, reivindicando la fortaleza militar estadounidense y su capacidad de disuasión. Ahí nombró a Venezuela, cuyo escenario entró en crisis tras los dos terremotos que sumieron al país en el caos y pusieron en la mira al gobierno tutelado de Delcy Rodríguez. Los próximos días serán clave para saber si este caos hace abandonar los planes de estabilización, crecimiento y democratización que Trump había prometido, o si se involucra de lleno para mostrar que su estrategia hacia la región sigue intacta.

También se jactó de haberle dado "una paliza tremenda a Irán" y aseguró que ese régimen "tiene muchísimas ganas de pactar". La primera afirmación podría aceptarse; la segunda, si nos remitimos a los hechos, no tanto. Trump dijo además que la presión para que el régimen acepte sus condiciones continuará, y que solo se abrió un intervalo: "Les dimos una semana de tregua por un funeral", sostuvo. 

El adiós a un líder asesino

Ese funeral es el de Ali Jamenei, quien fuera líder supremo iraní durante 37 años y fue eliminado por Israel y Estados Unidos el día en que comenzó la guerra, hace algo más de cuatro meses. Teherán se blindó por completo para dar inicio a una semana de funerales multitudinarios. Con la expectativa de reunir a unos 20 millones de personas y delegaciones de más de 100 países, el régimen iraní busca transformar este luto en un verdadero plebiscito de legitimidad interna y en una demostración de músculo internacional.

Sin embargo, la gran incógnita sigue siendo si será el momento elegido por el régimen para que aparezca su hijo y sucesor, Mojtaba Jamenei, quien está bajo la constante amenaza de un ataque israelí. Si esto sucediera, sería quizás la señal más clara de que el régimen no solo se mantuvo en pie, sino que está preparado para seguir desafiando los límites que quieren imponerle en relación al estrecho de Ormuz y su plan nuclear. Algo que viene haciendo con éxito desde que advirtió la debilidad de Trump al frenar la guerra —lo que dejó mal parado a Netanyahu— y desde que vio cómo el presidente de Estados Unidos empezó a conformarse con el escenario actual, con un petróleo que volvió más rápido de lo esperado a los niveles previos a la guerra. 

Ese respiro económico que Trump quiere que empiece a impactar en el bolsillo de los estadounidenses para llegar mejor parado a la elección de noviembre, le permite disfrutar de los festejos de los 250 años. Pero el fin del conflicto también le sirvió a Irán para tomar real dimensión de su poder de extorsión y de los límites que una dictadura le puede imponer a las democracias, aunque esta sea la más poderosa del mundo. En el medio, un mundo que es testigo de la gestión avasallante y prepotente de Trump y el peligro latente y sostenido de un régimen criminal que lejos está de desvanecerse. 

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