Veinticinco años después, los atentados que conmocionaron a Estados Unidos siguen presentes en sus aeropuertos, sus políticas migratorias, sus organismos de seguridad y en la memoria de millones de personas. Pero el recuerdo ya no es el mismo: para quienes lo vivieron fue una experiencia personal; para quienes nacieron después, es cada vez más un acontecimiento histórico.
El 11 de septiembre de 2001 no terminó cuando se apagaron las imágenes de las torres en llamas. Sus consecuencias se extendieron durante años y modificaron aspectos de la vida estadounidense que hoy parecen naturales: los controles en los aeropuertos, la vigilancia, las políticas migratorias, la manera de pensar la seguridad y hasta la relación cotidiana con personas identificadas —muchas veces injustamente— como provenientes de Medio Oriente.
Pero hay otra transformación menos visible: la manera en que Estados Unidos recuerda aquel día.
Para quienes lo vivieron, el 11-S está asociado a una escena concreta. Una televisión encendida, una llamada telefónica, un familiar que no regresó, una oficina paralizada, un avión que nunca volvió a despegar. Para quienes nacieron después, en cambio, esas imágenes pertenecen a un pasado que conocieron a través de sus padres, de documentales, de fotografías o de las clases de historia.
El paso del tiempo modificó así el significado de aquel acontecimiento. Ya no existe una única experiencia del 11-S. Hay tantas como historias personales quedaron atravesadas por él.
Una tragedia que se vivió de maneras diferentes
Daniel Aldrich, profesor de la Universidad Northeastern especializado en comunidades y resiliencia, plantea justamente que la experiencia de una tragedia depende de los vínculos que rodean a cada persona.
No fue lo mismo para los familiares de las víctimas que para quienes trabajaron durante meses removiendo los escombros en la Zona Cero. Tampoco para los empleados de aerolíneas y del turismo, para quienes decidieron incorporarse a las Fuerzas Armadas o para las comunidades que, después de los ataques, comenzaron a ser observadas con desconfianza por su origen o apariencia.
Esa diversidad de experiencias ayuda a explicar por qué 25 años después el acontecimiento continúa teniendo significados diferentes.
La historia de Jenna McPartland es un ejemplo extremo de esa continuidad. Su esposo, Ariel Jacobs, murió en el World Trade Center cuando ella estaba embarazada. Días después nació Gabriel, un niño que nunca conoció a su padre pero cuya vida quedó inevitablemente ligada a aquella tragedia.
Con los años, McPartland volvió a formar una familia y tuvo otros hijos. Sin embargo, procuró que todos comprendieran el lugar que aquel día ocupa en la historia familiar.
Uno de sus hijos llegó incluso a escribir sobre esa experiencia en su ensayo para ingresar a la universidad: cómo podía ser parte de una familia marcada por el 11-S sin haber vivido personalmente el acontecimiento.
Ahí aparece una de las claves de estos 25 años: el trauma comenzó a transmitirse entre generaciones.
Un país que modificó su idea de seguridad
Las consecuencias también fueron institucionales. Estados Unidos reorganizó su estructura de seguridad después de los ataques y creó el Departamento de Seguridad Nacional. También nació la Administración de Seguridad en el Transporte, que transformó para siempre la experiencia de viajar en avión.
Lo que antes era una rutina relativamente sencilla se convirtió en una sucesión de controles, restricciones y procedimientos que hoy resultan habituales.
El cambio no se produjo únicamente en los aeropuertos. La seguridad pasó a ocupar un lugar central en las decisiones del Estado y en la vida cotidiana.
Jayesh Rathod, profesor de la Facultad de Derecho de Georgetown, sostiene que después de 2001 se instaló una lógica según la cual había que hacer todo lo posible para protegerse de una amenaza que podía aparecer en cualquier lugar. Esa percepción también tuvo consecuencias sobre la inmigración.
En 2002 comenzó a funcionar el NSEERS, un sistema que obligaba a determinados hombres extranjeros mayores de 16 años provenientes de una lista de países —en su mayoría de población musulmana— a registrarse ante las autoridades federales.
Sus detractores denunciaron que el mecanismo convertía el origen nacional y la apariencia en elementos de sospecha. Con el tiempo fue desmantelado, pero el debate que había instalado permaneció.
Cuando el miedo alcanzó a quienes no tenían nada que ver
La transformación social tuvo también episodios dramáticos. Cuatro días después de los atentados, Balbir Singh Sodhi, propietario de una estación de servicio en Arizona, fue asesinado a tiros. Era sij, llevaba barba y turbante, pero su agresor creyó que era árabe.
El episodio mostró que las consecuencias del ataque podían alcanzar incluso a personas que no tenían ninguna relación con los responsables ni con los países señalados como parte de la amenaza.
La experiencia se repitió de diferentes maneras en comunidades musulmanas, de Medio Oriente, sijs y entre personas de piel morena.
Para quienes crecieron después de 2001, esa dimensión forma parte de la historia que recibieron de sus padres y de sus comunidades.
Vida Lashgari, nacida algunos años después de los atentados y criada en California, pertenece a esa generación. Para ella, el 11-S nunca fue un recuerdo propio. Fue algo que aprendió a través de los relatos de otros.
Su experiencia también muestra cuánto cambió la percepción de la identidad en Estados Unidos. Según relató, su padre, de origen persa, se volvió mucho más consciente de su apariencia, su forma de hablar y su vestimenta después de los ataques.
Para una generación, el 11-S significa recordar. Para otra, significa aprender qué ocurrió y qué consecuencias tuvo sobre personas que sí forman parte de su propia vida.
El aeropuerto como símbolo de un cambio
Quizás ningún lugar represente mejor esa transformación que un aeropuerto. Antes de 2001 era posible acompañar a familiares hasta las puertas de embarque. Hoy, para quienes nacieron después de los atentados, esa imagen puede resultar extraña. No conocen una época en la que viajar en avión implicaba atravesar menos controles y restricciones.
La seguridad se volvió una parte casi invisible de la vida cotidiana. Está presente en los aeropuertos, en los controles migratorios y en los sistemas de vigilancia, pero también en una idea mucho más profunda: la sensación de que un acontecimiento inesperado puede alterar de un momento a otro la vida de millones de personas.
Del recuerdo vivo a la historia
Amy Sodaro, profesora de sociología del Manhattan Community College, recuerda que después de los ataques creyó que aquel acontecimiento definiría para siempre a su generación y a la sociedad estadounidense. Sin embargo, llegaron otras crisis, otras guerras y nuevas transformaciones políticas. La pandemia de COVID-19 fue una de ellas.
Para Lashgari, aquella experiencia permitió comprender algo que las generaciones anteriores habían aprendido el 11-S: que la vida cotidiana puede modificarse abruptamente por un acontecimiento que nadie esperaba.
La comparación también muestra la distancia generacional. Quienes vivieron septiembre de 2001 recuerdan dónde estaban, con quién estaban y qué hicieron durante aquellas horas. Para muchos jóvenes estadounidenses, en cambio, se trata de una fecha histórica, comparable con otros acontecimientos que aprendieron en la escuela.
Por eso los museos, monumentos y memoriales adquirieron una importancia creciente. A medida que desaparece la experiencia directa, la memoria necesita lugares y relatos que permitan reconstruir aquello que las nuevas generaciones ya no pueden recordar por sí mismas.
Veinticinco años después
El legado del 11-S no está solamente en las fotografías de Manhattan ni en los nombres grabados de las víctimas. Está en la seguridad de los aeropuertos, en la creación de organismos federales, en las guerras que vinieron después, en las políticas migratorias, en el debate sobre los límites de la vigilancia estatal y en las comunidades que durante años sintieron que eran observadas de otra manera. Pero también está en las familias.
En el hijo que creció sin conocer a su padre. En los padres que explicaron a sus hijos qué significó aquel día. En quienes todavía recuerdan dónde estaban cuando vieron las primeras imágenes. Y en quienes nacieron después y solamente pueden reconstruir aquella mañana a través de las historias de los demás. Quizás esa sea la diferencia fundamental después de 25 años: el 11-S sigue siendo el mismo acontecimiento, pero ya no es la misma experiencia.
Para una generación fue el día en que el mundo cambió delante de sus ojos. Para las siguientes, es la historia de cómo ese cambio modificó el país en el que nacieron.