La lavanda es una planta resistente y adaptable, lo que la convierte en una excelente opción tanto para jardines como para macetas de interior. No requiere de un sustrato altamente fértil, pero es importante que el suelo tenga un buen drenaje, ya que no tolera el encharcamiento.
Es una planta mediterránea, con múltiples propiedades para la salud, como efectos calmantes, antiinflamatorios y antisépticos. Es utilizada en medicina tradicional, aromaterapia y cosmética. También ayuda a reducir el estrés y promueve la relajación.
La lavanda florece en verano, ofreciendo un aroma único y atrayendo polinizadores como abejas y mariposas. Para asegurar una floración exitosa, es importante sembrar las semillas en el momento adecuado. En nuestra zona es preferible hacerlo cuando hayan pasado las heladas. En lugares más cálidos, puede hacerse en otoño.
Para cultivarlas en maceta, basta con usar recipientes de unos 30 centímetros de profundidad.
La receta ideal para el sustrato de la lavanda, debe incluir partes iguales de humus, turba y fibra de coco. Esto le asegura un buen drenaje y la humedad necesaria para su desarrollo.
Antes de plantar las semillas, se debe humedecer el sustrato el día anterior.
Al día siguiente colocar las semillas a 1 cm. de profundidad. Si se van a colocar varias en una misma maceta, dejar al menos 3 cm. de separación entre cada una.
Una vez sembradas, colocar la maceta en un lugar cálido y soleado.
Regar todos los días por la mañana sin encharcar. Las semillas germinan entre los 15 y los 45 días una vez sembradas. Una vez que comienzan a brotar, trasladarlas a un lugar donde reciban luz solar directa, pero sin exposición intensa. El primer sol de la mañana o el último de la tarde, es lo ideal para evitar que se quemen por el calor intenso.
A medida que las plantas crezcan, se pueden mantener en macetas, traspasarlas a recipientes más grandes o, si las condiciones lo permiten, llevarlas al exterior y colocarlas en tierra.