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Macron y Sánchez en crisis: ¿el final de una era política en Europa?

Los protagonistas de la última década europea llegan al final debilitados, con la extrema derecha en ascenso.

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Sánchez y Macron atraviesan graves crisis políticas
Maricarmen se transformó en símbolo de la crisis de viviendas en España
Muy debilitado, Pedro Sánchez llamó a elecciones anticipadas
Emmanuel Macron termina en 2027 su segundo mandato como presidente de Francia
Las manifestaciones de estudiantes en Francia fueron masivas

Emmanuel Macron y Pedro Sánchez fueron, durante la última década, dos de los protagonistas centrales de la política europea. Gestionaron y sobrevivieron a graves crisis domésticas. También les tocó convivir con conflictos globales inéditos que se llevaron puestas las reglas del orden liberal, en el que ellos se formaron, y dejaron al desnudo, como nunca, las debilidades de Europa.

La invasión rusa a Ucrania expuso la brutal dependencia del continente de la energía de Putin y de la defensa de Estados Unidos. Las guerras en Medio Oriente mostraron la inoperancia y la intrascendencia de la diplomacia europea. La embestida arancelaria de Trump y la prepotencia comercial de China dejaron a Europa como espectadora de la pulseada entre Beijing y Washington.

Mientras tanto, la extrema derecha pasó de ser una amenaza ruidosa pero herbívora a estar cerca de gobernar los principales países europeos: Le Pen en Francia, Vox como socio posible de un gobierno del PP en España, el triunfo regional de Alternativa para Alemania y, seguramente dentro de un par de años, el crecimiento de Farage en el Reino Unido. En ese escenario, Macron y Sánchez llegan al final de un largo recorrido. Sobrevivieron a todo, pero será muy difícil que salgan bien parados de este presente.

Los estudiantes marcan el final de la carrera política de Macron

En abril es la primera vuelta de las presidenciales en Francia y el resultado marcaría un vuelco inédito: después de diez años, el centrismo de Macron dejará su lugar al extremo de la política francesa. Marine Le Pen aparece como la gran candidata a ocupar la presidencia, y la crisis de los partidos tradicionales hace que ya no haya cordón sanitario que pueda impedirlo. Y si hay una sorpresa, vendrá por el otro extremo: la izquierda de Mélenchon también crece en las encuestas.

Las protestas de los estudiantes, que ya llevan varias semanas y amenazan con prolongarse, revelan la fragilidad política con la que el gobierno de Macron gestiona los asuntos domésticos, una fragilidad que lo acompañó prácticamente todo su segundo mandato. La falta de apoyo parlamentario, en una Asamblea dominada por la polarización entre la extrema derecha y la extrema izquierda, fue una constante y explica la grisura de su gestión.

Las protestas alcanzaron una dimensión extraordinaria. A los estudiantes, que tomaron los liceos y los colegios y cortaron calles, se sumaron sus padres, los sindicatos y la izquierda, y entre todos paralizaron las principales ciudades del país. El gobierno, impotente, no logra resolver la crisis a través de la negociación. Ya no hay tiempo para promesas ni para revertir una realidad que golpea a muchos gobiernos: lo macro no llega a la calle. En este caso, a la escuela.

Francia invierte el 6,7 por ciento de su producto interno bruto (PIB) en educación, una cifra alta en comparación con el resto de Europa. El problema es que ese dinero no llega a las aulas: hay infraestructura colapsada y edificios viejos y sin mantenimiento, de los que deberían ocuparse los gobiernos locales, que tienen la competencia para hacerlo, y hay un ausentismo docente que nadie aborda. A eso se suma el presupuesto de austeridad 2027 anunciado por el premier Lecornu, contra el que dan batalla buena parte de la sociedad y los sindicatos más poderosos de Francia, y que le da a los estudiantes una base legítima para protestar.

Con Macron termina la exitosa experiencia del centrismo extremo que sostuvo durante diez años y que le sirvió para navegar las innumerables crisis que atravesó. Pero llega con lo justo al final de su segundo mandato, sin poder, y quizás sin querer, dejar consolidado su espacio. Hoy la política francesa define su futuro en los extremos, y eso muestra el cansancio y el hartazgo de buena parte de la sociedad con su conducción política.

Sánchez, rodeado

Pedro Sánchez intentará otra vez salvar su carrera política, pero esta vez parece difícil que lo logre: está rodeado. A la pésima gestión de la crisis migratoria de Ceuta y a los casos de corrupción en su entorno político y familiar se suma ahora una inquietante crisis social por la vivienda, que desnudó su extrema fragilidad parlamentaria: no pudo hacer pasar por el Congreso dos decretos que aliviaban la situación de los inquilinos.

Los alquileres en España subieron alrededor de un 90 por ciento en los últimos diez años, según algunas mediciones, y falta vivienda para miles de jóvenes españoles, que están entre los que más tardan en irse de sus casas en Europa. El caso de Maricarmen, la mujer de 87 años desalojada, se transformó en símbolo del problema y generó movilizaciones y acampes en Madrid y en varias ciudades.

Frente al abismo, Sánchez tomó la única decisión que podría salvarlo de lo que esta vez sí parece el final de su carrera: adelantó las elecciones para el 29 de noviembre y largó la campaña con el derecho a la vivienda como lema principal. Lejos de moderarse, va a profundizar sus posiciones más progresistas, de izquierda, para diferenciarse bien de lo que tiene enfrente, pero con una bandera que también puede impactar en muchos jóvenes que forman parte del electorado del Partido Popular y hasta de Vox: prometer soluciones para el problema de la vivienda.

La diferencia en las encuestas es incontenible, a pesar de que la economía española es una de las que más crecen entre las grandes de Europa. El PP encabeza con comodidad y, con el apoyo de Vox, llegaría a armar gobierno. Ya nadie se sorprendería de que cogobiernen: de hecho, ya lo hacen en algunos gobiernos locales. Con este escenario, en cualquier otra parte del mundo se podría concluir que el destino político está marcado. Pero en España nadie se anima a dar por perdido a Pedro Sánchez. Y hacen bien.

Macron y Sánchez superaron durante años crisis políticas y sociales con pragmatismo y sin ningún tipo de pudor para pactar y cerrar acuerdos que les permitieron mantener su poder. No fue gratis: en el camino se fueron debilitando y perdieron apoyo y, sobre todo, la confianza de sus socios y del electorado. Ahora atraviesan su momento de mayor fragilidad y es muy difícil que puedan salir bien parados. Movilizaciones en las calles, debilidad en el Parlamento y un desgaste creciente en sus figuras. Los dos construyeron su poder, sin escrúpulos, como diques de contención frente a los extremos, y hoy ese dique se está quebrando.

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