Mucho antes de la tragedia que convirtió a Olavarría en una herida abierta para el rock argentino, la ciudad ya había protagonizado un choque histórico con el universo ricotero. Fue en agosto de 1997, cuando el entonces intendente Helios Eseverri prohibió dos recitales de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota por considerarlos un riesgo para la seguridad pública. La decisión desató una tormenta nacional y produjo un hecho irrepetible: en épocas sin redes, el Indio Solari salió a hablar en vivo por CrónicaTv, considerado -en aquel entonces- el canal del pueblo. Fue la única vez que concedió una entrevista para la pantalla chica y el momento en que millones de argentinos, especialmente padres desconcertados, escucharon por primera vez al hombre que arrastraba multitudes como ningún otro artista del país.
Sin Instagram, TikTok, X o Facebook, ni celulares que transmitan en vivo, ni historias apra responder, el Indio era una especie de fantasma famoso. Todos hablaban de él, pero casi nadie lo había escuchado hablar. Sus canciones sonaban en cada rincón del país, sus recitales parecían peregrinaciones multitudinarias y su figura crecía alimentada por el misterio. Cuanto menos aparecía, más fascinación generaba.
Mientras tanto, Olavarría se preparaba para recibir una invasión ricotera. Los recitales estaban previstos en el club Estudiantes y se esperaba la llegada de miles de seguidores desde distintos puntos de Argentina. Pero a pocos días de los shows, cayó la resolución que desató la furia de los fanáticos. Eseverri decidió cerrarles la puerta.
La explicación oficial hablaba de antecedentes de violencia y desórdenes registrados en otros recitales de la banda. Para el municipio, el operativo representaba un riesgo demasiado grande. Para los seguidores de Los Redondos, en cambio, era una condena basada en prejuicios. Una decisión tomada desde los escritorios para frenar un fenómeno que nadie terminaba de comprender.
Y fue entonces cuando ocurrió algo extraordinario. El hombre que evitaba los periodistas, que escapaba de los flashes y que parecía sentirse más cómodo en las letras de sus canciones que frente a un micrófono, decidió romper el silencio. De golpe apareció en Crónica TV. Se sentó, pidió un cenicero y pidió disculpas a todos los pibes que ya estaban afuera. Para los jóvenes de la época fue un acontecimiento.
Para muchos padres, directamente una revelación. Porque el personaje que apareció en pantalla no se parecía al monstruo que algunos imaginaban. No gritaba. No insultaba. No promovía la violencia. Hablaba pausado, reflexivo y con una claridad que sorprendió incluso a quienes lo criticaban. Del otro lado de la pantalla, miles de familias descubrieron que detrás del mito había un hombre capaz de explicar con argumentos por qué consideraba injusta la prohibición.
"Hicimos todo lo posible por traer la fiesta a Olavarría. Sólo faltó que nos pidieran que nos cambiáramos el nombre", disparó. La frase cayó como una piedra sobre el estanque. Y todavía hoy sigue siendo una de las declaraciones más recordadas de toda su carrera. Y reivindicó a los pibes, a los ricoteros, a los fieles creyentes que viajaban de cualquier manera para decir presente: "Nos preguntan por qué no dabamos reportajes y yo decía que ya tenemos la suficiente edad para que en vez de bajarle línea a los chicos debemos escucharlos,porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la ue tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos", un presagio de lo que sucedería con esa Argentina del 1 a 1.
Lo paradójico fue que la prohibición terminó provocando exactamente lo contrario de lo que buscaba. Lejos de enfriar el fenómeno ricotero, lo hizo crecer. La polémica ocupó diarios, radios y canales de televisión de todo el país. Miles de personas que jamás habían escuchado una canción de Los Redondos comenzaron a preguntarse qué tenía esa banda para generar semejante revuelo. Y miles de padres, que hasta entonces sólo escuchaban hablar de desmanes y disturbios, descubrieron que sus hijos seguían a un cantante que hablaba de poesía, marginalidad, política y libertad.
La Justicia finalmente respaldó la decisión municipal y los recitales nunca se realizaron. Sin embargo, la batalla cultural ya estaba perdida para quienes intentaron frenarlos. El Indio volvió a desaparecer de los medios y recuperó el silencio que tanto cuidaba. Pero aquella tarde quedó grabada para siempre.
Excusa para que el fenómeno se multiplique en banderas, remeras, tatuajes y frase. Hoy con la muerte del Indio, no hay dudas que Argentina es Redonda y de Ricota.