Entro a una cafetería y miro las mesas. Una pareja conversa en voz baja, una mujer lee y subraya algo en un libro, dos hombres hablan de fútbol y alguien trabaja frente a una computadora. Desde la barra llega el ruido de la máquina y, por un instante, el aroma del café ocupa todo el lugar. Siempre, eso es lo que trato, me siento cerca de una ventana y pido un café.
No será la primera vez que lo haga ni tampoco la última. Hace tiempo tengo una costumbre que se convirtió en ritual: cuando conozco un lugar nuevo, pruebo su café. Puede ser un bar de barrio, ese viejo café que parece detenido en otra época o, ahora que están de moda, en un café de especialidad. Hay algo de explorador en esa búsqueda.
Uno entra, mira, escucha y espera. Después llega la taza. Y durante unos minutos todo parece reducirse a ese pequeño objeto humeante sobre la mesa. No siempre el café es extraordinario. Pero casi siempre hay algo para recordar. Una charla, una persona, una ventana, una lluvia inesperada o simplemente el placer de estar sentado sin apuro. Y esto en estos tiempos que corren es un tesoro.
El café no solamente se toma: también se habita.
Las cafeterías tienen algo de escenario periodístico. Uno puede sentarse y mirar porque hay historias en todas partes. Quizás por eso el café, los periodistas y los escritores tuvieron siempre una relación tan particular. Balzac, por ejemplo, convirtió al café en combustible para sus largas jornadas de escritura. Truman Capote decía que necesitaba escribir acostado, con un café y un cigarrillo cerca. Voltaire era habitué de los cafés parisinos donde se reunían intelectuales. Proust, inevitable cuando hablamos de café y memoria. Aunque la famosa magdalena de En busca del tiempo perdido aparece acompañada de té y no de café, la imagen sirve para recordar algo que todos conocemos: hay sabores y aromas capaces de devolvernos a otro momento. Con el café pasa eso.
Hay uno que sabe a infancia y hay otro que se vincula a una ciudad. Otro a una conversación que quedó pendiente. Está el café de la mañana antes de trabajar, el de la estación, el de una entrevista y también ese que aparece cuando uno necesita pensar. Por eso creo que uno no colecciona solamente cafés. Colecciona momentos alrededor de ellos.
Después está la discusión imposible: ¿qué hace bueno a un café? No alcanza con el grano, la molienda o la preparación. También importa el momento.
Un café excelente puede pasar inadvertido si estamos apurados. Uno sencillo puede convertirse en inolvidable después de una conversación o una tarde de lluvia.
En un mundo que parece pedirnos velocidad todo el tiempo, tomar un café todavía permite una pequeña ceremonia: sentarse, esperar, probar, mirar por la ventana. No hacer nada o escribir.
Sigo recorriendo lugares y probándolos porque nunca sé cuándo una taza de café va a convertirse en una buena historia.