Lula consumó una hazaña política sin precedentes: ganó su cuarta elección presidencial y se convirtió en el primer candidato que, desde el regreso de la democracia, logra revertir el resultado de una primera vuelta. La construyó él, casi de principio a fin, al ponerse la campaña del balotaje al hombro luego de la sorpresiva derrota en la primera vuelta. Su capacidad política, subestimada por la enorme mayoría de los análisis, que daban por descontado el triunfo de Flávio Bolsonaro, y una estrategia implacable para movilizar a las bases del Partido de los Trabajadores, tanto en las calles como en el territorio digital, explican en gran parte los 10 millones de votos que Lula sumó entre la primera vuelta y el balotaje.
El triunfo también se explica por el éxito de una serie de medidas que, aunque pueden ser catalogadas de populistas o electoralistas, buscaron consolidar su perfil de centroizquierda: todas estuvieron dirigidas a aliviarle el bolsillo a la gente en el corto plazo. Lula, aprovechando la ventaja de ser gobierno, no salió a seducir a los mercados con medidas de austeridad para buscar votos en la centroderecha. Por el contrario, movilizó a su propia base, no solo prometiendo profundizar sus políticas sociales, sino también empezando a hacerlo. Ya habrá tiempo para hacer los ajustes que la economía brasileña necesita.
El escenario que enfrentará en su histórico cuarto mandato podrá ser navegado por Lula apelando, una vez más, a su conocido pragmatismo y a la siempre disponible vocación del centrão, clave para armar mayorías parlamentarias, de ir al rescate de los ganadores. Pero lo espera un desafío mayor: un bolsonarismo derrotado y en crisis, que ayer puso en marcha una estrategia de deslegitimación al no reconocer el triunfo de Lula y anunciar que pedirá la anulación de la elección.
El bolsonarismo recibió un golpe contundente y reaccionó como se esperaba: no reconoció el triunfo de su adversario y pidió que se repita la elección. Lejos de admitir errores de campaña, sobre todo en el último debate, o de reconocer que subestimó la capacidad de movilización de Lula y del PT, su principal argumento es el cuestionamiento de la prórroga del horario de votación que el ministro del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin dispuso al extender el cierre de las urnas de las 17 a las 19 por problemas de transporte y lluvias. Pero no parece haber margen para que esa denuncia modifique el resultado. Aun así, el argumento será usado para cuestionar la legitimidad del nuevo gobierno, un peligro para la democracia brasileña. Será otro desafío para Lula, que gobernará por cuarta vez con un Congreso, y la mayoría de los estados, dominados por la oposición de derecha.
El resultado dejó descolocado a Javier Milei, que había sido uno de los pocos mandatarios en felicitar a Bolsonaro tras la primera vuelta y dar por descontado su triunfo en el balotaje, y que en las últimas tres semanas se dedicó a insultar a Lula. Al cierre de esta nota, era uno de los pocos presidentes del mundo que no había dicho una palabra pública sobre los resultados.
Milei no tendrá un socio importante en la región y deberá optar entre el pragmatismo, para al menos normalizar la relación diplomática con Brasil (recordemos que el embajador brasileño nunca volvió a la Argentina tras los insultos del presidente), o seguir eligiendo a Lula como blanco para confrontar y consolidarse como el líder regional de la derecha, ya sin la competencia de Bolsonaro. La rápida felicitación de mandatarios como Kast, Peña y Rodrigo Paz no parece que vaya a llevar a Milei a revisar su relación con Lula.
Otro que salió golpeado es Donald Trump. Aunque fue más prudente que Milei a la hora de respaldar a Bolsonaro, esperaba tener en Brasil a un aliado para profundizar su estrategia en la región. Ya en su discurso de ayer, Lula le mandó un mensaje al reivindicar que Brasil no es el patio trasero de nadie.
El triunfo de Lula deja varias lecciones. En primer lugar, el peso que todavía tienen la política y el peso y las características de los liderazgos a la hora de analizar los procesos electorales. Los análisis subestimaron la capacidad de Lula y de la política para romper tendencias que parecían, hasta ayer, inexorables. En Brasil no se castigó al oficialismo, como sí ocurrió en la mayoría de las últimas elecciones en varios lugares del mundo, ni se consolidó la derecha en la región. Eso lo explica, más que ninguna otra cosa, Lula, que a los 80 años volvió a demostrar que sigue siendo el político más importante de su país y de la región en lo que va del siglo XXI.