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Trump fracasa en Medio Oriente y deja un peligroso vacío de poder 

El pacto de La Meca y el acuerdo por Ormuz muestran una región que ya no espera a Washington y que ponen en alerta a Israel.

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Arabia Saudita, Pakistán y Turquía firmaron u acuerdo que cambia el equilibrio de poder en Medio Orientefirmaron un acuerdo que puede cambiar Medio Oriente
Los huties son el aliado mas fuerte de Irán hoy en la región
Israel en alerta por la alianza entre los países sunitas
Irán y Omán llegaron a aun acuerdo para gestionar el estrecho e Ormúz
Netanyahu enfrentará esta nueva realidad regional sin EE.UU

Donald Trump decidió desengancharse de Medio Oriente y por eso no volverá a la guerra con Irán. Se convenció de que es la única manera de salir de la trampa en la que se metió solo en febrero, y parece importarle poco irse sin imponer condición alguna al régimen. Nunca reconocerá el fracaso. En ese escenario, esta semana los actores regionales empezaron a delinear una nueva realidad geopolítica sin Estados Unidos en el centro de la escena. Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, las tres potencias sunitas más relevantes del mundo musulmán, sellaron el viernes en La Meca una alianza de defensa mutua. Casi en simultáneo, Irán dejó en claro —al avanzar con Omán en la gestión del estrecho de Ormuz— que ni la vía militar ni la diplomática, y mucho menos las amenazas, le alcanzan a Washington para doblegarlo, como hizo con Venezuela.

Otro escenario del que se retira Estados Unidos

El estrecho de Ormuz se convirtió en el arma de extorsión más eficaz del régimen, por encima incluso de su programa nuclear. Drones, lanchas artilladas y minas navales le permitieron regular a su antojo el tránsito por esa arteria central del petróleo mundial. Con sus misiles de medio y largo alcance, además, Irán envió un mensaje inequívoco a sus vecinos: la infraestructura vital de esos países pasó a ser un blanco legítimo si colaboraban con un eventual ataque de Estados Unidos. El mensaje de fondo es otro: Washington no puede garantizarles seguridad.

Ni Trump ni sus socios de las monarquías del Golfo están dispuestos a pagar el costo, económico y humano, de una guerra prolongada para frenar o desarmar al régimen iraní. El presidente estadounidense no quiere llegar aún más golpeado a las elecciones de medio término de noviembre. Los países árabes, mientras tanto, sacaron su propia conclusión: la seguridad que Washington les había prometido no llegó. Y no se quedaron de brazos cruzados.

Con su repliegue, Trump deja un Medio Oriente muy distinto al que existía el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron los primeros ataques contra Irán, pero también muy distinto al que soñaba aquel día cuando ejecutó la avanzada. Esta semana quedó más claro que nunca cómo se consolidan dos bloques de poder en la región: el sunita y el chiita. La alianza entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán —bautizada Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca— es un gesto político y militar con un mensaje directo: no depender de nadie en materia de seguridad, y mostrarles tanto a Irán como a Israel que los tres países sunitas más poderosos están dispuestos a disputar poder en la región.

Los nuevos socios

Se trata de tres actores de peso político, económico, militar y nuclear. Mohammed bin Salman, Erdogan y Shehbaz Sharif dejaron de lado sus diferencias históricas y firmaron un pacto que incluye una cláusula de asistencia mutua ante agresiones armadas: un ataque contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra todos. Es, en los hechos, un "no confiamos en tu paraguas de seguridad" dirigido a Washington, después de que la guerra con Irán dejara a varios países árabes expuestos y sin protección real. El acuerdo, además, profundiza un vínculo previo: Arabia Saudita y Pakistán ya habían firmado un pacto de defensa mutua en septiembre del año pasado. 

Para Teherán, la señal es preocupante. Irán interpreta este realineamiento de las potencias sunitas como una respuesta a la presión que ejerce sobre sus vecinos del Golfo a través del control de facto de Ormuz y el respaldo a los hutíes en el Mar Rojo. Irán, sin abandonar su retórica desafiante hacia Trump, avanzó con Omán en una nueva ruta de tránsito conjunta por el estrecho. Pero la letra chica importa: la reapertura plena del paso sigue supeditada a que Estados Unidos levante el bloqueo sobre los puertos iraníes, algo que todavía no ocurrió. Aun así, el mensaje de Teherán es de fortaleza: el régimen no solo sobrevivió a más de un mes de bombardeos del ejército más poderoso del mundo, sino que ahora se posiciona para registrar, supervisar y hasta condicionar el paso de buques por una de las vías energéticas más sensibles del planeta. Pero todo tiene un costo y, en este caso, para Irán es la unión sellada en La Meca días atrás. Para el régimen, aún así, todo es ganancia.

Para Israel, el pacto de La Meca funciona como una señal de alarma. Jerusalén ve cómo las potencias sunitas se rearman política y militarmente frente a la reconfiguración regional que Israel busca imponer desde el 7 de octubre. El propio ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, afirmó apenas horas después de la firma del acuerdo que Israel representa "una amenaza para todo el mundo musulmán" y pidió la conformación de "un frente militar unificado" contra él. "En el contexto de Israel, todos los países musulmanes deben unirse, no tengo ninguna duda al respecto", declaró. Lo están haciendo.

No es la primera vez que Asif eleva el tono contra Israel: meses atrás ya lo había calificado de "maldición para la humanidad" y "estado canceroso", comentarios que en su momento generaron una dura respuesta de Netanyahu y del canciller Gideon Sa'ar, que los calificaron de abiertamente antisemitas.

Un nuevo Medio Oriente

En definitiva, esta semana quedaron a la vista dos movimientos que hablan de lo mismo: una región que reacomoda el tablero mientras observa cómo Estados Unidos se retira sin haber resuelto nada de fondo. Los sunitas se blindan entre sí y le marcan la cancha tanto a Washington como a Teherán, mientras Irán negocia desde una posición de fuerza relativa sobre el estrecho más sensible del planeta.

La pregunta que queda flotando es si Washington convalidará un esquema que le da a Teherán semejante margen de maniobra. Pero también cómo responderá Israel, ya sin el respaldo directo de Estados Unidos en el terreno, ante un vecindario sunita que empieza a moverse por su cuenta y un Irán de pie que complican los planes de Netanyahu de reconfigurar Medio Oriente a su medida.

 

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