Estados Unidos e Irán llegaron adonde querían llegar. En las próximas horas se firmará un Memorándum de Entendimiento (MOU) que dará por finalizada una guerra de más de tres meses y abrirá una etapa de 60 días para negociar los temas sensibles que revelarán cómo quedaron parados los principales actores del conflicto. Sin embargo, la foto de hoy muestra a un Trump debilitado que en su necesidad de terminar el conflicto como sea, con este acuerdo deja a Irán mejor parado de lo que estaba un segundo antes de empezar el conflicto.
Cómo queda cada parte
Trump necesita mas que ninguna otra cosa que el Estrecho de Ormuz se abra y que el mercado petrolero global se normalice o empiece a hacerlo. Es lo que destacó cuando este sábado anunció el acuerdo: “Está previsto que el acuerdo se firme mañana e, inmediatamente después de su firma, el estrecho de Ormuz quedará abierto para todos”. Los 4,2 puntos de inflación interanual en Estados Unidos conocidos esta semana fueron, quizás, el último dato que le faltaba para acelerar la salida.
Los iraníes, en cambio, terminan el conflicto con el régimen en pie y con una negociación que les permitiría mejorar su economía (descongelamiento de activos y quita de sanciones) a cambio de volver a prometer lo que vienen prometiendo desde hace años: que no buscan el arma nuclear. Solo condiciones estrictas de Estados Unidos sobre ese punto, que parecen dificiles que pueda imponer en este contexto, podrían demostrar que esta vez será diferente.
Ormuz se transformó en el arma de extorsión más barata y efectiva que el régimen iraní pudo imaginar. Le garantizó mantenerse en pie frente a 40 días de bombardeos estadounidenses y, sobre todo, lo posiciona con mayor fortaleza en la negociación que se abre sobre su programa nuclear. Hará concesiones, pero no renunciará a él. Para entender por qué Irán sale de este conflicto igual o mejor parado de lo que entró, basta con ver cómo fueron cambiando los objetivos de Trump desde el inicio de la guerra. Su meta original era derrumbar al régimen iraní y clausurar cualquier posibilidad de que Teherán desarrollara energía nuclear, ni siquiera con fines pacíficos. Hoy se conforma con volver a la situación de un minuto antes de que comenzara el conflicto, el 28 de febrero: la libre circulación por el estrecho de Ormuz.
Volver al pasado
El lenguaje del acuerdo no es nuevo. Según trascendió, el Memorándum dejaría claro que, bajo ninguna circunstancia, Irán buscará, desarrollará o adquirirá jamás un arma nuclear. El problema es que una casi idéntica redacción ya figuraba en el Plan de Acción Integral Conjunto que Obama firmó en 2015 junto a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania —el mismo acuerdo del que Trump se retiró en su primer mandato y del que nunca dejó de burlarse. Aquel texto decía: "Irán reafirma que bajo ninguna circunstancia buscará, desarrollar o adquirir armas nucleares." Eso no impidió que, una vez colapsado ese acuerdo, Irán enriqueciera más de 400 kilos de uranio al 60 por ciento, dejándolo a las puertas de obtener un arma nuclear. En otras palabras, el logro de Trump sería volver a un acuerdo de hace más de 10 años, del que él mismo decidió sacar a su país.
Ese material es uno de los nudos críticos que deberá resolver la negociación de los próximos 60 días. Hay dos opciones sobre la mesa. La primera, que exige Israel, es sacar ese uranio de territorio iraní y trasladarlo a Estados Unidos o a algún país de confianza para Trump. La segunda es dejarlo en Irán pero "empobrecerlo", es decir, bajarle el nivel de enriquecimiento para alejarlo del umbral de uso militar. Israel rechaza esta variante porque, más allá del empobrecimiento, el material seguiría en manos iraníes y podría volver a enriquecerse en cuanto el régimen recupere capacidad técnica —exactamente lo que ocurrió tras el colapso del acuerdo de 2015, que también exigía empobrecerlo al 20 por ciento pero no obligaba a Irán a deshacerse de él. Para Trump, en cambio, esta segunda opción le permitiría declarar en el corto plazo que logró un objetivo de guerra.
Diferencias entre los socios
Es aquí donde se revela la fractura más profunda entre los aliados. Desde el inicio de la guerra, Israel estuvo dispuesto a pagar cualquier costo para que el régimen iraní cayera o quedara reducido a su mínima expresión. Estados Unidos y los países árabes no. No soportaron la idea de convivir por mucho tiempo con la inestabilidad global de la economía y sobre todo con la amenaza iraní de atacar infraestructura energética en la región.
Por eso ahora Benjamin Netanyahu mirará con desconfianza desde afuera lo que terminen acordando su principal socio y su peor enemigo, consciente de que nada satisfará las exigencias de seguridad que Israel reclama. No confía en los iraníes y, a diferencia de Washington, sigue percibiendo a Irán como una amenaza existencial a apenas 2.000 kilómetros de distancia. Por eso unos llegan conformes a este acuerdo, y otros no.
¿Éxito o fracaso?
Más allá de cómo lo presente, Trump llega a este momento políticamente desgastado y sin haber logrado lo que sí consiguió en Venezuela: disciplinar a un régimen que no solo sigue en pie, sino que aparenta quedar igual o algo más fortalecido de lo que estaba antes del inicio de la guerra. La respuesta definitiva a esa pregunta llegará cuando se conozca el texto completo del Memorándum y, luego, del acuerdo definitivo.
El acuerdo también acercará a Trump con sus socios árabes, que fueron quienes más presionaron para que terminara la guerra. En el G7 de esta semana se reunirá por separado con los líderes de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Netanyahu, por ahora, no estará. Detrás del rol de Pakistán como mediador —su primer ministro Shehbaz Sharif confirmó que hay acuerdo y que su país se prepara para la firma electrónica— siempre hay que mirar a China, la potencia que viene trabajando en silencio desde hace dos meses para llegar a este desenlace.
Parece que Trump encontró finalmente la salida de una guerra en la que quedó claro que Estados Unidos entró sin saber cómo terminarla, o habiendo construido escenarios que nunca se dieron como los imaginaron. Pero es prematuro sentenciar quién ganó y quién perdió. Eso dependerá de lo que diga el texto del Memorándum, de lo que ocurra en los 60 días de negociación que se abren y, sobre todo, de las consecuencias que esta guerra —su inicio y su final— traerá para Oriente Medio y para el futuro político de sus protagonistas, sobre todo para Trump.