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El Mundial está ahí, pero no se siente: radiografía de una previa distinta

Falta poco para que ruede la pelota en Estados Unidos, Canadá y México, pero el clima mundialista no despega. Entre la resaca de Qatar y una Selección que ya no genera dudas, la ansiedad parece en pausa.

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Los festejos en 2022. El Mundial llega, la emoción no: la extraña previa argentina.

Faltan 41 días. Nada, en términos futboleros. La cuenta regresiva ya está en marcha, los planteles empiezan a perfilarse y el mundo debería estar entrando en ebullición. Pero en la Argentina pasa algo extraño: el Mundial 2026 se acerca y no se siente.

No hay banderas asomando en los balcones, ni discusiones encendidas en cada sobremesa. Tampoco esa ansiedad casi infantil que solía aparecer semanas antes del debut. Esta vez, el clima es otro. Más calmo. Más apagado. Como si la pelota todavía no hubiese empezado a rodar en la cabeza de la gente.

Y sin embargo, el contexto invita a todo lo contrario. La Copa del Mundo que organizarán Estados Unidos, Canadá y México está a la vuelta de la esquina. Pero el entusiasmo no acompaña.

Hay una razón que pesa más que cualquier otra: parece ser que todavía estamos celebrando. Lo de Mundial de Qatar 2022 no quedó atrás. Sigue siendo presente. Seguimos festejando, saliendo a las calles con la camiseta blanca y celeste, abrazándonos con el vecino, con el comerciante del barrio, llorando de emoción cuando vemos a Montiel pateando el último penal ante el arquero francés. La imagen de Lionel Messi levantando la Copa no envejeció, no se volvió recuerdo lejano. Es una conquista que aún se disfruta, que todavía se digiere. Como la de Passarella en el Monumental, la de Diego en el Estadio Azteca.

Antes, el Mundial era deseo. Hoy, es una continuidad.

La imagen de Lionel Messi levantando la Copa no envejeció, no se volvió recuerdo lejano. Es una conquista que aún se disfruta, que todavía se digiere. Como la de Passarella en el Monumental, la de Diego en el Estadio Azteca. Antes, el Mundial era deseo. Hoy, es una continuidad.

También cambió la relación con la Selección Argentina. Durante años, cada lista generaba polémica, cada convocatoria abría debates, cada partido era una prueba. Ahora no. Hay una base consolidada, un equipo confiable, una identidad que no se discute. Y cuando no hay incertidumbre, baja la ansiedad.

A eso se suma un formato nuevo, más largo, más disperso. Un Mundial expandido que, en lugar de concentrar la expectativa, la diluye. Más equipos, más sedes, más partidos pero menos sensación de evento único.

La calma también tiene algo de explicación cultural. Como escribió el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Pero incluso en esa religión, hay momentos de recogimiento. Después de la consagración, después del éxtasis, viene una especie de silencio. No de desinterés, sino de digestión.

Y claro, está la realidad. La diaria pesa. La inflación, no llegar a fin de mes, los aumentos de los precios... El fútbol sigue siendo escape, pero no monopoliza la emoción colectiva. La cabeza está en otro lado, y eso también enfría la previa.

Pero sería un error confundir calma con desinterés. El Mundial tiene su propia lógica. Se enciende de golpe. Aparece en los detalles: en el fixture que empieza a circular, en la publicidad que se mete en la tele, en el primer partido que paraliza todo.

Faltan 41 días. Y aunque hoy parezca que no pasa nada, el Mundial siempre termina pasando.

Porque en la Argentina, la pasión no desaparece. Solo se toma su tiempo.

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