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La gran causa nacional se mete en tablero geopolítico

Milei convierte el reclamo de soberanía en el eje de su agenda, con Trump como aliado y el Atlántico Sur como escenario decisivo.

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Con Malvinas, Javier Milei retomó el control de la agenda política doméstica
El canciller Quirno festejó el anunció de tres petroleras que no participarán en proyectos en Malvinas
El gobierno de Andy Burham, reaccionó con dureza a la cadena nacional de Milei
Trump, aliado clave de Milei en el tema Malvinas
El proyecto Sea Lion en Malvinas en la mira del gobierno argentino

En los 16 minutos que Javier Milei habló por cadena nacional el jueves quedó claro por qué decidió convertir a Malvinas en el principal asunto de su gobierno. Confluyen dos factores: un escenario internacional favorable como nunca antes para instalar el reclamo por la soberanía de las islas a nivel global, y la necesidad de recuperar el control de una agenda doméstica que en los últimos meses venía siendo marcada por la oposición.

Milei tomó la agenda con la gran causa nacional

El puntapié inicial de esta "malvinización" de la gestión puede rastrearse hasta la bandera que los jugadores argentinos exhibieron apenas terminó el histórico triunfo ante Inglaterra en las semifinales del Mundial. En ese momento el gobierno quedó descolocado, con declaraciones poco felices de varios ministros y hasta del propio presidente. Pero después la lectura cambió: ese gesto espontáneo de los futbolistas logró lo que la política y la diplomacia no habían conseguido en cuatro décadas: instalar Malvinas en la agenda mundial. La foto de esa bandera consiguió lo que no pudo la diplomacia durante años: terminó en la tapa de los principales diarios del planeta y en la cima de los grandes buscadores de internet.

Ahí apareció Trump. El presidente de Estados Unidos ratificó públicamente lo que ya se había filtrado en abril en un documento del Departamento de Guerra: que su gobierno estaría dispuesto a revisar la postura estadounidense sobre Malvinas. No lo hace por afecto a Milei —a quien sí considera un amigo y un aliado clave en la región— sino por el fastidio que le generan sus socios de la OTAN, reacios a aumentar el gasto en defensa, y en particular quienes hoy gobiernan el Reino Unido: los laboristas. Para Trump encarnan, tal como se lo planteó hace poco su vicepresidente JD Vance, la decadencia de Europa. Pero también lo hizo por algo aún más importante: el control de los recursos en América Latina, sobre todo el petróleo, y las vías navegables en el Atlántico Sur, y la amenaza que China supone para tal misión.

Milei recogió ese guante: en su discurso no sólo nombró a Trump, también describió al Reino Unido en los mismos términos. Dijo que ese país transita "un camino de declive" porque enfrenta "múltiples crisis de carácter migratorio, demográfico y económico, que difícilmente tengan solución". El contraste que busca instalar es claro: una Argentina aliada y confiable frente a un Reino Unido en retirada, la misma lectura que —según Milei— empujó a Trump a reconsiderar su posición.

Una serie de medidas con impacto inmediato

Del discurso a los hechos: en paralelo al anuncio, el gobierno oficializó el Decreto 868/26, que refuerza la Ley 26.659, del año 2011 y actualizada en 2013, y acelera los plazos para investigar y sancionar a quienes exploren o exploten hidrocarburos sin autorización argentina en Malvinas, con inhabilitaciones de hasta 20 años y la exclusión del RIGI. La norma no menciona empresas puntuales, pero Milei sí lo hizo en la cadena nacional: apuntó directamente al proyecto Sea Lion, operado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, en las que hay una fuerte presencia de capitales israelíes. El desafío para la Casa Rosada es hacer cumplir la ley sin dañar el excelente vínculo con el gobierno de Netanyahu. 

Algo parecido le pasa con José Antonio Kast en Chile, un aliado en la región: el mismo día que Milei lo visitó, se anunció un acuerdo para conectar el puerto de Punta Arenas con las islas, lo que muestra lo delicado del equilibrio. Milei ya puede arrogarse un éxito: horas después del anuncio, tres de las mayores empresas de servicios y equipos petroleros del mundo  comunicaron que no participarán en proyectos en Malvinas. Se trata de SLB (ex Schlumberger) , Baker Hughes y Halliburton. 

Todo esto se completa con el anuncio de acelerar la construcción de la base naval en Ushuaia, que empezó tímidamente en 2022 y que en 2024 visitó Laura Richardson, entonces jefa del Comando Sur de Estados Unidos, ya bajo el gobierno de Milei. La centralidad que el gobierno le da al tema revela, más que ninguna otra cosa, la intención de hacer valer su posición estratégica en el Atlántico Sur. Porque esto es Malvinas, pero es mucho más: son los recursos naturales y son los pasos de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico. Eso le importa a Trump, y por eso puso el foco, apenas asumió, en el Canal de Panamá, ante el temor de que empresas chinas condicionen ese paso. Y por la misma razón el Estrecho de Magallanes, el Canal Beagle y el Pasaje Drake (que separa América del Sur de la Antartida) —los tres en el Atlántico Sur— aparecen hoy como rutas alternativas que Estados Unidos quiere controlar.

El Atlántico sur, en la mira de las potencias

Además del pasaje bioceánico, el Atlántico Sur es la puerta de entrada hacia un lugar estratégico clave para el mundo: la Antártida, la reserva de agua dulce más importante del planeta. De ahí la importancia geopolítica de Tierra del Fuego y de las Malvinas. El mar argentino que rodea Tierra del Fuego es el más rico del Atlántico Sur con una gran cantidad de recursos. La pesca ya es una realidad: solo basta con ver cómo buques de varios países se mueven en esa zona. Y a esto ahora se suma el potencial de hidrocarburos que tiene la plataforma continental argentina, lo que multiplica la relevancia estratégica de Tierra del Fuego.

Se trata, en definitiva, de una zona clave para Estados Unidos en su disputa global con China, que debe estar observando de reojo cada movimiento. El desafío para el gobierno argentino es sostener dos objetivos a la vez: dejar en claro que busca recuperar la soberanía sobre Malvinas y que los británicos y los isleños no roben sus recursos, y al mismo tiempo marcar presencia estratégica en el Atlántico Sur según sus propios intereses. Todo esto en medio de una partida en la que las grandes potencias —Estados Unidos, China y un Reino Unido debilitado pero no ausente— están decididas a jugar fuerte, quizás como nunca antes.

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