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El Medio Oriente que se le escapa a Netanyahu

Atrapado entre la extorsión iraní a Trump  y el abandono de Estados Unidos, Netanyahu ve cómo se desarma el plan que construyó para rediseñar Medio Oriente.

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Trump y Netanyahu: una relación que cruje
Por el "abandono de Trump", Netanyahu ve peligrar su futuro político
Zelenski también sufrió la humillación pública de Trump
Vance es la persona elegida por Trump para negociar con los iraníes
Trump no quiere que nada ni nadie arruine su acuerdo con Irán

"Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal". Esta frase que se le suele atribuir al exsecretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, revela como ninguna la pesadilla que está atravesando Bibi Netanyahu. Muchos se lo advirtieron, pero es verdad que nadie pensó que el abandono de Donald Trump iba a ser tan brusco y tan potencialmente peligroso para Israel. Bibi confió y parece no tener plan B. A diferencia de Zelenski, que cuando fue humillado por Trump se apoyó en los europeos y en los demócratas estadounidenses, Bibi no tiene a quién recurrir: el vínculo entre Israel con Europa y con los demócratas nunca estuvo tan mal.

La extorsión que no es nuclear

El estrecho de Ormuz se transformó en la principal herramienta de extorsión de Irán, quizás mucho más decisiva que cualquier desarrollo nuclear. No solo le sirvió al régimen para mantenerse en pie a pesar de la brutal asimetría militar con Estados Unidos, sino que ahora funciona también como arma para condicionar a Israel y frenar su intento de reconfiguración de Medio Oriente, un proceso que viene impulsando desde el 7 de octubre de 2023. Al mismo tiempo, le permitió resquebrajar el vínculo que muchos creían eterno entre Bibi y Trump.

Los iraníes encontraron en atar la cuestión del Líbano al acuerdo con Trump una herramienta que los hace más fuertes en la región, quizás incluso más que antes de la guerra. Se trata de una garantía de supervivencia para Hezbolá después de dos años y medio de castigo a manos de Israel. Y no solo el grupo terrorista tiene de su lado a los ayatolás: también cuenta ahora con Trump y Vance funcionando, en los hechos, como garantes.

Trump fracasó en su intento de hacer en Irán lo mismo que sí logró en Venezuela: golpear, salir y cambiar el statu quo. No hay ningún elemento que le permita decir que lo consiguió con Irán. El régimen quedó en pie, como el chavismo, pero a diferencia de lo que pasó en Venezuela —donde la captura de Maduro abrió paso a un sector que se disciplinó inmediatamente y sin resistencia a Trump—, en Irán quienes quedaron al mando se muestran más extremistas que aquellos eliminados en los primeros días de la guerra.

Trump no va a permitir que ni Israel ni nadie le arruinen estos 60 días de negociaciones. Ya empezó a cumplirse lo único que realmente quería: normalizar el mercado petrolero y calmar la economía doméstica, para que los republicanos puedan intentar revertir la tendencia y al menos retener una cámara en las elecciones de noviembre.

La experiencia con Irán también deja otra lección sobre los límites que tiene el uso de la fuerza, por más poderosa que sea, para que las grandes potencias militares consigan sus objetivos. Le pasó a Putin en 2022, cuando invadió Ucrania convencido de que se quedaría con Kiev en pocos días. Y le pasó lo mismo a Trump en Irán, donde con relativamente poco lo obligaron a frenar la guerra y negociar un acuerdo en el que tuvo que aceptar condiciones impensables un segundo antes de que empezara el conflicto en febrero.

Trump ya llevó la relación con Bibi al mismo lugar al que lleva todas sus relaciones: al del sometimiento público y la extorsión. Lo hizo con Zelenski al inicio de su mandato. Tampoco le quedan aliados en Europa después de la debacle electoral de Orbán y de la pelea de esta semana con Meloni, quien no se dejó humillar y llevó la relación diplomática entre ambos países al límite. Ahora le toca a Netanyahu, a quien básicamente le dijo que él podía definir su futuro electoral inmediato. Otra mala noticia para Israel es el empoderamiento del vicepresidente JD Vance, quien encabezará el inicio de las negociaciones con los iraníes. Vance representa al sector del trumpismo más cercano a Tucker Carlson, ferviente crítico de Israel y con posturas que muchos califican de antisemitas, lo que agrega una capa adicional de incomodidad para Jerusalén.

El dilema imposible de Netanyahu

Trump perdió la guerra y trata de demostrar lo contrario. No tiene escrúpulos si en ese intento se lleva puesta buena parte de la estrategia que Israel viene construyendo en materia de seguridad desde el 7-O. El nuevo Medio Oriente que se proyectaba con la recuperación de la disuasión israelí tras el fracaso de seguridad del 7-O, acompañado de la reactivación de los Acuerdos de Abraham y el aislamiento definitivo de Irán y su eje, se le está escurriendo de las manos a Netanyahu.

El premier israelí atraviesa horas difíciles, en las que intenta hacer equilibrio entre mantener su relación con Trump —que muchos pensaron eterna— y demostrarles a los israelíes que su plan para garantizar que el statu quo habilitado por el 7-O ya no existe sigue en pie. Sabe que no puede hacerlo solo, que necesita a Estados Unidos, y que llegó hasta acá gracias a Trump.  Por eso no tiene margen para romper esa relación.

Bibi le tiene que decir que no a Trump, y no sabe cómo hacerlo. No puede abandonar el Líbano porque quedaría demasiado expuesto su fracaso en no haber podido terminar con Hezbolá, que sigue activo pese a dos años y medio de duros golpes israelíes. En definitiva, Irán, a través de Estados Unidos, salió al rescate de su socio y frenó a Israel, que parece volverá a dejar pendiente terminar con Hezbolá.  En definitiva, Irán utilizó a Estados Unidos para salir al rescate de su socio y frenar a Israel, que deberá esperar otra ronda —que podría ser más temprano que tarde— para volver a intentar terminar con Hezbolá.

En octubre, cuando los israelíes voten, se verá si Trump se transformó en el verdugo político de un Bibi que durante más de 15 años controló a su gusto la política israelí. Trump podría conseguir lo que ni el 7 de octubre ni los casos de corrupción lograron: terminar la carrera política de Netanyahu.
 

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