El presidente Vladimir Putin llegó a Bejing para una visita de Estado de dos días por invitación de Xi Jinping, en lo que constituye su 25ª visita a China y la primera desde que el frágil alto el fuego entre Rusia y Ucrania abrió una ventana diplomática en el conflicto europeo. Putin fue recibido en el aeropuerto por el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, con guardia de honor y alfombra roja, en una ceremonia que subraya el peso simbólico de una relación que ambos gobiernos describen como en su punto "más alto sin precedentes". La visita coincide con el 30° aniversario del establecimiento de las relaciones bilaterales modernas y el 25° aniversario del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amigable, firmado en 2001.
En un video mensaje dirigido al pueblo chino antes de partir, Putin elogió la "cooperación estratégica sólida" entre ambos países y subrayó que Moscú y Beijing actúan de forma coordinada "en defensa del derecho internacional y de las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas". Fue explícito en descartar cualquier lectura de alianza ofensiva: "No nos aliamos contra nadie, sino que trabajamos en pro de la paz y la prosperidad universal", afirmó. El mandatario también destacó que el intercambio comercial bilateral superó los 200.000 millones de dólares anuales y que las transacciones se realizan "casi en su totalidad en rublos y yuanes", un dato que refleja el grado de desacoplamiento del sistema financiero occidental que ambos países han alcanzado desde las sanciones impuestas tras la invasión de Ucrania.
La visita de Putin a Beijing llega apenas días después de que Trump completara su propia cumbre con Xi, en la que ambos acordaron que Irán no puede desarrollar armas nucleares y que el estrecho de Ormuz debe permanecer abierto. El hecho de que las dos principales potencias no occidentales —Rusia y China— refuercen sus lazos en este contexto añade una dimensión estratégica de primer orden al momento geopolítico: mientras Washington busca que Pekín presione a Teherán, Moscú y Pekín consolidan un eje que opera con lógica propia en los principales focos de crisis del mundo. Un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino señaló que ambos países pretenden "inyectar más estabilidad y energía positiva en el mundo", una fórmula que en la práctica equivale a presentar el eje sino-ruso como contrapeso al orden liderado por Occidente.