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Mucho más que un presidente: lo que se juega en Brasil 

Brasil elige entre confirmar la ola que recorre la región o frenarla, y el resultado pesa sobre toda América Latina y sobre los planes de Washington. 

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Bolsonaro encabeza, por poco, todas las encuestas
Brasil vota en medio de una polarización extrema
Trump siempre estuvo cerca de la familia Bolsonaro y espera el triunfo de Flavio
Lula va por un inédito cuarto mandato

La elección de Brasil puede terminar de ratificar tres tendencias que se imponen en América Latina: los oficialismos pierden elecciones, la derecha es la opción preferida de los electorados en la mayoría de los países de la región y Donald Trump ya no encuentra obstáculos para profundizar su presencia e influencia. Una victoria de Flavio Bolsonaro consolidaría las tres. Si en cambio gana Lula, deberá afrontar quizás el mayor desafío de su carrera política: gobernar en minoría en el Congreso, en un contexto regional hostil, y soportar el embate de un Trump que, lejos de resignar su plan para la región, amenaza con profundizarlo.

Lula hizo en estas tres semanas de campaña todo lo que pudo para intentar el milagro de dar vuelta la elección. Las encuestas reflejan ese esfuerzo, pero su victoria sería una sorpresa. Necesita convencer a muchos de que esta vez vayan a votar, y de que todos lo hagan por él. El paquete de medidas que anunció para aliviarle el bolsillo a la gente le sirvió, aunque difícilmente le alcance.

Flavio Bolsonaro, en cambio, se dedicó a conservar el statu quo. Jugó a no equivocarse, sobre todo en los dos debates, y lo logró. Hasta respaldó algunas medidas de Lula, como la reducción de la jornada laboral y la gratuidad del transporte público los fines de semana: si para Lula eran electoralistas, para él también. Después hizo lo de siempre: machacar sobre las dos grandes debilidades de la izquierda, la inseguridad y la corrupción.

El desgaste de Lula es evidente. En estos cuatro años no pudo escapar al trauma que persigue a los oficialismos de la región y de buena parte del mundo: sociedades que exigen soluciones materiales inmediatas y cuya impaciencia se lleva puestos a los gobiernos, sin importar demasiado su ideología. Su tercer mandato tiene cosas para mostrar, pero no lo suficientemente contundentes como para que los brasileños las sientan en el bolsillo. A eso se suma que el recuerdo de sus primeros ocho años en el poder, en la primera década del siglo, le jugó una mala pasada: muchos de los que entonces se beneficiaron con las políticas que sacaron a millones de la pobreza tienen hoy otras demandas materiales, y en estos años no fueron satisfechas.

La otra ola, indiscutible, es la de los triunfos de la derecha. La lista es tan larga que resulta más fácil enumerar lo que le queda a la izquierda democrática: si Lula pierde, en América del Sur solo gobernaría en Uruguay. Los últimos gobiernos de centroizquierda, como el de Boric en Chile o Petro en Colombia no pudieron reeditar los éxitos económicos y sociales de la primera década del siglo. Sin capacidad de mejorar las condiciones materiales de la gente, y con una incapacidad alarmante para siquiera abordar el tema de la seguridad, perdieron peso electoral. En este panorama, a la derecha le alcanza con poco para ganar las elecciones.

Un triunfo de Bolsonaro terminaría de despejarle a Trump el camino hacia su objetivo más importante: Cuba. Lo volvió a anunciar hace unos días, cuando dijo que los buques estadounidenses “pasarán” por Cuba tras la guerra en Irán, que los cubanos se rendirán y que su secretario de Estado, Marco Rubio, se encargará de resolver la situación de la isla. 

Por eso lo que se define en Brasil excede a Brasil. Si gana Flavio Bolsonaro, la región completa un giro que ya parecía irreversible: oficialismos castigados, una derecha que ocupa el centro de la escena y un Trump sin freno para avanzar sobre Cuba y sobre el resto del tablero regional. Si gana Lula, no habrá detenido la ola, apenas habrá ganado tiempo, y tendrá que gobernar contra la corriente, adentro y afuera de su país. 

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