La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lanzó durante su discurso anual sobre el Estado de la Unión ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo una propuesta que encendió de inmediato la ira de Donald Trump: invitar a Canadá a convertirse en el primer "miembro asociado" de la Unión Europea, en el marco de una "Alianza para el Futuro" que comparta un espacio común de prosperidad y seguridad en fabricación avanzada, defensa, energía, Ártico, minerales críticos, inteligencia artificial, computación cuántica y ciberseguridad. "Queremos llevar la relación con Canadá al máximo nivel posible", afirmó von der Leyen, con la presencia del primer ministro Mark Carney en el hemiciclo. La respuesta de Trump desde Carolina del Norte no tardó: calificó la iniciativa de "ridícula" y "acto hostil", describió a Canadá como "un pésimo socio comercial" y amenazó con imponer grandes aranceles a Europa e incluso dejar de comerciar directamente con el bloque si el acercamiento se materializa.
La reacción de Trump tiene una lógica geopolítica clara: el acercamiento entre Canadá y la UE es exactamente el tipo de reconfiguración de alianzas que su administración busca evitar. Washington viene presionando a Ottawa con una guerra arancelaria —el arancel del 50% sobre productos canadienses sigue vigente tras el fracaso de las negociaciones en agosto— y con la retórica sobre Canadá como potencial "estado 51". Que Ottawa responda acercándose a Bruselas en un acuerdo que incluye defensa y seguridad es una señal directa de que Carney busca diversificar las dependencias estratégicas de su país, reduciendo la exposición a la presión unilateral de Washington. La propuesta de Von der Leyen ante el Parlamento Europeo, con Carney presente en el hemiciclo, no fue un gesto sutil.
El episodio expone con claridad la reconfiguración del orden occidental que el segundo mandato de Trump viene acelerando: las fricciones con la OTAN, la guerra arancelaria con Canadá, la evasión sobre Malvinas y ahora la amenaza de represalias comerciales contra Europa por acercarse a Ottawa configuran un mapa en el que los aliados históricos de Washington se reorganizan entre sí ante la imprevisibilidad de su principal socio. Para la UE, incorporar a Canadá como miembro asociado no es solo un gesto diplomático sino la construcción de un bloque alternativo que pueda sostener sus intereses de seguridad y prosperidad con menor dependencia de una Casa Blanca cuya confiabilidad como aliado está en cuestión. Trump lo sabe, y por eso la llama "ridícula": porque entiende perfectamente lo que significa.