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La mala semana de Inglaterra, en fútbol y en política

Entre el fracaso futbolístico y el fracaso político, los ingleses atraviesan días que combinan viejas heridas con nuevos dolores de cabeza.

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Los jugadores de la selección argentina exhibieron la bandera y enfurecieron a los políticos ingleses
Milei y la ministra de Seguridad Nacional quedaron incomodos ante la polémica por la bandera
Andy Burnham asume como primer ministro en medio de una severa crisis política
Keir Starmer deja el gobierno después de dos frustrantes años de gestión
Nigel Farage, líder de la extrema derecha, pidió reforzar la presencia militar británica en Malvinas

Los ingleses cierran una semana para el olvido en lo futbolístico, al perder la posibilidad de jugar una final del mundo y de ganarla después de 60 años. Pero lo peor es que el impacto traspasó lo deportivo: fue claramente político, porque su verdugo fue la selección argentina, que a través de "solo" un partido de fútbol no únicamente lo humilló en la cancha, sino que instaló como nunca antes, en toda la prensa mundial, el reclamo argentino por la soberanía de las islas Malvinas. Todo esto en medio de un tembladeral político por el fracaso del gobierno de Keir Starmer, que mañana será reemplazado por otro laborista: Andy Burnham. Será el séptimo primer ministro en 10 años: a los ingleses, también en política, les está yendo mal.

Gobierno y oposición, unidos

Todo el arco político inglés, desde el oficialismo laborista hasta la extrema derecha de Nigel Farage, tuvo que salir a marcar posición frente a la bandera que decía "Las islas Malvinas son argentinas", desplegada por los jugadores argentinos apenas terminaron de eliminar a los ingleses. El episodio, lejos de quedar en una anécdota futbolera, se transformó en un asunto de Estado: ministros de Starmer le pidieron a la FIFA duras sanciones para los jugadores argentinos, por entender que la bandera infringía las normas que prohíben mensajes políticos dentro del campo de juego. Algún ex asesor de Margaret Thatcher pidió directamente que se les quiten las visas laborales a los futbolistas argentinos que juegan en la Premier League. Y Farage, fiel a su estilo, exigió que la Royal Navy refuerce su presencia en las islas. Por supuesto, semejante reacción no hizo más que contribuir al posicionamiento del legítimo reclamo argentino, esta vez plasmado en una simple bandera. 

En casa, las reacciones tampoco muy lúcidas

El gobierno argentino, por su parte, tampoco salió indemne del episodio. Había arrancado con mal pie tras las declaraciones de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, quien aceptó sin matices la decisión de los organizadores de prohibir banderas o pancartas alusivas a la causa Malvinas. El presidente Milei intentó bajarle el tono al asunto: dijo que se trataba de "cosas que pasan en la cancha con los jugadores" y remarcó que el único camino para recuperar las islas es la diplomacia profesional, afirmando que "nunca en la historia argentina se hicieron tantos avances diplomáticos" como durante su gestión. Quizás pensaba en la expectativa —todavía no confirmada— de que el gobierno de Trump modifique su histórico respaldo a Gran Bretaña en la disputa y que eso lleve a los ingleses a moderar su postura. Parece muy poco, sobre todo si se tiene en cuenta que por ahora son solo señales porque nada concreto pasó para alterar la alianza que ambas potencias sostienen desde hace 200 años. En el caso puntual de la bandera, Washington sí se inclinó del lado argentino: el director ejecutivo del task force de la Casa Blanca para el Mundial, Andrew Giuliani, afirmó sin rodeos que en Estados Unidos los jugadores argentinos tenían plena libertad para exhibirla.

Una crisis política que ya lleva una década

En medio de todo esto, la política británica sigue intentando salir de la trampa en la que cayó con el Brexit, que ya consumió a los conservadores y que ahora va también por los laboristas: Keir Starmer, que dos años atrás había arrasado en las elecciones, se va sin haber hecho nada de lo que prometió, atrapado en su propia falta de decisión.

Esta vez la apuesta es Andy Burnham, ex alcalde de Manchester. Más allá de las promesas, lo que realmente importa a esta altura es otra cosa: la audacia y el coraje para llevar adelante esas "nuevas ideas" y las reformas que hacen falta para mejorar la vida material de millones de británicos, con servicios públicos visiblemente deteriorados y una crisis del costo de vida que no da tregua. La incapacidad de Starmer para revertir ese cuadro le costó una derrota abrumadora en las elecciones municipales y, finalmente, el respaldo de su propio partido.

Burnham llega al gobierno con la misión de salvar al laborismo y, en sus palabras, "arreglar todos los grandes asuntos que la política descuidó". En Manchester el balance lo acompaña: un transporte público eficaz, menos gente en situación de calle y una relación pragmática con el empresariado que se tradujo en prosperidad para la ciudad. El desafío ahora es de otra escala: deberá sacar en poco tiempo de la parálisis a la política y a la economía británicas, diez años después del Brexit. Para bien del laborismo y de Gran Bretaña, lo deberá hacer en bastante menos que los más de sesenta años que sigue llevando la selección inglesa sin poder ganar un Mundial.

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